UNA CITA CON EL DIABLO

2525 Palabras
Pasé casi toda la tarde del jueves de compras con mi mamá. Aunque me había quejado mucho antes, necesitaba su pericia para encontrar qué ponerme en mi primera cita oficial. Terminé con un top n***o muy escotado y unos vaqueros de corte bota sexis que me quedaban bien. Lo rematamos con un collar n***o precioso que casi me rozaba el escote y unos pendientes largos. Mamá intentó convencerme de que me peinara, pero me negué. —¿Vas a contarme algo de él o no?— Mamá sonrió con una sonrisa poco natural mientras estábamos sentados en su lujoso restaurante favorito. La verdad es que no hay mucho que contar. Entró en la tienda. Luego lo vi en la cafetería y simplemente me invitó a salir. —Vamos, Leyla. Pasó algo más. ¿No sabes nada de charlar con las chicas sobre chicos? —rió. —Vale, de acuerdo. —Moví la pajita en mi bebida—. Está buenísimo, súper bueno, y tiene los ojos verdes más preciosos que he visto en mi vida. Aunque probablemente no te guste. No es rico, pero eso me gusta. Trabaja en el taller de su padre y sí, sigue viviendo con él, pero prácticamente son dueños de todo juntos. Mamá ni se inmutó, lo cual me resultó sumamente desconcertante. Debería estar hablando sin parar de que salía con un pobre tipo y de que probablemente solo quería mi dinero. Insistí más para intentar romper su silencio. No usa ropa cara ni nada, y si no me equivoco, conduce un coche viejo. Muy viejo, creo, pero el dinero no lo es todo, ¿no? Bueno, siempre y cuando sea buena persona. —Lo que te haga feliz, cariño, y tienes razón, mientras sea un buen chico, eso es todo lo que importa—. La miré como si acabara de salirle fuego por el culo. Definitivamente algo pasaba. —¿Qué pasa, mamá?— —No pasa nada. ¿Por qué? —Vamos. ¿A qué estás jugando? —No sé de qué estás hablando.— ¡Por favor! A estas alturas ya te habrías vuelto loca pensando que salgo con un pobre y bla, bla, bla. Ya sabes, los típicos comentarios de que somos ricos y estamos por encima de él. ¿Qué demonios? —No, sé que te sientes sola, Leyla, y si este chico te hace feliz, yo también. Ahora, ¿podemos pedir algo, por favor? Tengo mucha hambre. ¿Qué vino quieres? Quizás mamá estaba pasando por la menopausia o algo así. Tendría que asegurarme de buscar los síntomas en Google al llegar a casa. Nunca la había oído hablar con tanta serenidad. Pero la gente cambia, y quizás mi mamá estaba pasando por cambios emocionales. No es necesariamente algo malo. Cenamos casi en silencio. Fue muy extraño. No hizo ningún comentario, solo dijo que me veía muy bien con mi nuevo atuendo y que seguro que lo haría babear. Me reí. ¿Por qué alguien babearía por mí? ***** El día de la cita, las horas parecían detenerse. Estaba deseando que me recogiera y me llevara de paseo. Todo esto era tan nuevo para mí. Hacía demasiado tiempo que no me emocionaba algo nuevo. Siempre fue lo mismo una y otra vez durante el último año, más o menos. Poco a poco me estaba convirtiendo en una ermitaña que solo salía para trabajar y alguna que otra salida de chicas. Sobre las seis y media, fui al baño de la tienda y me retoqué el pelo y el maquillaje. Shannon aceptó cerrar y llevarme el coche a casa, así que no tuve que preocuparme por nada, salvo por verme espectacular. Estaba aplicándome una nueva capa de brillo de labios cuando oí la campanilla de la puerta y después Shannon me llamó. Guardé mi polvera y mi brillo labial en mi pequeño bolso n***o y me di otra palmadita en el pelo. Al salir del mostrador, Shannon se giró hacia mí y articuló: —¡Dios mío, qué calor!—. No pude evitar sonreír. Fue entonces cuando lo volví a ver. Estaba apoyado en el mostrador, muy sexy, con unos vaqueros holgados que le caían por las caderas y una camiseta negra Henley. Se giró para mirarme y juraría que vi algo en sus ojos que decía: —¡Guau!—. Me sonrojé y me miré por última vez. Me ofreció una rosa blanca, la tomé y me la llevé a la nariz. —Gracias…es hermoso.— Le sonreí. —De nada.— Su mirada bajó hacia mi escote. —Si quieres, puedo ponerlo en agua cuando llegue a casa. Así no tienes que dejarlo morir en el coche—, dijo Shannon. Le di la flor y le devolví la sonrisa a Daniel. Mi primera flor de un chico, ya sabes, ese chico malo se está secando y aplastando entre las páginas de mi diario. —Sé que las rosas son algo típico, pero pensé que probablemente has tenido un millón de lirios en tu vida—, dijo. Me reí entre dientes con eso. Ojalá lo supiera. ¡Nada de lirios para Leyla! —¿Estás listo para ir?— preguntó con esa voz suya que sonaba a café moca cremoso. ¡Ya lo sé! ¡Ya basta de comida! —Sí, estoy listo.— Corrí a la oficina de cierre con Shannon a toda prisa para asegurarme de que no se olvidara de nada y luego lo seguí hasta la puerta. Él me la abrió y, al pasar, oí a Shannon gritar. ¡Diviértanse, niños! ¡No hagan nada que yo no haría, o mejor aún, hagan todo lo que yo haría! —se rió a carcajadas. Puse los ojos en blanco y sentí que mi cara se ponía roja. Daniel rió suavemente para sí mismo. De camino a su coche, me puso la mano en la parte baja de la espalda y de repente sentí que se me derretía toda la piel. El calor de su mano me atravesó la camisa y me llegó directo a la columna. Fue un momento muy dulce y me sentí un poco triste cuando por fin llegamos a su coche. Sentí que su mano se apartaba de mi espalda al abrirme la puerta. —No es mucho, pero es mío—, dijo en tono de disculpa antes de cerrar mi puerta y correr alrededor del frente del auto hacia el lado del conductor. Antes de que pudiera entrar al coche, susurré en voz alta: —Es perfecto—. Me pareció perfecto. No era un vehículo nuevo, pero tenía personalidad y pequeños detalles por todas partes que me recordaban a él. Había visto suficientes coches llamativos en mi vida y este, para mí, era un coche de verdad. Igual que mi viejo Honda, un coche de verdad, con arañazos y abolladuras; un coche que había sobrevivido, y si no me equivoco, era un deportivo antiguo, como ya había dicho. ¡Dio en el clavo, cariño!... ¡Dio en el clavo! Recordar el día en la cafetería cuando me invitó a salir me hizo preguntarme de nuevo por qué quería salir conmigo. No podía imaginarme a ese chico tan guapo sintiéndose atraído por mí. ¡Yo! La Grande Leyla, la gordita de la clase, la perdedora que se escondía tras el dinero de mamá y papá; al menos eso decían los chicos del instituto. Tenía que dejar de pensar en esas cosas. Ya no estaba en el instituto. Ya no era la Grande Leyla. Solo necesitaba recordarlo... incluso repetírmelo toda la noche si hacía falta. Después de subirse y arrancar el coche, se giró hacia mí y sonrió mientras aceleraba el motor. Sentí que se me calentaban las mejillas y, por un instante, me preocupé de que esta cita me hiciera daño a la presión. Dios sabe que me sonrojé un poco con solo ver su sonrisa sensual. —Creo que tenía razón sobre el viejo Mustang llamado Bertha —dije, mientras esperaba un cambio repentino de humor. —No, se llama Lucy y es un Camaro. —Sonrió dulcemente mientras acariciaba el tablero del auto como si fuera una mujer de verdad. Nunca había deseado tanto ser un coche en mi vida, si eso era lo que hacía falta para que me acariciara suavemente de esa manera. En silencio deseaba ser un coche; era lo suficientemente grande para serlo. Quería imaginarme ronroneando cada vez que Daniel se metía en mí y me llevaba de paseo. Por desgracia, solo podía verme a mí misma, borracha y con la cara embarrada de chocolate, cantando la introducción de Transformers, —¡Robots in Disguise!—, en el ventilador roto de Shannon. ¿Y adónde quieres ir? Pensaba cenar y ver una película, pero tú decides si prefieres hacer otra cosa. Una película suena divertida. Me pregunto qué estarán poniendo. Nos quedamos afuera viendo todas las películas en cartelera. No había mucho para elegir. Había una cursi película romántica, que seguro que cualquier chica elegiría, pero que yo no tenía ningunas ganas de ver. Luego estaba la nueva película de terror que se suponía que iba a ser asquerosa, con mucha sangre, sexo y acción... Me moría de ganas de verla. —Depende de ti, pero no me importa la sangre y las vísceras en caso de que te lo preguntes. —Me encogí de hombros, mientras esperaba que se armara de valor y eligiera la película de terror. No iba a admitir que no era como todas las chicas normales con las que había salido. Así que, en lugar de eso, insinué que prefería ver la película de terror. No pasa nada si quieres ver una película de terror en vez de una romántica. La verdad es que me alegro. Odio las románticas. Se rió y me relajé. —Sí, yo también. Nada de lágrimas de chicas ni dramas para mí. —Mi tipo de chica —me guiñó un ojo—. Vamos, vamos a comprar las entradas. Me agarró de la mano y lo seguí hasta la fila. Sus manos eran cálidas y duras, y hacían que mis manos regordetas parecieran pequeñas. Me gustaba que fuera mucho más alto que yo y que sus manos fueran mucho más grandes que las mías. Una vez más, me hacía sentir pequeña, y disfruté sintiéndome pequeña por una vez en mi vida. Las ásperas y callosas rozaban mis suaves manos y, en lugar de desanimarme, imaginaba lo bien que se sentirían esas ásperas en diferentes partes blandas de mi cuerpo. Pagó las entradas y luego entramos, donde él pagó las palomitas y las bebidas. Me sentí fatal. Ahí estaba yo, forrada, con más dinero en mi cuenta personal del que probablemente él ganaría en toda su vida, y aun así, él pagaba todo. No dije nada. Probablemente se enojaría si me ofreciera a pagar. Era demasiado orgulloso para eso y lo último que quería era hacerle sentir pobre o algo así. Pronto nos instalamos en el cine con nuestras palomitas y bebidas, viendo los avances. Ya no estaba tan nervioso, pero no pude evitar fijarme en las pocas chicas que no dejaban de mirar a Daniel. Me hizo sentir como si nos estuvieran mirando a nosotros y no pude evitar sentir que se preguntaban qué demonios hacía conmigo. Nos sentamos a ver la película. Me sentía como un idiota cada vez que me sobresaltaba cuando el asesino aterrador saltaba de la nada. Cada vez que me sobresaltaba, él se agachaba y me apretaba la rodilla. Me encantaba. Era como si me estuviera asegurando que me protegería si el asesino salía de la pantalla. Nunca nadie me había tratado así. Fue un gesto pequeño, pero fue enorme para mí. Su risa profunda me hizo vibrar el hombro mientras me cubría los ojos cuando la cosa se ponía demasiado sangrienta. No me malinterpreten, me encantan las buenas películas de terror, pero algunas son demasiado. Hubo un momento en que metimos las manos en las palomitas a la vez. Retiré la mano como si el recipiente estuviera lleno de serpientes y él me dedicó su sonrisa de —sé que me deseas—. Cuando nos levantamos para irnos, me tomó de la mano y me sentí como si estuviera en el instituto otra vez. Tomarme de la mano era algo que nunca había experimentado antes esta noche, y me entristeció pensar en todo lo que me perdí de adolescente. Pero ahora me aseguraría de recuperar todo lo perdido. Él abrió la puerta del auto para mí y me deslicé dentro. Sonrió antes de cerrar la puerta y dirigirse al lado del conductor. —Bueno, ¿y ahora a dónde vamos?—, preguntó. —A cualquier lugar me parece bien—, respondí. —¿Siempre eres así de fácil?—, preguntó, antes de estallar de risa. —Sabes a qué me refiero... no así. Me refiero a que es tan fácil llevarse bien contigo.— Me tomó un minuto entender lo que estaba diciendo antes de empezar a reírme también. —Ya sé lo que quieres decir. Bueno, vale... ¿qué tal el minigolf? ¡Así me gusta más! ¡Prepárense, soy el rey del minigolf! El resto de la noche fue un borrón. Nos divertimos muchísimo. Me sentí muy cómoda con él. Nos reímos y nos molestamos. Al final, no era muy bueno jugando al minigolf, y eso ya era cómico. Pasó la mayor parte de la noche comportándose como un caballero: abriéndome las vallas, dándome algo de beber, sujetando mi putter mientras me apartaba el pelo de la cara. Fue increíble. Más tarde, después de ganar unas tres rondas de minigolf, decidimos que se hacía tarde y nos fuimos. Hablamos todo el camino de vuelta a mi apartamento. Me hizo preguntas sobre mí y noté que realmente le importaban las respuestas; quería conocerme. Él también respondió a mis preguntas. ¿En qué grado está tu hermana? Jenny está en décimo grado. Es muy difícil, sin duda. Juro que tiene la boca de un marinero de cuarenta años. Justo el otro día se metió en problemas en la escuela por llamar vieja zorra a su profesora de matemáticas. Me reí. No tenía ni idea de lo afortunado que era de tener un hermano con el que era tan cercano. Algo en tener una hermanita cerca me atraía mucho, aunque se comportara como un niño. Háblame de tu papá. ¿Son muy unidos? Al parecer, su padre, Herald, podía encantar a cualquier dama de la ciudad y arreglar un motor con los ojos cerrados. —Parece que te pareces mucho a tu padre—, sonreí. —No… no lo soy. —Él no le devolvió la sonrisa. Dejé de hablar de familia cuando pareció ponerse tenso y cambié el tema a coches clásicos. Lo observé mientras hablaba animadamente de sus favoritos. Era absolutamente adorable cuando, sin querer, era él mismo y no el playboy sexy. En definitiva, fue una de las mejores noches de mi vida. Me entristecí al ver que estábamos estacionados frente a mi apartamento. No quería que la noche terminara.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR