
Gabriel
Soy consciente de la intensa mirada que me ofrece los acaramelados ojos de mi secretaria. Su nerviosismo ante el silencio que he formado en el ambiente, y la respiración errática e irregular que no puede controlar. Muerde su labio inferior, probablemente intentando ahoga las palabras que su mente lucha por decir, pero a pesar de su débil Intentó, su cuerpo le ha dejado en una posición vulnerable. Su mente lo niega, pero su cuerpo arde y desea que sea tocada por mí.
Se estremece al sentir la conexión de nuestros ojos, mi verdosa y feroz mirada es dominante de la suya. La pobre Vanesa intenta reprimir la oleada de lujuria que sé con firmeza que ha comenzado a dominarle. Pero sé que eso es prácticamente imposible, ninguna mujer soporta la atracción y deseo que infrinjo en ellas.
Vuelvo a poner mi atención en la pantalla de mi portátil y esa acción es lo único ella necesitaba para que su mente entrar en razón. La señorita Donato se levanta y de manera silenciosa, recoge las hojas que necesitará para el trabajo que le he pedido.
—¿Es todo por hoy?.—Aunque su pregunta suene común, es más que obvio que está cargado de otro sentido.
Obviamente, espera con ansias una respuesta favorable que de pie a sus fantasías, a estas alturas sus bragas ya estarán empapadas. Sería fácil cerrar la puerta, postrala en la mesa, abrí sus piernas y disfrutar lo que su sexo está dispuesto a ofrecerme.
Ya que para su suerte la señorita Donato es medianamente tolerable, lo que le falta de pechos lo compensa con trasero. Sería divertido ver como la dulce pasante se toca mientras la dureza de mi m*****o sale y entra de su boca. Por un momento estoy dispuesto a otorgarle su petición, pero como un presagio de lo malo que puede ser esa idea, llega un email de un remitente que hace tiempo no veía.
