Hoy fue un día tranquilo. Después de arreglar la bomba de agua nueva de un viejo Ford que papá me dejó, bañé a Lucy. Me di una ducha rápida y pronto llegó el mediodía y no tenía absolutamente nada que hacer. Después de engullirme un sándwich de jamón y una Coca-Cola, decidí llamar a Renée. Me vendría bien un capricho por la tarde.
Estaba a punto de llamarla y contarle una mentira sobre que había llegado temprano a casa, cuando noté la servilleta con el número de Leyla sobre mi tocador.
¿Por qué no?
Sólo sonó dos veces antes de contestar.
—¡Hola!— cantó en el teléfono.
—¿Eres Leyla?—
—¡Si soy yo!—
Hola, soy Daniel. ¿Puedes hablar un momento o estás ocupada?
La otra línea se quedó en silencio por un minuto y pensé que tal vez me había colgado.
—Sí, puedo hablar… ¿qué pasa?—
—Sé que recibí tu número ayer y que tenemos una cita mañana por la noche, pero no podía dejar de pensar en ti—. Sonreí para mí mismo.
Era más como si estuviera completamente aburrido y no hubiera nada mejor que hacer que estar al teléfono repartiendo halagos falsos. El trabajo era trabajo. Mejor me divertía. En cualquier caso, me pagaban por este trabajo, así que más me valía hacerlo bien.
Me acurruqué en el sillón de mi papá. La casa estaba tranquila y agradable. Jenny estaba en la escuela y papá estaba haciendo recados.
—Ay, da igual —dijo ella riendo—. Eres gracioso.
—¿En qué soy gracioso?—, pregunté.
Por lo que vi, a esta chica nunca se le deben acercar los chicos. Era extraño, considerando que era bastante guapa; estaría guapa si hubiera bajado un poco de peso, pero bueno, a algunos chicos les gustan esas cosas. A mí no me va mucho.
—Es muy gracioso… En fin, ¿qué estás haciendo hoy?—
Terminé de trabajar y ahora estoy holgazaneando, pensando qué hacer con el resto del día. Emocionante, ¿verdad?
Ella se rió un poco. —Podría ser peor... podrías quedarte atrapado en una joyería aburrida conmigo—.
—Suena a tortura... ¿Estar atrapado en algún lugar con una mujer hermosa todo el día? ¡Mátame ya!—, bromeé.
Ella rió incómodamente. —Eres una tonta—.
Hablamos así de un lado a otro. Hablamos mientras ella salía del café y volvía al trabajo. Hablamos mientras estaba en el trabajo, y mientras Shannon, quien al parecer es su compañera de piso/compañera de trabajo/mejor amiga, le daba su opinión en un segundo plano. Después de un rato, me di cuenta de que realmente estaba disfrutando de nuestra conversación.
No era como la mayoría de las chicas, tan coqueta y aburrida. De verdad me habló y me hizo preguntas sobre mí. No las típicas preguntas tontas y eufóricas de una mujer, sino preguntas de verdad sobre mi familia y mi trabajo. Fue agradable hablar así. Me sentí cómodo, quizá porque no sentía la necesidad de impresionarla. Ahora que lo pienso, fue un poco extraño. No me sentí como si estuviera hablando con alguien a quien apenas conocía. Hablamos como si fuéramos viejos amigos.
Al final de nuestra conversación de tres horas, aprendí muchísimas cosas sobre ella. Habló de la pésima relación que tenían con su madre, lo cual fue incómodo considerando que ya conocía a la gruñona de su madre. Me contó de su padre, que vivía en California, y de cómo de pequeña nunca vio más que su espalda y su maletín. Me contó de ir a un colegio solo para chicas, lo cual, seamos sinceras... ¡era buenísimo! La cuestión es que, por nuestra conversación, me di cuenta de que se crio bastante sola: sin hermanos, sin hermanas, y, en realidad, sin mamá ni papá.
Me hizo apreciar a mi padre, el loco de la cabeza, y a mi hermanita, la boba. Sí, a veces discutíamos y a veces mi hermanita se esforzaba al máximo para que la estrangulara, pero al menos éramos una familia. Éramos una familia que reía unida y trabajaba unida para salir adelante en esta vida loca. Haría lo que fuera por mantener la vida de mi familia a flote. Sé que debería sentirme mal por lo que le estaba haciendo a Leyla, y en cierto modo lo estaba, pero no podía arrepentirme de que hacer esto fuera a pagar las cuentas.
Mi hermana pequeña irrumpió por la puerta justo en el momento en que estaba a punto de colgar con Leyla.
—¿Con quién estás hablando por teléfono?— gritó desde el otro lado de la casa mientras la puerta del refrigerador se cerraba de golpe.
Ella irrumpió en la sala de estar con una Coca-Cola y una bolsa de patatas fritas.
—¿Me oíste, Dev? ¿Con quién hablas?—, siguió gritando a gritos, mientras metía un puñado de patatas fritas en su enorme trampa.
Leyla empezó a reír a través del teléfono.
Jenny debería llamarse Benny porque todo en ella delata a un adolescente. Tiene quince años, pronto cumplirá dieciséis, y está en décimo grado. Tiene el pelo largo y oscuro, recogido en una coleta baja, y unos ojos grandes y verdes, iguales a los míos. Pensándolo bien, no tiene nada de chica. Se viste como un chico, eructa como un hombre, camina como un tío y pelea como un pitbull. Esto último es gracias a mí, claro. Incluso su habitación está llena de pósters de coches y ropa de cama azul y verde.
Oye, te dejo ir, ¿vale? Mi hermanita, la que tanto grita, ya está en casa. Te recogeré mañana después del trabajo, ¿vale?
—Está bien. Nos vemos mañana.
Colgué el teléfono, le puse los ojos en blanco a Jenny y luego me levanté para salir de la sala familiar.
—Esa no era Renee, ¿verdad? —Jenny me devolvió la sonrisa como si me hubiera pillado con las manos en la masa.
—No es asunto tuyo, entrometido—, le devolví la sonrisa.
—¡Dios mío, tramposa! —se rió y le salieron trozos de papa de la boca—. ¡Gracias a Dios! Ya era hora. Sabes que nunca me gustó esa zorra de Renée.
¿Podrías cuidarte? Y no, no fue Renée, pero que quede entre nosotros, ¿vale? En serio, Jenny, es importante, ¿vale?
¡Genial! Entonces... ¿cuándo la conoceremos?
—¡Jamás!— Me reí, mientras le daba un golpecito en la punta de la nariz al pasar.
—¡Anda ya! ¡No es justo, Daniel!
Nunca llegaría tan lejos. Saldría con ella, cobraría y luego no la volvería a ver. Sí, duraría unos tres meses, pero ni de broma conocería a mi familia, sobre todo considerando que mi padre me descubriría y descubriría la situación si alguna vez la traía a casa.
Bueno, tengo una cita mañana. Es lo que se necesita para un buen día de trabajo.
Esa noche, después de que papá llegara a casa y cenáramos, me relajé en la cama y sentí una repentina culpa. ¿Sería capaz de hacer lo que tenía que hacer? ¿Sería capaz de mentirle a Leyla en la cara? La mayoría de la gente me considera un cabrón sin corazón, y la verdad es que yo mismo lo convertí en eso. Era, en muchos sentidos, mi muro. Impedía que la gente se acercara a mí, lo que a su vez me impedía a mí acercarme a la gente. Un psicólogo lo llamaría mi mecanismo de defensa. Yo lo llamo ser inteligente.
La realidad era que no era un cabrón sin corazón. No quería hacerle daño a esa chica, y al mentirle y hacerle creer que me interesaba, la lastimaba sin que ella lo supiera. La verdad es que era bastante dulce. Me veía saliendo con ella y siendo amigos. Quizás por eso me sentía tan mal por lo que estaba empezando con ella.
Apenas dormí esa noche. Di vueltas en la cama, y cuando por fin pude dormir, tuve horribles pesadillas sobre el día que mi madre se fue y nunca miró atrás. Me desperté a las cinco y media de la mañana siguiente, empapado en sudor e hiperventilando. Ni siquiera me molesté en volver a dormir.
Para cuando papá salió al garaje a abrir, yo ya casi había terminado de arreglar el viejo Cadillac de la señora Bennett y ya había cambiado las llantas del nuevo Chevy de Ralph. Papá se paró en seco y me miró como si de repente me hubieran crecido dos cabezas. Me sequé el sudor grasiento que me corría por la frente con el dorso de la mano.
—¿Qué?— pregunté.
Nada... si sigues así, nos vamos a quedar sin trabajo. Ya vamos ganando. ¿Qué te pasa? Te has estado portando raro estos últimos días. ¿Estás bien?
Sí, estoy bien. Solo intento mantenerme ocupado. Tenemos que ganar este dinero. No sé si lo olvidaste, pero tenemos ocho mil dólares que pagar en un par de meses.
—No, no lo he olvidado, pero ¿estás seguro de que estás bien?
—Estoy bien.—
Tenía que tener mucho cuidado con mi papá. A él no se le escapaba nada y no aprobaba lo que hacía.
Terminé de arreglar el garaje y luego entré para ducharme y prepararme para la noche. Necesitaba animarme a tope y tenía que decidir exactamente adónde iba a llevar a esta chica. Era rica y no sabía si podría permitirme llevarla a los sitios a los que estaba acostumbrada. Con suerte, después de esta primera cita, su madre me daría esa primera cuota. Eso me ayudaría mucho.