No me sorprende que el sol ya esté alto en el cielo y entrando a raudales por la ventana de Gracie cuando despierto. Lo que sí me sorprende es que Gracie siga dormida, hecha un ovillo de lado, dándome la espalda, con su largo cabello dorado desparramado sobre la almohada. Viviendo en un rancho, todos en su familia parecen levantarse de forma natural a una hora espantosamente temprana. La mayoría de los fines de semana que me quedaba a dormir, bajaba las escaleras y Gracie ya estaba de pie, ella y su mamá preparando algún tipo de desayuno elaborado. Miro mi teléfono. Por poco me paso de la hora y me quedo dormida al punto de llegar tarde al trabajo. También hay un mensaje nuevo. —Dr. Gallagher: Buenos días, preciosa. Casi no dormí. No podía dejar de pensar en ti y de sonreír. —Kyla “ese

