Sergei Smirnov se encontraba cabizbajo en su espaciosa y elegante oficina. Sus ojos reflejaban la preocupación en cada arruga de su frente, mientras sostenía un informe financiero en sus manos temblorosas. Había convocado a sus dos hijos, Luka y Viktor, consciente de que debía compartir con ellos la difícil situación que enfrentaban como familia y como empresa. Cuando los pasos confiados de Luka y Viktor resonaron en la habitación, Sergei levantó la mirada y los invitó a tomar asiento frente a él. Ambos obedecieron en silencio, sintiendo la gravedad en el ambiente. Con la voz entrecortada por la angustia, Sergei comenzó a relatarles la amarga verdad. Los inversionistas, hasta entonces confiados en los planes de la compañía Smirnov Enterprise, habían dado la espalda. Una tras otra, las pue

