Aileen estaba instalada en la barra como si fuera su pequeño cuartel de batalla; el cuaderno abierto, las hojas de trabajo extendidas en abanico frente a ella, varias ya subrayadas con colores distintos según su propio sistema caótico, pero eficiente. Tenía la postura recta, la pierna buena colgando de la silla y la otra apoyada con cuidado, el cabello recogido de cualquier manera para no estorbarle mientras avanzaba, cada cierto tiempo, levantaba la mano buena para mover el lápiz, anotar algo o resaltar una palabra. El cuervo estaba sobre el respaldo de la silla, medio dormido, medio vigilante, haciendo ruiditos suaves cada vez que ella pasaba la página. Al otro lado de la cocina, Leo preparaba el desayuno con esa mezcla de eficiencia y delicadeza que solo adoptaba cuando era para ella.

