Lena.
Dentro del vehículo el silencio nos bañaba de incomodidad, no sabía de qué hablar o decir, estaba tan concentrado en manejar, me fije en sus manos sobre el volante, largos y delgados dedos. Sin que me diera permiso encendí la radio del auto, la voz de un locutor inundó nuestro silencio, estaba hablando sobre certámenes de belleza y la falsedad que hay en ellos, de cómo los estándares de belleza siguen siendo los mismos que desde hace décadas: mujeres altas, delgadas, de piel blanca, cabello largo, perfil delgado.
–La gente se queja de los estándares de belleza, pero todos quieren una venus de Botticelli– su voz fue apenas un susurro.
–¿No es en lo que te fijas tú? – le pregunté, doblando mi cuello en su dirección.
–Por supuesto que sí. La belleza exterior es lo que llama la atención en primer plano mas no lo es todo. Por más hermosa que sea una mujer si no tiene inteligencia, empatía, valores, entre otras cualidades internas, es solo una cara bonita.
–Lo dice un hombre que tiene un rostro perfecto– juego con él.
–Eso lo piensas tú, yo no me considero atractivo, son unos ojos azules y piel blanca, todo lo bello está en mi personalidad, sin sonar prepotente.
–Me gustaría conocer esa personalidad. Dobla a la derecha y coge la avenida George Washington.
–¿Vas a tirarte en el mar? – me dice sonriendo. Se detiene en un semáforo en rojo, ahora si puede mirarme, tiene unos ojos azules que llegan a intimidar.
–Puede ser– bromeo, mientras avanza voy cambiando de emisora y dejo una canción. –¿Sabes qué canción es, por cierto?
–Sí, es ahead by a century de The Tragically hip. – habla un inglés con un acento perfecto.
–Sabes de música.
–Solo un poco– me responde, volvemos a girar y el azul de mar nos da la bienvenida– estoy algo desactualizado, me quede entre Pink Floyd the smith, Oasis, Metallica, Blink, O2, Lenny Kravitz, de vez en cuando escucho algunas artistas contemporáneas.
–¿Quiénes son de the smith? – pregunto curiosa.
–Fue una de las mejores bandas de rock de los 60, puedes buscar sus canciones, son la mejor banda separada.
–Creo que tampoco he escuchado Oasis, ¿Cual me recomiendas de ellos?
–Wonderwall, don´t look back in anger, entre otras, pero estas son mis dos favoritas.
–Las escucharé. En el siguiente retorno dobla y luego te devuelves cuando encuentres un parqueo.
–¿En medio del malecón? – suena asombrado.
–Sí, se le ha llamado el maleconcito. Es muy popular.
–Creo que nunca me he fijado, aunque realmente no suelo venir por esta zona.
–Justo ahí es– le señalo el lugar, doy gracias mentalmente porque está solo. Detiene el Mercedes y apaga el motor.
– ¿Qué hacemos ahora? – pregunta, se quita el cinturón de seguridad y yo lo imito.
–Podemos quedarnos aquí adentro, o salir y sentarnos en un banco a disfrutar de la brisa del mar.
–Podemos salir entonces. – saca una gorra de béisbol del equipo local Licey de la guantera, luego abre la puerta y observo el movimiento fluido con el que se desmonta. Es un hombre que tiene mucha clase, antes de cerrar la puerta se quita la chaqueta y la pone sobre su asiento, me quedo embobada mirándolo, no puedo distinguir qué edad tiene realmente, pues no tiene músculos marcados como un chico en sus 20s, pero la camisa se le ajusta a los brazos y a su abdomen plano. Se pone la gorra y afloja su corbata, la cual es roja escarlata completamente lisa. Salgo del coche porque debo de parecer una lunática allí mirándolo fijamente. Cierro la puerta con delicadeza, no sé mucho de autos, pero un Mercedes es uno que es bastante costoso y todo el mundo sabe eso.
–Sentemos ahí– me sigue en silencio hasta un banco retirado, desato el moño que mantiene mis risos en lo alto de mi cabeza, la fuerte brisa del mar caribe los mueve en todas las direcciones y siento el cosquilleo que me producen en las mejillas y en la nuca. –Liberta para mi cabello– bromeo, él parece ausente por un momento, mirando el océano– ¿Te encuentras bien? – pregunto ahora preocupada. Parpadea, la gorra le oculta una parte del rostro y eso me decepciona, pues parece que lo mandaron hacer los mismos dioses.
–Sí, es que trataba de recordar cuando fue la última vez que me senté en el malecón– sigue con su mirada fija en el agua.
–¿Y cuándo fue? – curioseo.
–Ese es el problema, que no lo recuerdo. Puede que nunca lo haya hecho, o de niño.
–Eso es triste– esta vez me mira, sus ojos ahora son como un mar tranquilo.
–Lo es– nos quedamos en silencio, comienzo a llevar mi cabello detrás de mis orejas.
–¿Eres dominicano? – la sorpresa se refleja en sus ojos, volviéndolos oscuros.
–Sí, lo soy. ¿Por qué?
–Es que no lo aparentas. – me encojo de hombros
–Puede ser porque mis padres no lo son.
–Ya veo, ¿americanos?
–No, mi madre y mis abuelos maternos era refugiados judíos que llegaron al país en la dictadura de Trujillo, mi padre es español, sus padres eran corresponsales de guerra y también vinieron al país por trabajo en la misma década, querían documental todo lo que estaba pasando por este lado del mundo y fueron asesinados cuando el gobierno se dio cuenta de que eran espías, o así lo vieron. Mi padre permaneció solo en un país donde no tenía a nadie, ni amigos, pero sobrevivió, unos vecinos lo cuidaron y adoptaron por unos años, casualmente fueron mis abuelos maternos. Mis padres tuvieron una relación a escondidas, pues fueron criados como hermanos, al morir mi abuelo se lo contaron a mi abuela quien no se opuso a la relación.
–Qué historia más trágica y romántica a la vez– suspire.
–Lo trágico siempre genera sentimientos de una manera u otra. A la gente le gustaban las tragedias, unos le sacan provecho y otros no.
–¿Qué edad tienes? – alguien debería de decirme que me callara, la curiosidad era una muy fea cualidad mía.
–¿Por qué la pregunta?
–Es que no sé, no he podido descifrar tu edad, posees una sofisticación de un hombre en sus 40, pero tu aspecto físico dice lo contrario.
–¿Cuántos crees tú que tengo? – ladeo la cabeza hacía el lado derecho.
–Ese el problema, no me logro poner de acuerdo, pueden ser 45 o menos de 40. – ríe a carcajadas, un sonido que se desliza por mis oídos como la más melódica melodía.
–Tengo 42. ¿Tú cuantos tienes? – me pregunto, volviendo a su estado de seriedad.
–25
–Estas en la mejor edad que se puede llegar a tener.
–¿Esta es la mejor edad? – bromeo –¿estás seguro de eso? Porque creo que es la peor. Nunca tuviste la crisis del cuarto de vida.
–No, los 25 son lo mejor, llegar a conservar una cierta libertad que ninguna otra edad te da, en donde comienzas a entender la vida, lo que quieres para tu futuro, te arrepientes de muchas cosas que hiciste a principios de tus 20 y quisieras devolver el tiempo, entiendes que no se puede, y justo ahí te das cuenta que nada se puede dar por sentado, las fiestas ya no son lo mismo, necesitas trabajar, pagar facturas, te preguntas cómo tus padres pudieron tenerte a esa edad, trabajar, vivir, sin volverse locos.
–Mis padres eran músicos en los 80, hasta que fueron a tocar a puerto plata y se enamoraron de ese pueble, se quedaron allí, cambiaron la guitarra y los escenarios para volverse agricultores. Me educaron libremente, dándome toda la libertad que pudieron, con democracia, donde yo podía tomar mis decisiones hasta cierto punto.
–¿Pero somos libres realmente? – quiso saber, me quede callada meditando su pregunta.
–Muchos dirían que sí, pero todos tenemos nuestra libertad en cierto sentido, somos libres de tomar ciertas decisiones respecto a nuestras vidas, de amar, de elegir qué queremos estudiar, a quien queremos de amigos…– me fui apagando al ver la expresión de dolor que se filtraba en su rostro.
–Nadie puede ser libre realmente– susurro, una pequeña ola cocho contra el muro de piedra y nos rozó, sentí las gotas de agua salada en mis labios.
–¿Por qué lo dices? ¿No te sientes un hombre libre?
–Para nada, es bastante cierto lo que dijiste antes, personas como yo vivimos para trabajar y hacer [ML1] dinero, pero luego no tenemos el tiempo para disfrutar de ese dinero, debemos tener cuidado y ser reservados, cualquier cosa puede arruinar nuestras vidas, te pongo el ejemplo, mi esposa es algo así como una celebridad, ella hace todo porque los medios de comunicación hablen maravillas de ella, hasta el punto de pagarles para publicar o hablar de ciertos tipos de temas. Eso no es libertad, no poder si quiera ir por un helado sin que nadie hable de eso en el periódico, en las redes, en los programas de chismes de la radio, el problema mayor es que eso llega a vender más que su trabajo.
–¿A qué se dedica tu esposa? – no quería saber sobre ella, pero la curiosidad siempre era más fuerte.
–Es diseñadora de modas– no se le iluminaba el rostro cuando hablaba de ella, no como un hombre enamorado, le agradecía a mi pasión por la fotografía el poder descifrar a las personas, sus gestos, aquel hombre no emite ningún sentimiento al pronunciar la palabra esposa.
–¿A qué te dedicas? – pregunto él esta vez, agradecí enormemente el cambio de tema.
–Soy diseñadora gráfica y fotógrafa.
–Eso es estupendo, me encanta la fotografía.
–¿Me dejarías fotografiarte alguna vez?
–La verdad es que no me gustan que me hagan fotos, pero… tal vez un día sí estoy de muy buen humor. –Un señor vendiendo cocos de agua nos pasó por el lado, yo me puse de pie en seguía y lo detuve, compré uno para mí y uno para él, no quería decir su nombre ni en mi mente, el pánico de que se me quedara grabado no me lo permitía. Saqué 100 pesos de mi bolsillo y se los di al señor, sin darme cuenta lo tenía a mi lado, entro la mano en el bolsillo de su pantalón de vestir y de él saco 1000 pesos, se los tendía al vendedor, quien no los quería aceptar. Estuvieron unos minutos forcejando, aunque al final tuve que intervenir para que el hombre aceptara el dinero. Dio varias veces las gracias a Alejandro. Alejandro, su nombre se repetía en mi cabeza una y otra vez allí iba a permanecer por un largo rato, me hizo recordar la canción de Lady Gaga con el mismo nombre. Le pase su coco, lo acepto agradecido, batallo por no mojarse la camisa blanca del traje, al final no lo logro y estuve riéndome de eso por horas. Nos quedamos sentados por mucho rato, hasta que el sol dio paso a la luna, al final del día no éramos los únicos en el lugar, él se fue poniendo medio nervioso con el tumulto de gente, parecía pez fuera del agua. No se quitó la gorra en ningún momento, cuando llegaron los carritos de comida lo invite a que se comiera un chimi, necesitaba ver aquella escena. Al principio se negaba, así que tuve que usar todo mi poder de convencimiento para que lo hiciera. Creo que no podía existir nadie tan educado a la hora de comer comida callejera, pase un rato haciéndole chistes malos por su forma de comer con tantos modales, estos alimentos son diseñada para comer con las manos y ensuciarte. Al momento que se pasó la lengua por los labios, me excite, me excite de una muy mala manera. Alrededor de las 9 decidimos marcharnos, se ofreció en llevarme a casa y se lo agradecí. Fuimos en silencio todo el trayecto, no me imagino en lo que pensaba él, pero mi cabeza seguía con la imagen de su lengua sobre sus labios, podía sentir mis pezones endurecerse debajo de mi ropa, el cuerpo me hormigueaba. ¿Cómo podía alguien sin la más mínima intención provocarme de esa manera? Sin haberme tocado si quiera. Comencé a sentirme frustrada por la reacción de mi cuerpo. No tardamos mucho en llegar a mi casa, vivía casi en el centro de la ciudad y es que, Santo Domingo es una ciudad pequeña, donde cada barrio residencial está al lado de un barrio de clase baja, yo vivía en uno residencial, aunque era más para personas de clase media, pues alquilaba un pequeño estudio que lo utilizaba como casa, estudio fotográfico y oficina.
–Gracias por traerme– le dije, se volvió en mi dirección con una sonrisa en el rostro.
–Que va, era lo menos que podía hacer. Gracias a ti por sacarme de mi rutina.
–Para mí es todo un placer, cuando quieras te puedo llevar a recoger toda la ciudad y más allá– le sonreí, me quite el cinturón y una idea descabellada me paso por la mente, no lo pensé dos veces, cruce el espacio que nos separaba y le bese en la mejilla, dure más tiempo del necesario pegada a su rostro, la piel se sentía suave bajo mis labios– nos vemos– le susurre en el odio, él estaba de piedra, pálido como un pan y los ojos se le oscurecieron a un azul intenso. Le dedique una última sonrisa sin mostrar mis dientes y me baje de su auto. No espere a que dijera nada y cerré con cuidado la puerta. Camine en dirección a mi casa, sin mirar atrás, él seguía allí, abrí la puerta del edificio y mire sobre mi hombro, el coche seguía sin moverse, el tintado de los cristales no me dejaban verlo. No se marchó hasta que estuve dentro y con la puerta cerrada.
Dentro de mi pequeño espacio me desnude y fui directo al baño, deje que el agua fría recorriera mi cuerpo, seguía caliente, excitado. Mis pezones duros como roca, me los acaricie con las manos enjabonadas, mis dedos se deslizaban por mi piel, me toque mi parte intima con el jabón, dejando mis dedos más tiempo de la cuenta frotando mi clítoris. Gemí su nombre en un susurro. Estaba cachonda. Masturbarme en la ducha no ayudo en nada, porque cuando salí de ella seguía más caliente que antes, trate de distraerme con trabajo, no ayudo mucho. Me fui a la cama más o menos a la 1 de la madrugada, editando unas fotos que entregaría esa semana. Tuve que volver a masturbarme, pensando en su lengua, el azul de sus ojos y su piel suave. soñé toda clase de cosas y cuando el sol se filtró por mi ventana me levanté para ir a correr. Necesitaba descargar toda aquella frustración de alguna manera. Vivía frente a un campo de Beisbol por lo que le di unas 10 vueltas, saludé a los chicos que entrenaban por la mañana, la mayoría eran a penas preadolescentes con los sueños de llegar hacer jugadores en grandes ligas. Conocí a algunos que viven por la zona, entrenada con ellos dos veces por semana, los demás días corría sola o acompañada de mi música.
Al regresar a casa eran apenas las 7:30 AM, hice un poco de yoga para relajarme, me bañe y desayune en silencio, insertada en mis pensamientos, ese día me tocaba entrar a trabajar a las 9 así que tome mi celular y mi cartera. Puse el seguro de mi apartamento y me introduje en el ruido de la ciudad.
[ML1]