Los años pasaron con una lentitud cruel. No fue algo que sucediera de golpe, ni por una pelea, ni por un malentendido dramático de esos que uno puede señalar como “la razón del quiebre”. No. Lo nuestro se apagó como se apaga una vela que nadie cuida: primero titila, después se debilita, luego queda un rastro de humo y, finalmente, nada. Lo entendí mucho después. En su momento solo sentí el cansancio. El agotamiento de sostener algo que no avanzaba ni retrocedía. Un estado suspendido. Una pausa eterna que no prometía nada. Eso fue Ian para mí durante todos esos años: nada… al menos en apariencia. Aprendí a convivir con ese “nada” como quien aprende a caminar con una piedra en el zapato. Molesta, constante, imposible de ignorar del todo, pero tampoco lo suficientemente grave como para d
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