1. Allison
Sus manos divagaban despacio por mis piernas. Me movía inquieta sobre la mesa, con las piernas abiertas para él, para su llegada. Su boca se acerca sin prisa y es solo esa particularidad, la que me hace crecer las ganas que tengo de que me toque.
Sus labios rozan mis labios vaginales y le agrego un escalón más a la escalera que conduce a mi perdición. Se atreve a agregar dos dedos y separarlos para, de esta manera, tener más acceso a mi clítoris. Chupa, sin ningún impedimento o vergüenza y son esos ojos verdes mirándome fijos, hambrientos; los que aflojan hasta las piernas…
¡Mierda!
No son ojos verdes, chica, ahí dicen oscuros.
¡Yo los quiero verdes!
Me reclamo a mí misma señalando el libro que tengo en mis propias manos. Leer mientras caminas por una acera puede ser un acto normal, pelear con los libros, solo es normal para un lector. Entre locos nos conocemos. Sin embargo, tal parece que las personas que se han cruzado conmigo son de la especie rara. Sí, esa especie que no lee y jamás en su vida han leído, llorado, gritado y enamorado de una novela. Cuanta pena me dan esas almas, que solo vivirán una vida. Un libro puede causarte mucho o incitarte a mucho.
Cierro la preciada joya de quinientas páginas y cruzo la calle hasta ubicarme frente al enorme edificio.
―Señorita Fernsby ―saluda Beto. El portero.
―Señor Beto ―le devuelvo el saludo con reverencia incluida.
Beto me ha visto muchas veces visitar este edificio. También sabe todo lo que ocurre en el último piso. Puedes preguntarle ahora mismo sobre ello, que su silencio te dejará de piedra. Tal vez, le ha cogido cariño al rubio encantador… ¿quién no? El caso es que nadie sabe el sinnúmero de visitas a ese departamento, ni que dentro de ellas estoy incluida yo.
―La número seis ―informa―. Está arriba.
Otro punto. Yo también soy una encantadora de almas. En cada visita Beto me informaba si se me habían adelantado. Empezamos a identificar a las chicas con un número. Esta, la número seis era una pelinegra con un cuerpo terriblemente trabajado en el gimnasio u operado, realmente no sé; pero, de que había mucho volumen en sus glúteos, lo aseguro. Era la favorita de Logan. A toda esta información, debo agregar algo y es que no me siento para nada en el suelo ante una escultura como ella. Que paso una hora de mis días en el gimnasio, es un NO en toda regla, pero mi madre me ha aportado un físico que hace que no necesite recurrir a máquinas.
Cruzo el vestíbulo y me introduzco en el elevador. Después de marcar la última planta, vuelvo a abrir mi libro.
Baja su lengua, como si conociese perfectamente el camino, a pesar de ser la primera vez que lo transita. Llega a la entrada de mi sexo y, con una habilidad que demuestra el dominio en el terreno, la recorre con la punta.
A la chica dócil se le escapa un arrebatador gemido. Y es solo eso lo que hace que el chico arrogante, se prenda de su sexo con devoción.
Cierro el libro, de forma no tan sutil. Se darán cuanta el porqué de que los libros inviten a tanto.
Saco la copia de la llave en mi cartera y paso despacio el umbral, cerrando la puerta tras pasar. Los gemidos hacen eco en la sala, acompañado de un sonido de algo encharcado.
Me subo en la mesa, a varios pasos de la escena erótica. Sus ojos verdes ya me contemplan mientras su cuerpo se mueve fuerte sobre la pelinegra. Siempre buscaba una forma de que la victima quedase de espaldas. En este caso, la chica sobre el sofá no podía ver absolutamente nada de lo que ocurra en esta cocina.
Dejo el libro abierto, en la misma página que leía, a mi lado y me desprendo de la cartera. Llevo mis dedos despacio, acariciando mis muslos al paso, al borde del vestido y lo subo. Él puede llevar ahora mismo un ritmo, que yo se lo acabo de cambiar.
Me quedo solo con las diminutas bragas y esos tenis blancos que me hacen parecer la chica más tranquila del mundo. Lo observo una vez más y tal acto que protagoniza me vuelve loca al instante. Su simple porte me provoca mucho.
Me inclino ligeramente hacia atrás, tomando el libro con una mano y llevando la otra a mi sexo. Dejo de mirarlo a él, de centrarme en él, para hacerlo en mí.
Esa chica tiene altos tacones que podrían implicar erotismo y seducción en toda regla. Yo porto unos tenis y un libro. ¿Gana más atención que yo? Preguntarle a rubio de ojos verdes.
Mi única arma es ser completamente yo y dejarme guiar por lo que más me gusta. No hay nada fingido en mí ahora, nada sobreactuado. Jamás pienso en que le puede gustar más a él o que estoy haciendo el ridículo. El placer propio es el que me mueve. Y es, ese mismo placer, lo que hace que lo deje impregnado aquí.
Una corriente arrebatadora le recorre el cuerpo y aferra sus dedos entre el cabello rubio de él.
Lleno de saliva dos de mis dedos y los muevo hasta mi entrada. La braga era tan pequeña, que solo con abrir las piernas dejaba acceso a mi sexo. Sin demoras, porque no necesitaba juegos previos, introduzco ambos dedos en mi interior.
Con el orgasmo atormentándome, él se frena. El sonido de frustración se escapa de mis labios, haciéndolo mostrar una discreta sonrisa de satisfacción. La chica tranquila, estaba comportándose como una golosa y ese era un punto que le estaba disparando a su control.
Soltó el botón de su jeans y bajó la cremallera, mostrándome lo que hace días quiero conocer. El tamaño me hace salivar y otra vez sonríe de mi no disimulada reacción.
Se acercó y la punta de su erección chocó con la piel sensible de mi coño. Lo miré asustada y a la vez supliqué por su intromisión. Dos deseos distintos y un mismo resultado.
Mis dedos se movían en círculos en mi interior, tratando de tocar ese punto que me hace explotar de placer. He pasado mucho trabajo en descubrirme pero lo he conseguido.
Muerdo mi labio, de manera tal que mis gemidos se queden divagando en mi boca.
Empujó despacio y aunque esa sensación de romperme, me hizo incluso quejarme, las embestidas no daban tiempo a lamentos.
Su boca contribuyó a mi relajación, magreando con ganas mis pezones. Llevó el pulgar a mi clítoris y lo acarició, llevándome nuevamente al punto de excitación que había perdido tras la acometida.
Se movía lento, pero preciso. Mi sensible sexo quería más y él parecía conocerlo. Daba más, sin pausas, sin excusas; embriagándome con esos sonidos de placer rugidos. Una sensación de estremecimiento empezaba a recorrer mi columna vertebral…
Saco mis dedos con prisa y azoto, sin hacer ruido mi clítoris. Vuelven los dedos a su hogar, vuelvo a moverlos juntos en ese mismo punto. Nuevamente fuera, agitando mi hendidura y otra vez, dentro.
Seguía con el libro delante, pero ya era mi propia mano la que me movía al orgasmo. Mi pelvis fue testigo de una gran tormenta de excitación y el placer que aún no le pongo nombre, ni tamaño exacto me domina, volviéndome un puñado de temblores sobre la mesa.
En medio de respiraciones bruscas y cuerpo hecho un jodido caos me bajo de la mesa y recupero veloz mis pertenencias.
El rubio empezaba a comportarse distinto, más brutal, más salvaje, más loco. La chica no paraba de gemir y yo, colocándome el vestido miraba fijamente a Logan.
Ese era mi adiós, así que tras esa mirada me encaminé a la puerta. Volví al elevador y en el intento mi móvil vibra con la llegada de un nuevo mensaje.
Abro la cartera, a la vez que toco el botón del elevador. Mientras el cuadrado que sirve para asfixiar personas baja, leo el mensaje entrante.
Mi padre me recordaba que era domingo en familia y que no se dejaba pasar ni por el mejor libro.
Sus palabras literales, me las reservo. Mi padre no tiene límites al referirse a mí.
―Adiós Beto ―me despido al salir del edificio y me dirijo a la acera.
Le hago seña al taxi que se acerca, pero este pasa drásticamente delante de mí. Los minutos corren y yo sigo aquí, en el mismo sitio. Un ruido a mi espalda me hace girarme, encontrándome con Logan agarrando de la cintura a la pelinegra.
Un dato que no llegué a compartir de Logan y que me parece una puta arma de doble filo. Es generoso a rabiar. Nunca alza la voz o trata mal a una chica. No importa si su intención es solo llegar hasta el sofá; él te acompañará a la salida, incluso te sonreirá.
Ahora mismo esa chica lamenta los tacones kilométricos que lleva puesto.
Asegura haberse lastimado el tobillo, pero por la forma en que, en un instante apoyó el pie, es solo una excusa para quedarse más tiempo.
Me di la vuelta, otra vez concentrada en la carretera. Para mi suelte llegaba otro taxi y este sí se detuvo.
― ¿Podrías dejarla ir primero? ―pregunta la perdición de rubio.
Me sonríe, con el nítido pensamiento de que con esa arma domina el mundo. No macho, a ti te he visto en muchas facetas y no es esa tu forma de dominarme.
―Lo siento ―contesto. La chica muestra una casi invisible sonrisa ante mi reticencia―. Estoy un poco cansada y es evidente que ella desea quedarse un poco más.
Me subo al taxi y doy la dirección de mi casa.
Con la posición económica de mis padres y siendo Enzo Fernsby, comercializador de autos, podría tener un Ferrari fucsia en la puerta de mi casa. Digamos que prefiero pagar un taxi y así leer cómodamente mi lectura actual. ¿Por qué el fucsia específicamente? Porque los miembros de mi familia son jodidamente llamativos en esta ciudad. No se espera menos de la menor.
Recapitulemos información para no enviarlas a mi club de locas. Soy la única hija de Andrea Anderson y Enzo Fernsby. Mamá con sus cincuenta y tantos añitos es capaz de pasarse horas con unos zapatos de tacón kilométricos. Eso me hace portadora de tal don, pero sin aprovecharlo al máximo. Parezco más, en ese aspecto, a mi tía Keira; domadora de tenis. Por otra parte, la locura se impone mezclada con una personalidad completamente perdida por los libros. Si me ponen un tubo delante, me muevo hasta cansarme; pero solo si en esa habitación no hay un estante. Soy una chica antisocial y sociable a la vez. Hay días en los que convivo con el mundo, hay días en los que solo me ven las cuatro paredes de mi habitación. Según mi madre, tengo una en contra y una a favor con ella y dos a favor con mi padre; y es que, soy reservada, no explosiva, no despampanante, a simple vista solo alguien seria, sin embargo, un puto tsunami cuando me conocen en realidad.