Capítulo 33: Lo que arde, aunque no se diga

1093 Palabras

El lunes llegó con el mismo ritmo vertiginoso de siempre, aunque para Antonella, el tiempo parecía arrastrarse. Apenas cruzó el portón de la escuela, notó que las miradas se giraban hacia ella. No sabía si era paranoia o si en serio algo se murmuraba. Se apretó el abrigo contra el cuerpo y caminó con decisión hacia el aula. Quería perderse entre los bancos, entre las voces de sus amigos, entre todo lo que no fuera él. Pero el universo tenía otros planes. Sebastián ya estaba allí, recostado sobre su banco como si el aula fuera su casa. Llevaba la campera azul oscura medio abierta, los auriculares colgando del cuello, y una sonrisa de esas que te desarman. La misma que había visto esa madrugada borrosa. La misma que recordaba en flashes: su boca, su piel, sus manos enredadas en su cintura.

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