El corazón de la pobre pelinegra que puso la agenda cerca de su pecho, bombeó con tal frecuencia que calentó su cara también. Estaba acostumbrada a que la regañaran por cosas que no había hecho en su antiguo trabajo, a pasar por alto su valor como persona para conservar el empleo y diversos errores de los que aprendió una sola cosa. Ella dependía del sistema, siempre fue así. Cuando quedó desamparada se lo hicieron entender. Pero ver a ese hombre que tenía sus ojos puestos en ella, como si estudiara el último de sus cabellos, la hizo tiritar. Quería salir corriendo de esa oficina, no mirar atrás y dejar por sentado que era una cobarde...lo malo de la situación, no lo era. Grecia podía ser muy obstinada, pero no una cobarde. No corría a menos que fuera hacia adelante. Sí daba un paso

