Moira, con los ojos entrecerrados, abre lentamente sus párpados. La habitación es una explosión de luz, que penetra su mente con una intensidad deslumbrante. Parpadea varias veces, tratando de ajustar sus ojos a la claridad abrumadora. Sigilosamente, comienza a distinguir las formas y los contornos de la estancia. Al mirar a su alrededor, se da cuenta de que está en un hospital. Las paredes son de un blanco impoluto, casi celestial, y las luces resplandecen con un fulgor incesante. La frialdad del lugar le produce un ligero escalofrío que recorre su espalda, mientras que el aire impregnado de desinfectante amenaza con aspirar su voluntad de vivir. Intenta levantarse, pero un fuerte dolor en todo su cuerpo le recuerda que está frágil y vulnerable. Sus piernas parecen ser poco más que mero

