Adrián vaciló cuando entró en la habitación del hospital. Se sentía inquieto y su corazón latía aceleradamente, mientras sus ojos captaban cada detalle a su alrededor. Los latidos de los monitores, el olor a antiséptico en el aire y la gente ansiosa que pasaba rápidamente por los pasillos creaban un ambiente desolador. Se acercó a Kenna, que yacía en la cama, inmóvil, conectada a numerosos dispositivos, con el rostro pálido y marcado por hematomas. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sostenía la fría y delicada mano de Kenna. Miró su rostro sereno, tratando de encontrar señales de vida en el lugar donde alguna vez hubo vibración y brillo. Adrián sintió una fisura en su corazón al recordar cómo había sucedido todo. — Kenna... — Comenzó a hablar Adrián, con la voz temblorosa. — Sé qu

