Susurros en la oscuridad
Desmond se despertó con un susurro en su mente. Las palabras flotaban, inquietantes y persistentes. "¿Por qué ella no está aquí?" decían. No era la primera vez que escuchaba esas voces, pero esta vez eran más fuertes, más insistentes.
Desmond vivía solo en una pequeña cabaña al borde del bosque. Su vida tranquila se había visto alterada desde que Rachel, su antigua amante, desapareció sin dejar rastro. La obsesión lo había consumido, y ahora las voces parecían ser su única compañía.
Cada día, Desmond seguía las pistas que había encontrado en el último lugar donde había visto a Rachel. Cartas sin enviar, fotografías desgarradas y un diario lleno de confesiones. Pero nada lo acercaba más a ella. Las voces se burlaban de él, lo empujaban al límite de la cordura.
Una noche, mientras la luna brillaba sobre el bosque, Desmond escuchó un nuevo susurro. "El lago", decía. "Ve al lago". Sin pensarlo, agarró una linterna y se aventuró en la oscuridad. El agua estaba quieta, reflejando las estrellas. Las voces se intensificaron. "Aquí es donde la perdiste", insistían.
Desmond se arrodilló junto al lago, sintiendo la humedad en sus rodillas.
_ "Rachel" _ murmuró. _ ¿Dónde estás?.
Las voces se unieron en un coro, susurros que se entrelazaban.
_ "Ella está aquí"_ decían. _ "En el agua".
Desmond se estremeció. ¿Había ahogado a Rachel? ¿La había perdido para siempre?, aquellos eran los pensamientos que habían comenzado a dar vueltas en toda su mente. Entonces, una figura emergió del lago. Rachel, con los ojos vidriosos y el cabello empapado. Desmond no podía creerlo. La había encontrado. Pero algo estaba mal. Rachel no sonreía. La obsesión en sus ojos era más fuerte que nunca.
_ Desmond _ susurró ella. _"Me encontraste". _ Sus labios rozaron los suyos, y Desmond sintió un escalofrío.
Las voces se volvieron frenéticas. "No la dejes ir", le urgían. "No la dejes ir". Pero Desmond sabía que no podía quedarse con ella. No de esa manera. En lugar de amor, sentía escalofríos. Su amor por aquella mujer no era el mismo. No sabía qué sentimientos debía experimentar, pero lo que sí sabía era que aquella mujer que se encontraba parada frente a él no era Rachel, no era la amante que tanto anhelaba. Con lágrimas en los ojos, Desmond retrocedió.
_ Rachel, no puedo _ dijo. _ No puedo ser parte de esta obsesión.
Ella lo miró con tristeza y se hundió de nuevo en el lago. Las voces se desvanecieron, dejando a Desmond solo en la oscuridad. Sentía un inmenso deseo de tomarla entre sus brazos, sostenerla con tanta fuerza para que no se fuera, ya que no soportaba su partida. Sin embargo, a pesar de esas enormes ganas de retenerla, debido a la impotencia que estaba experimentando, solo se obligó a quedarse allí inerte mientras la veía partir.
Desde entonces, las voces en su cabeza se han calmado. Pero Desmond nunca olvidará la noche en que encontró a Rachel en el lago. A veces, cuando mira el agua, todavía puede oírlas susurrando. Y aunque la obsesión se ha ido, el recuerdo de Rachel sigue atormentándolo.
Desmond pasó noches en vela, tratando de comprender lo que había visto en el lago. Rachel, o lo que fuera que había emergido de las aguas oscuras, seguía atormentándolo. ¿Era un fantasma? o ¿Un reflejo distorsionado de su propia obsesión?
Decidió investigar más a fondo. Siguiendo las pistas que las voces le habían dado, se adentró en el bosque en busca de respuestas. El lago parecía un portal a otro mundo, y Desmond estaba dispuesto a cruzarlo.
En su búsqueda, encontró a un anciano ermitaño llamado Elias. Vivía en una choza de ramas y hojas, rodeado de libros polvorientos y velas parpadeantes. Elias tenía una mirada sabia y profunda, como si hubiera visto más allá de los límites de la realidad.
_ ¿Qué buscas, muchacho?" _ preguntó Elias, sus ojos centelleando con curiosidad.
Desmond le contó su historia, desde la desaparición de Rachel hasta el encuentro en el lago. Sobre cómo todo esto lo había estado atormentando desde entonces, cómo las voces lo controlaban y decidían por él. Elias asintió lentamente.
_ El lago es un lugar antiguo _ dijo. _ Un umbral entre mundos. A veces, los corazones rotos pueden abrir puertas que no deberían abrirse.
Desmond frunció el ceño. _ ¿Qué significa eso?
_ Rachel no es lo que parece _ continuó Elias. _ Tal vez ella fue arrastrada al otro lado, o tal vez nunca fue completamente humana. Pero ten cuidado, Desmond. La obsesión puede ser tu perdición.
Desmond asintió, agradecido por las palabras del anciano. Decidió regresar al lago una última vez. Esta vez, llevó consigo una rosa roja, el símbolo de su amor por Rachel. Se arrodilló junto al agua y la dejó flotar.
_ Rachel _ susurró. _ Si estás aquí, muéstrame la verdad.
Las aguas se agitaron, y una figura emergió. Pero esta vez, no era Rachel. Era una criatura etérea, con ojos luminosos y cabello de algas. Su voz resonó en la mente de Desmond.
_ No soy Rachel _ dijo. _ Soy el espíritu del lago. Rachel cruzó el umbral, pero su corazón estaba dividido entre dos mundos. No podía quedarse aquí ni allá.
Desmond sintió lágrimas en sus ojos. Las ganas de llorar se intensificaban mientras sentía cómo su corazón empezaba a doler sin motivo aparente.
_ ¿Qué debo hacer? _ Le preguntó él.
_ Deja ir tu obsesión _ respondió el espíritu. _ Rachel encontrará su camino. Pero tú también debes encontrar el tuyo.
Desmond miró la rosa flotando en el agua. Sabía lo que tenía que hacer. Pero se negaba rotundamente a hacerlo. Dejó que la corriente se la llevara, liberando el dolor en su corazón.
Cuando se levantó, el lago estaba en calma. Las voces se habían callado. Desmond se alejó, sintiendo un dolor punzante. Se negaba a pensar que Rachel ya no lo atormentaría. Pero el recuerdo de su amor perdido seguiría siendo su compañero en las noches solitarias.
Y así, Desmond continuó su vida en la cabaña junto al lago, con el eco de las palabras del espíritu resonando en su mente: "Encuentra tu camino". Quizás, algún día, lo haría. Pero por ahora, el lago guardaba sus secretos en sus profundidades, y Desmond seguía buscando respuestas en las aguas oscuras.