Magnus. Abrazar a Julieta me dio paz. La hice entrar al departamento, tomándola de la mano. Cualquier mujer, al cruzar la puerta del departamento de un hombre, estaría desvistiéndose, buscando cómo acelerar el momento para terminar abriendo las piernas. Pero ella me daba explicaciones sobre lo que había comprado, abrazando la bolsa como si fuera un tesoro valioso. —No sabía si te gustaba el chocolate n***o, blanco, con leche o ruby... por eso te traje de todos los que encontré —dijo, colocándolos en la mesa. Sus dedos se movían con delicadeza, mostrándome los paquetes. —¿Cuál prefieres? —preguntó levantando el rostro. Sus ojos brillaban de expectación, como si en serio importara más que cualquier otra cosa saber qué tipo de chocolate me gustaba. Sonreí. Yo tenía el apodo de demonio,

