Dos

1822 Palabras
2003 —¡Cálmate!—gritó Gabriella mientras se tapaba los oídos. Mi hermana detestaba que llorara. Mi hermana detestaba a los niños en general—. ¡No fue tu culpa, Declan! ¡Fue Gabriel Dos meses antes, papá y mamá se reunían en citas con un señor que Gabriella me explicó era un abogado de divorcios. Papá no vivía en nuestra casa desde hacía tres meses y cuando llegaba a vernos y a entregarle dinero a mamá, había peleas porque él no quería pasar tiempo con nosotros.  Antes de que él se saliera de nuestra casa, papá solía decir que no me parecía nada a él. Qué mamá me había conseguido otro papá y que no pertenecía a la familia Spencer. No entendía nada de lo que me decía, pero Gabriella se tomaba el tiempo de explicarme.  Gabriella se acercó a mí y apoyó sus manos en mis mejillas. Sus manos eran cálidas y se sentían pegajosas por mis lágrimas. Sus ojos cafés se centraron en los míos y se pasearon por mi rostro. Ella estaba segura de sí misma, lo demostraba. Su pose y la manera en la que me veía lo mostraba.  Sus delgados labios rojos formaron una sonrisa en su rostro pálido y sus ojos me sostuvieron la mirada. La veía borrosa por las lágrimas acumuladas en mis ojos y sentía como mi pecho botaba por la falta de aire.  —Gabriel no tenía porque haber dicho nada de lo que te dijo—declaró en un tono calmado y seguro. Volvió a pasear su mirada por mi rostro—. Tan solo mírate. No hubo otro papá más que Gabriel. La abuela Cora tiene la misma boca que tenemos tú y yo. Y el tamaño y color de tus ojos se los debes al abuelo George.  Gabriella volvió a sonreír—. No hay por qué llorar, ¿de acuerdo? La volví a ver. Mi hermana mayor tenía razón. Nos parecíamos y éramos más parecidos a los Spencer que a la familia de nuestra mamá. Nuestra abuela Amara solía decir qué tomaron a Gabriella y le sacaron copia en el género opuesto.  —Escúchame bien, Declan.—Dijo Gabriella mientras limpiaba con sus pulgares mis mejillas—. Deja que Gabriel diga lo que quiera decir, tú eres mi hermano y eres un Spencer, ¿está bien? Asentí. Gabriella era mucho mayor que yo y sabía con más claridad lo que yo todavía no lograba a entender. Nuestra madre y Gabriella eran las mujeres que más quería en este planeta.  El teléfono de la habitación sonó. Mi hermana mayor sonrió una vez más y besó mi frente, después corrió a través de nuestra habitación y contestó la llamada.  —¿Hola?—dijo Gabriella, con algo de inseguridad. Mamá había salido esta mañana y había dejado a Gabriella encargada de mí. Nos había avisado que llamaría en el momento en que tendríamos que prepararnos para salir del hotel a nuestra nueva casa.  Y nueva vida.  —Si,—dijo, volteando a verme y sonriendo,—aquí está Declan conmigo…No todo está perfectamente…Sí, mamá. Estamos bien y acaban de traer comida a la habitación…Solo fueron 50 dólares por la hamburguesa de Declan…Yo no tuve hambre… Gabriella rió por lo bajo y luego añadió; —¿En serio? ¿Ya? Me acerqué a mi hermana lentamente. Sentía la nariz tapada y la cabeza me dolía al igual que mi estómago. Seguía temblando y tenía las mejillas pegajosas y saladas. Gabriella asintió e hizo un ruido gutural se afirmación, finalmente colgó. Ella se quedó viendo al piso unos segundos antes de ver el reloj que estaba puesto enseguida del teléfono.  Marcaba las cuatro de la tarde con veintiséis minutos.  —Tenemos cinco minutos para ordenar todo, Declan. Mamá viene en camino a por nosotros para llevarnos a nuestra nueva casa.—Gabriella sonrió y me tomó por los hombros—. ¿Sabes que me acaba de decir? Ella estuvo ahí esta mañana. ¡Tenemos vecinos y son unos niños de tu edad! —¿Enserio?—pregunté. Imaginaba mi vida con esos niños y que serían mis amigos.  Gabriella asintió—. ¿Estás listo para conocer a estos niños? —¡Sí!  *** Mamá había entrado a nuestra habitación apurada. Decía que aún había cosas que hacer, que arreglar y que se estaba haciendo tarde. Cuando mamá nos veía después de horas, días o semanas, nunca nos abrazaba o nos besaba como había visto a varias mamás de mis compañeros en Londres hacerlo. Siempre era de lejos y para mí era algo normal.  —Así es,—dijo ella, moviendo el pie y apoyándose en el mostrador del hotel donde nos habíamos alojado,—la habitación estaba a nombre del señor Gabriel Spencer.  Mamá firmó unos papeles y finalmente me tomó de la mano. Hizo señas también a Gabriella de que nos siguiera y salimos del lugar. Afuera estaba un coche n***o, parecía nuevo. Había un señor con un traje rojo afuera abriendo la puerta del lado de Gabriella.  —Gracias.—Dijo ella en un tono que apenas yo escuché.  El señor sonrió y asintió.  Cuando Gabriella me subió al coche y nuestras cosas, mamá arrancó el coche y en pocos minutos estábamos por la carretera. Del lado izquierdo había vista al mar. Me apoyé en la ventanilla y poco a poco fue desapareciendo. El azul fue reemplazado por enorme edificios y estacionamientos.  —Habrá niños con quiénes juegues en nuestra nueva casa, Declan—dijo mamá viendo por el pequeño espejo que había en la ventana de enfrente—. Ya los conocí. Podrás conocerlos esta misma tarde.  —¿Saldrás?—preguntó Gabriella volteando a verla.  —Tengo que dar unas vueltas más para comenzar la próxima semana en el nuevo trabajo que tu padre me consiguió.  Gabriella asintió.  Pocos minutos después, comenzamos a subir una pequeña colina hasta llegar a una esquina. Había muchas casas y había niños jugando con sus bicicletas o balones. Llegamos a una casa donde había una señora con un perro pequeño y unos niños jugando. Una niña y un niño.  También estaba ahí otra mujer que tenía una gran panza y estaba riendo. Luego nos vio y su sonrisa se hizo aun más grande.  Se acercó a los niños y se agachó con cuidado para decirles algo.  —Ve y pregunta si ella es la señora Florence Taylor—ordenó mamá a Gabriella.  Mi hermana asintió y abrió la puerta del coche. Los niños estaban expectantes a la nueva niña que se había bajado y se acercaba a ellos. La señora que los cuidaba le sonrió y saludó, después de metió a su casa y sacó unas llaves y una enorme canasta con varias cosas en ella. Alcancé a ver algunas cosas de McDonald’s.  Gabriella volteó y le hizo señas a mamá que apagó el coche y me volteó a ver. Gabriella seguía con la señora y la señora que mamá había dicho se llamaba Florence. Florence le estaba diciendo algo a la otra señora, esta sonreía y asentía, se despidió de los niños que estaban con Florence y tomó al perro pequeño y se fue.  —La señora Florence es una trabajadora de bienes raíces.—Explicó mientras señalaba la casa que teníamos a nuestra derecha—. Ella nos preparó esta casa y es la encargada de entregárnosla, ¿okay? Los niños que ves ahí son sus hijos y el niño es de tu edad. Gabriella y tú se quedarán con ellos hasta que vuelva por ustedes.  —Okay, mamá—dije y volví a ver a las personas ahí afuera.  —Vamos—dijo mamá abriendo la puerta del coche—. Baja.  Abrí la puerta y bajé, siguiendo a mamá. Me aferraba a su mano de la manera en la que hacía cuando tenía miedo o estaba nervioso. Hoy podría ser ambos. Eran personas que no conocía en un país que me resultaba extraño.  —Buenas tardes, Florence.—Saludó mi mamá, extendiendo una mano—. Soy Anna Long. Estos son mis hijos, Gabriella y Declan Spencer.  Mamá pareció notar la extraña expresión que apareció en el rostro de Florence y añadió; —Soy divorciada.  Florence sonrió y se presentó también conmigo. Después presentó a los niños—sus hijos—como Tyler y Ella Taylor. —¡Hola!—sonrió, alegre Tyler—. Me parece que seremos vecinos.  —Hola, soy Declan. Tyler alzó la mano y la movió. Una pequeña niña apareció corriendo de detrás de Florence y se plantó frente a mí. Un poco cerca pero no me incomodó. Podría decir que ellos dos serían mis amigos. Esperaba poder formar una amistad con ellos.  —Ella es mi hermana menor, Ella.—Dijo Tyler mientras tomaba a Ella por los hombros y la pegaba a él—. Está emocionada, no hay muchos niños alrededor. Casi todos son mayores.  Tyler y yo reímos.  —También tengo una hermana, pero es mayor. —Se llevará bien con los demás.  Pero Gabriella no se concentró en los niños mayores que la veían, sino en Ella. La pequeña corría por todos lados y Gabriella iba tras de ella, cuidando que no se bajara de la acera. Comprendí que mi hermana tenía mucha práctica en niños pequeños después de ser mi hermana mayor.  Florence y mi mamá estaban conversando y Tyler me invitaba a jugar. En menos de lo que pensé, Gabriella, Tyler, Ella y yo jugábamos, corríamos y reíamos. Nos habíamos vuelto amigos en una sola tarde. Mamá ya se había ido hacía tiempo y Florence cuidaba de nosotros orgullosa.  Cuando el sol comenzó a ponerse, Florence nos llamó a todos adentro de su casa. Un hombre había llegado y había aparcado su coche en el garaje que había del lado derecho de la casa de dos pisos. El hombre se presentó a Gabriella y a mí como Sebastian Taylor, padre de Tyler y de Ella, quienes corrieron hacía él a abrazarlo.  Gabriella los vio, incapaz de mover un solo músculo. Esos dos niños que se habían convertido en nuestros amigos en cuestión de minutos tenían un padre que los abrazaba y los amaba y se los demostraba. Tenían un padre bajo su mismo techo, el nuestro no nos quería ver y estaba a muchas horas en avión de nosotros.  Una pequeña lágrima se deslizó por la mejilla de Gabriella. Sebastian pareció darse cuenta y la abrazó. Gabriella lloró en su hombro y al cabo de unos minutos, Sebastian extendió su otro brazo y me lo ofreció.  Habíamos ganado un par de amigos en esta misma tarde. Y, por la forma tan amorosa en que Florence nos servía nuestra cena y la forma en que tocaba el hombro de cada uno de nosotros, supe dentro de mí que también habíamos ganado una familia.
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