Con las manos fuertemente unidas que dejaban marcas en las palmas. Lloré, reze y suplique a dios.
Quítame el dolor, quítame la angustia. Duele, me mata y lo seguirá haciendo.
No soportaria un golpe más, no aguantaría un matrimonio donde sería abusada de todas las maneras posibles. Nadie podría salvarme del infierno.
Un pastor me observo, su toga blanca tocaba el suelo.
— ¿Quieres confesarte querida?— pregunto con un tono de voz hipócrita.
— No— respondí nerviosa— No he hecho algo que merezca una confesión.
Quise decirlo. Que ya no creía en un dios que había visto mi sufrimiento y se quedaba quieto observando, no escuchaba mis súplicas y me dejaba caer más hondo en un abismo sin retorno.
— No he hecho nada malo, que merezca confesión — repetí convenciendome de que así era.
El pastor se alejo con total arrogancia meneando de un lado a otro el crucifijo en su mano. Vi esa imagen de piedra, sentí repugnancia. Ya no era como la veía de pequeña, ya no le temia.
— Me enseñaste que los hombres que te adoraban eran buenos, sin embargo existe uno que no lo hace y está lejos de hacerlo... Es el único hombre que no me ha lastimado en tanto tiempo, ¿Está bien desearlo?.
¿Desear?, ¿Que es lo que deseo?.
La imagen de Magnus, moviendo la mano con rapidez alrededor de su sexo, sus jadeos y su respiración agitada, no evite el pensamiento como me decían que hiciera... Mi imaginación voló y en mi mente estaba de rodillas frente a el, admirando como disfrutaba pecar. Sentí mi entrepierna mojada.
El pecado nació en mí, en ese instante.
Me asuste porque el deseo ya no era una sombra, era una criatura viva dentro de mí, gritando, retorciéndose, exigiendo. Los años reprimidos finalmente estaban buscando liberarse.
—¿Qué soy ahora? —susurré—. ¿Una enferma? ¿Una blasfema? ¿Una inmoral?.
Soy una inmaculada corrupta deseosa de romper las reglas y entregarme al pecado.
La respuesta que esperaba no vino del cielo.
Vino de mi propio cuerpo quien respondió, una a una a mis preguntas.
Ese calor entre mis piernas, esa imagen grabada en mi mente: Magnus, jadeando, gimiendo, solo…
Y en mi fantasía, yo ahí, tomando su placer con las manos, con la lengua, con todo lo que alguna vez me dijeron que debía avergonzarme...
Mi respiración se agitó. No podía dejar de pensar en eso.
Y lo peor… no quería.
Ya no le tenía miedo al infierno. Ahora quería quemarme en el.
Le temía a vivir toda mi vida sin saber qué se siente al ser libre, aunque fuera por un segundo.
Sentí una mano en mi hombro.
Di un respingo.
Era él.
Magnus.
Vestía de n***o, como siempre. Alto, oscuro, imponente.
Pero sus ojos… sus ojos me miraban como si pudiera verme. Toda.
No necesitábamos palabras, yo lo seguí como si fuera el oxígeno que necesitaba.
La niña que se encerraba en ese edificio antiguo, como si esas frías y viejas paredes pudieran ser consoladoras Ya no quería ser buena, por qué ser bueno no te lleva a ningún lado cuando las personas son mounstros contigo.
Dicen que el dolor te hace más fuerte, pero es mentira... Te quiebra, te aniquila y si sigues existiendo es solo por qué tu corazón sigue latiendo, no por qué tu voluntad sea seguir vivo.
— ¿Sigues tensa por como me viste?— preguntó mientras subía a su motocicleta.
—¿O te gustó ver lo que provocas en mi?
— Yo ... — buscaba una excusa o algo parecido— Quiero que me conviertas en tí, quiero corromperme.