Ellos pasaron una noche sin sueño, pero acompañados uno por el otro, parecía un sueño lo que habían compartido. Charlaron sobre tantas cosas, que ambos se perdieron en las horas que pasaron. Ella habló de las enseñanzas de don Francisco, su niñez libre en el campo y las situaciones cómicas de Joaquín, quien parecía haber nacido en una obra de teatro. Él le contó de la vida en la ciudad, sus maestros, su madre y de un viejo amigo que era relojero, si bien la niñez de Íñigo no fue tan divertida, él comenzaba a ver que realmente no era tan mala. Ambos bajan las escaleras, sonriendo aun, cuando notan que el viejo sacerdote del pueblo se encontraba esperándolos. Él lucía una cálida sonrisa, pero en su mirada, nublada por la ceguera, se apreciaba un destello de preocupación. Íñigo lo invita a

