—¡Dios mío! ¿Estás bien? Wes está a mi lado en un instante y sostiene mi cabeza con la mano. Sí. Estoy muerta y esto es el cielo. Luego Eric aparece del otro lado. Entonces no es el cielo. —No te muevas. ¿Te duele algo? —pregunta con un tono que, quizá por primera vez en su vida, no tiene sarcasmo. —Estoy bien. En realidad me duele todo, aunque no tanto como mi orgullo. Intento sentarme. —Dije que no te muevas. —No me mandes. Dije que estoy bien. Me incorporo, sonriéndole agradecida a Wes cuando baja la mano a mi espalda para ayudarme. —Lo único que duele como la gran puta es la pierna. Señalo mi pantorrilla. Mis jeans están rotos y hay un tajo horrible donde caí sobre un palo puntiagudo. El muy descarado sigue ahí, a unos centímetros, haciéndose el inocente. Wes hace una muec

