Argod tenía el brazo fracturado. Tenía los ojos vidriosos, en señal de que había llorado. En el suelo, el cuerpo de Heller sangraba, y su rostro variaba del Eniyan a Tell. Argod no le quitaba los ojos de encima. ¿Qué había hecho mal? Había seguido sus órdenes al pie de la letra. Pero estaba ahí, muerto, y no sólo en apariencia. ¿O sí? Se acercó como pudo. A pesar que lucía como un Eniyan, la belleza de Heller le conmovía en gran medida, si se comparaba con él, era de hecho su opuesto perfecto, eran como el día y la noche, destinados a vivir juntos. Ese pensamiento rondó un buen rato por su cabeza, hasta que a plan de fuerza de voluntad se la sacó de encima. —Él ya no es para mí —dijo en voz alta, sin saber que Heller le escuchaba. El nanochip que tenía implantado entraba en suspensión

