(Parte 2)
El interior de la casa era fresco y antiguo, con paredes de adobe, techos altos y ventanas amplias que dejaban entrar la luz dorada del atardecer. El piso de madera crujía con cada paso, como si saludara a Angie después de tantos años.
Marina caminaba despacio, apoyada en su bastón tallado con símbolos que Angie no reconocía.
—Aquí nada es nuevo —dijo Marina con voz firme—, pero todo respira.
Entraron a la cocina, donde una olla humeaba sobre una estufa de leña. El aire olía a tomillo, cebolla y maíz.
—¿Todavía cocinas tú sola? —preguntó Angie, sorprendida.
—Cocino para no olvidar —respondió Marina—. Si uno deja que otros lo hagan todo, hasta los recuerdos se le escapan de las manos.
Angie se sentó en una silla antigua, de esas que parecían hechas para quedarse quieto y escuchar.
—¿Cómo está mamá? —preguntó Marina.
—Bien… Triste. Todos lo estamos.
—José vivió una vida buena —dijo Marina, sirviendo dos platos con sopa—. No murió con deudas ni con palabras pendientes. Solo los que mueren así descansan de verdad.
Hubo un silencio breve. Angie observó los objetos de la cocina: un molinillo de café, un paño bordado con iniciales, frascos con hierbas secas, un cuchillo oxidado con mango de madera.
—¿Por qué nunca hablaron mucho de este lugar en la ciudad? —preguntó al fin.
—Porque los que viven rápido no quieren saber de raíces —respondió Marina—. La ciudad enseña a correr, no a quedarse. Pero tú... tú estás hecha de otra madera, Angie.
Las palabras resonaron como una pequeña campana en su interior.
Cuando terminaron de cenar, Marina la llevó a la habitación que había sido de José.
—Aquí dormió tu abuelo la última vez que vino. Dijo que quería despedirse del silencio.
Angie dejó su mochila sobre la cama, y por unos segundos, todo quedó en calma.
—Mañana te enseñaré los viñedos —dijo Marina—. Pero ten cuidado: la tierra escucha. Y si le hablas desde el alma… te responde.
Angie sonrió, sin saber si lo decía en serio o si era una de esas frases viejas con más poesía que sentido. Pero algo en sus palabras le heló la piel.
Esa noche, al acostarse, abrió el diario del abuelo. En una página sin fecha, había una nota escrita a mano:
"Elija cuida las parras como si fueran sus hijos. Dice que cada vid tiene su carácter. Me recuerda a Angie cuando era niña, preguntando si las uvas podían sentir cosquillas..."
Angie parpadeó.
Elija.
¿Era él?
El chico de los ojos verdes. El niño que una vez le trenzó una pulsera con hilos de vid.
Se quedó dormida con el diario abierto, mientras afuera el viento movía las hojas del viñedo como si aplaudiera en secreto su regreso.