No sé cuánto tiempo pasé en el baño, ni cuánto tiempo estuve frente al espejo repitiéndome mentalmente ya basta, habla, dilo, deja de huir como un imbécil. Las luces blancas me devolvían una versión de mí que no reconocía del todo. Ojeras tensas. Mandíbula rígida. Ese gesto exacto que aparece cuando estoy a punto de cometer un error consciente. Al final, mi cuerpo decidió por mí: fui al mingitorio como si eso fuera a darme claridad mental. No lo hizo. Nada lo hacía. Ni el silencio forzado, ni el agua corriendo, ni el intento patético de fingir normalidad mientras el pecho me latía como si hubiera corrido kilómetros. Estaba secándome las manos cuando escuché pasos acelerados detrás de mí. Antes de poder girar, una mujer abrió la puerta sin golpear, entró apurada y me lanzó una sonrisa

