—Quiero sentarme —jadeo; cada movimiento de su lengua me deja las piernas más y más como gelatina. —¿Cama o sofá? —pregunta, también sin aliento. —Cama. Pasa un brazo grande bajo mi trasero y me levanta del suelo. Con la otra mano me sujeta la nuca y me atrae para besarme mientras avanzamos hacia el dormitorio. Y me pierdo en él, en este momento. Me adora. A mí. Le gusta pasar tiempo conmigo, incluso aunque no tenga filtro. Le excito yo y mi cuerpo; no creo que quisiera que perdiera esos veinte kilos. Me sienta con cuidado en el borde de la cama y se coloca entre mis piernas. Sigue besándome; sus labios son suaves pero urgentes. Le sostengo la cabeza, desesperada por más presión. La forma en que me besa… no quiero que pare nunca. Su boca me reclama. Sus manos se clavan en mis caderas,

