Pasé casi toda la noche mirándole las tetas como si fuera un punk inmaduro. Hasta ahora, esto no me estaba beneficiando. Se suponía que yo era quien la seducía, pero su inocencia me estaba volviendo loco. Morderse el labio era su tic nervioso, y juro por Dios que cada vez que lo hacía yo también quería mordérselo. Me ponía muy incómodo, y eso nunca me había pasado. Otra cosa sorprendente de Leyla... era divertidísima. Me impactó lo bien que me lo pasé en nuestra cita —falsa—. No hubo alcohol, drogas ni sexo, solo diversión amistosa, y me estaba desquiciando muchísimo. Me reí más con Leyla que con cualquier otra chica, y me refiero a risas de verdad, no a esas tonterías que diría para complacer a una chica antes de follarla. Tenía que ser una de las chicas más guays con las que había sali

