Leia El aeropuerto estaba lleno de la energía frenética, de las despedidas y los reencuentros. Maletas rodando, abrazos apretados, lágrimas contenidas y sonrisas forzadas. Un microcosmos de emociones humanas que contrastaba con la frialdad impersonal del acero y el vidrio. Lucas y yo caminábamos en silencio hacia la zona de embarque, arrastrando nuestras maletas y cargando con el peso invisible de las palabras no dichas. La tensión entre nosotros era palpable, como un hilo invisible que amenazaba con romperse en cualquier momento. Antes de cruzar el control de seguridad, Lucas se detuvo y me tomó de las manos. Sus ojos, normalmente llenos de brillo, estaban opacos y suplicantes. —Leia, por favor... no me dejes solo cuando tengamos que hablar con mamá y papá. Su voz sonaba vulnerable,

