Nuestros asientos están en la segunda fila y, cuando avanzo por el pasillo, ahí está él. Está sentado junto a la ventanilla, con la cabeza ladeada, una mano tatuada cubriéndole los ojos y la otra apoyada sobre la rodilla, que sube y baja con rapidez. Me acerco en silencio y envuelvo con la mano la que descansa sobre su pierna. Se sobresalta y la aparta de golpe al incorporarse. Y entonces quedamos frente a frente, y todo vuelve a estar bien. —Gray. Estás aquí. —Estoy aquí. Él sonríe, yo sonrío y puede que también esté llorando otra vez; ya no lo sé. —Te amo —digo. —Dios, te amo tanto. Me atrae hacia él, hunde los dedos en mi cabello y me besa con pasión. Nuestras lenguas se encuentran, se reconocen, y sus suspiros felices suenan como si tarareara una canción hermosa. Estoy a punto

