Kenna se despertó lentamente. Los primeros rayos de sol se filtraron por la rendija de las cortinas, iluminando suavemente la habitación. Una extraña sensación la envolvió, como si unos ojos invisibles la observaran atentamente. Parpadeó un par de veces, tratando de disipar este sentimiento inquietante. Mientras su percepción se agudizaba, una sonrisa iluminó su rostro dormido. Adrián estaba de pie junto a la cama, mirándola con una mirada llena de profunda admiración. Sus ojos azules, tan intensos como el océano, la miraron con ternura. Kenna sintió que su corazón se derretía cuando encontró su mirada. — Adrián... — murmuró, su voz apagada por el sueño aún presente. — ¿Qué estás haciendo ahí? Él sonrió y sus labios se curvaron suavemente. — No pude evitar admirar tu celestial belleza,

