—¿Qué se supone que estás haciendo aquí? —pregunta Alexis mirándome con su típica cara de idiota, esa que heredó de papá cuando intenta parecer molesto y solo logra verse confundido. No levanto la vista de inmediato. Lo dejo colgado ahí, con su indignación mal actuada flotando en el aire. Alexis siempre necesita un segundo golpe para sentirse escuchado. Es como un niño que grita “mirame” sin darse cuenta de que ya todo el mundo lo está mirando. Estoy sentada en el borde de su cama, abrazando una almohada que huele a su desodorante barato. Ese aroma químico, demasiado dulce, invade el cuarto como una advertencia de mal gusto. El cuarto está desordenado, con ropa tirada por todas partes, y un par de zapatillas que deberían estar ilegalmente cerca de mi nariz. Hay vasos con restos de gaseos

