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Obsesionado con la Niñera de su Hijo - Saga Alcázar - libro 1

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Descripción

Sinopsis

Acepté el trabajo sin saber a quién iba a volver a ver.

Pensé que el pasado había quedado enterrado…

hasta que la puerta se abrió y él estaba ahí.

Frío. Intocable. Peligroso.

El hombre que me enseñó lo que era perderlo todo.

Ahora es mi jefe. Y yo… la niñera de su hijo.

Un niño que no debería importarme.

Pero hay algo en él que me rompe por dentro.

Algo en su mirada… en su forma de aferrarse a mí…

que no tiene sentido.

Y cuanto más tiempo paso en esa casa, más dudas se instalan en mi mente, porque hay secretos que alguien quiso enterrar.

“—¿Dónde está su madre? “

No supe, en ese momento, que estaba ante todas las respuestas que necesitaba.

La verdad… podría destruirnos a todos.

Porque ese niño… jamás debió llegar a mis brazos otra vez.

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🌸 La casa Alcázar 🌸
El portón se abrió lentamente, como si dudara en dejarme pasar. No sé por qué, pero ese detalle me incomodó, quizás porque yo también dudaba. Apreté con más fuerza la carpeta contra mi pecho mientras el auto avanzaba por el camino de piedra. La casa apareció frente a mí como una sombra elegante y silenciosa… demasiado perfecta para alguien como yo. —Es acá —dijo el conductor. Asentí sin responder. No confiaba en mi voz. Estaba segura de que la había perdido desde que preguntaron mi nombre en la entrada. Bajé del auto y el aire frío me golpeó la cara. Miré hacia arriba. Ventanales altos. Cortinas pesadas. Todo en esa casa gritaba poder… y algo más. Acepté el trabajo sin hacer demasiadas preguntas, y ahora, mientras el taxi se alejaba dejándome frente a esa mansión que parecía un museo más que una casa real, entendí que tal vez debería haberlo hecho. Tragué saliva, ajusté el abrigo contra mi cuerpo y miré el papel en mi mano una vez más, aunque ya sabía que la dirección era correcta. Alcázar. El sonido de mis pasos sobre el suelo me resultó demasiado fuerte, como si cada uno anunciara mi presencia a alguien que ya me estaba esperando. Ridículo. Nadie me conocía allí. Caminé hasta la puerta principal, sintiendo esa presión extraña en el pecho que no sabía explicar, pero que tampoco podía ignorar. Era como si algo dentro de mí se tensara, para luego enrollarse y volver a su sitio, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente se negaba a aceptar. Golpeé. Un segundo. Dos. Tres. La puerta se abrió con suavidad, y una mujer mayor, impecablemente vestida, me observó con una expresión neutra que no alcanzaba a ser amable, pero tampoco hostil. Su mirada recorrió mi rostro, mi ropa, arrugo la frente un poco con mi postura, evaluándome sin decir una palabra durante un instante que se sintió demasiado largo. —Buenos días, Alma Ferrer. Vengo por el puesto de niñera —dije, obligándome a mantener la voz firme. Ella asintió apenas, como si ya lo supiera. —La estábamos esperando. Esperaba que sí, ellos me citaron a está hora y ahora me observaban como si fuese una rata de laboratorio. —Pasé, no tenemos mucho tiempo. Entré sin decir nada. El interior de la casa era incluso más imponente que el exterior. Techos altos, luz tenue, una mezcla de lujo y silencio que resultaba casi asfixiante. No había ruidos, ni movimiento, ni nada que indicara que allí vivía alguien más… excepto por esa sensación constante de que no estaba sola. Al parecer espantaban hasta los pájaros, porque no sonaba ni uno en tanto prado. La mujer avanzó sin mirarme, y yo la seguí, tratando de no parecer fuera de lugar, aunque cada paso me hacía más consciente de que lo estaba. Estaba segura de que mis zapatos de segunda mano ensuciaban su piso brillante. —El señor Alcázar la recibirá en su despacho —dijo finalmente, deteniéndose frente a una puerta de madera oscura. Mi corazón se detuvo. No podía fallar en esto, necesitaba el trabajo, ya no tenía como sobrevivir. —Puede pasar —añadió, abriendo la puerta. Y entonces lo vi. El mundo no se detuvo de golpe. No hubo un sonido dramático ni una escena exagerada. Fue peor. Fue lento. Silencioso. Real. Como si todo dentro de mí se desacomodara en el mismo segundo en que nuestros ojos se encontraron. Él estaba de pie detrás del escritorio, con la misma postura segura, la misma presencia imposible de ignorar, el mismo rostro que había intentado borrar de mi memoria durante años y que ahora estaba ahí, intacto, como si el tiempo no hubiera pasado. Bruno Alcázar. Debí imaginarme por el apellido que era él. ¿Por qué no lo vi? El aire dejó de entrar en mis pulmones. Él no reaccionó de inmediato. Sus ojos recorrieron mi rostro con una calma que me resultó insoportable, como si estuviera analizando algo que no terminaba de encajar, como si mi presencia fuera una variable inesperada en un sistema que tenía perfectamente controlado. Y después, apenas, frunció el ceño. No me reconocía. Por supuesto que no. ¿Por qué lo haría? Habían pasado años. Yo no era la misma. Ya no era esa chica ingenua que creyó en promesas que nunca se dijeron en voz alta. El tiempo paso para ambos, yo perdí peso, él creció…. Y aun así… Algo en su mirada cambió levemente. —Llegó puntual —dijo finalmente, con una voz grave que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Asentí, incapaz de confiar en mi voz. —Siempre lo hago. Mentira. No siempre. Solo cuando no podía permitirme fallar. El silencio que siguió fue incómodo, pesado. Él apoyó una mano sobre el escritorio y se inclinó levemente hacia adelante, observándome con una intensidad que me hizo querer retroceder, pero no lo hice. No podía. No después de haber llegado hasta ahí. —Su experiencia —continuó—. Veo que ha trabajado con niños antes. —Sí. —¿Cuánto tiempo? —Varios años. Respondía automático, sin pensar, no podía decir mucho porque uno de ellos era su hermana menor. ¿Me recordaría si le dijera? —¿Y por qué dejó su último empleo? La pregunta me golpeó más fuerte de lo que esperaba. Por un segundo, dudé. Por un segundo, todo volvió. La habitación blanca. El silencio. El vacío. —Circunstancias personales —respondí, y esta vez mi voz no fue tan firme como hubiera querido. Él lo notó. Claro que lo hizo. —No me interesan las complicaciones —dijo, directo—. Mi hijo necesita estabilidad. Mi hijo. Las palabras quedaron suspendidas en el aire y algo dentro de mí se tensó. Tuvo un hijo, irónico. —Entiendo. —Si acepta el puesto, vivirá aquí. Tendrá horarios definidos, reglas claras y absoluta discreción. No tolero errores. No tolero errores. Casi sonrío. Cuando él los cometía no eran errores, cuando otro lo hacía. —No los cometo. Otra mentira o tal vez no. Tal vez había aprendido a no hacerlo. Bruno se quedó en silencio unos segundos más, como si evaluara algo que todavía no terminaba de decidir. Y entonces, sin previo aviso, rodeó el escritorio y se detuvo frente a mí. Demasiado cerca. Lo suficiente como para que pudiera sentir su presencia de una forma que no tenía nada que ver con lo profesional. Mi pulso se aceleró. No. No ahora. No otra vez. —¿Nos conocemos? —preguntó. El mundo se inclinó. Ahí estaba. La pregunta que no debía existir. Lo miré. Esta vez prestando atención a todos sus detalles. Sin el uniforme no me reconocía, ahora que lo pienso, nunca lo hizo. Lo detestaba por ello. Por un segundo, solo uno, estuve a punto de decir la verdad. Estuve a punto de romper todo antes de que siquiera comenzara. Estuve a punto de decirle que sí, que nos conocíamos, que había habido una noche, que me había marcado de formas que todavía no sabía cómo reparar. Pero no lo hice. No podía. No después de todo lo que había pasado. No éramos nada. —No —respondí finalmente, sosteniendo su mirada—. No nos conocemos. El silencio cayó entre nosotros. Él no apartó los ojos, yo tampoco. Y entonces, muy despacio, como si algo dentro de él decidiera dejarlo pasar… asintió. —Bien. Se alejó y el aire volvió. —El trabajo empieza hoy. Parpadeé. —¿Hoy? —Si. Si tiene un problema con eso, la puerta está ahí. No lo tenía, no podía tenerlo. —No. Está bien. —Perfecto. Se giró, como si la conversación hubiera terminado, como si yo ya fuera parte de su mundo sin que realmente hubiera tenido opción de decidirlo. Pero antes de que pudiera decir algo más… una pequeña figura apareció en la puerta. No lo escuché llegar. No supe cuánto tiempo llevaba ahí. Solo lo vi. Un niño. Cabello oscuro, ojos grandes, silencioso, observándome. El niño no dijo nada, no miró a Bruno, no dudó. Solo caminó hacia mí. Un paso. Otro. Y entonces… se detuvo frente a mí como si ya me conociera. Mi cuerpo se tensó, no tenía sentido y no podía tenerlo. Pero algo en su mirada… algo en la forma en que me observaba… me hizo retroceder por dentro. —Elian —dijo Bruno, con una tensión que no había estado antes—. Ven aquí. El niño no se movió, siguió mirándome. Y en ese instante… lo sentí. Ese vacío. El dolor. Ese recuerdo que no quería tener. Por primera vez desde que crucé esa puerta… algo no encajaba. Y lo peor… era que una parte de mí ya sabía por qué.

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