Leo no estaba muy feliz con la presencia de su suegro. Alguna vez tuvieron una relación bastante decente, incluso cordial, pero desde que Antoni había decidido ignorar la gravedad de la situación de Aileen, algo dentro del alfa blanco se había endurecido. Le tomó un recelo silencioso, áspero, que no necesitaba palabras para notarse, cada vez que lo miraba, su mandíbula se tensaba apenas, y Aileen podía sentir la vibración contenida del lobo bajo su piel. Sin embargo, Leo no era un tonto, sabía que, por más que gruñera por dentro, Aileen necesitaba paz, y ella —aunque herida, aunque cansada— quería que su padre viera dónde iba a vivir, con qué comodidades y cuánta seguridad. Así que tragó su orgullo como si fuera vidrio molido y aceptó entre dientes la presencia del hombre mientras subían

