—Emma, te deseo. Yo te deseo como un maldito maniático. Tu erótica intelectualidad me tiene loco, y estoy seguro —como de que arderé en el maldito infierno— que antes de que cuente diez, te tendré debajo de mí. En tu cama.
Sus palabras me sacudieron como una descarga eléctrica.
Fue como si me despertaran de un trance.
Eso era lo que él quería.
Llevarme a la cama.
Convertirme en una más.
Un nombre más en su lista. Un cuerpo más entre sus conquistas.
Reuní toda la fuerza que me quedaba.
Lo separé de mí.
Y le di una bofetada con la mano derecha, fuerte, firme, con la palma temblando de rabia contenida.
Nic sonrió.
Descaradamente.
Como si lo hubiera excitado.
Se acarició la mejilla, y yo aproveché el instante para alejarme.
Mi corazón latía como tambor de guerra.
Mi mente, en caos.
—¡Ya, basta! —grité, con la voz rota de rabia y deseo.
Pero no me dejó terminar.
En un movimiento rápido, me tomó de nuevo.
Otra vez, entre sus brazos.
Me resistí. Más fuerte. Más decidida.
Y, aun así… fue inútil.
Solo le costó unos segundos volver a tener el control.
—Tú comenzaste el beso, Blake —susurró con esa sonrisa ladina.
—No fue un beso. Fue una demostración de que no te tengo miedo.
Rió.
Ligero. Burlón.
Con esa risa de hombre que cree tenerlo todo ganado.
—Eres todo un desafío. Y yo amo los retos. Tú, princesa… eres la siguiente en mi lista.
Maldito bastardo.
—Si pretendes que eso me llene de orgullo, te equivocas, El gurú del sexo. No es mi aspiración ser otra más de sus conquistas.
—Shhh…
—¿Puedes oler eso, Dulzura? —se inclinó, jadeante, su voz grave y rota—. Es tu sexo. Ambrosía.
Y que el infierno me lleve si esas no fueron las palabras más sucias, más excitantes que alguien me ha dicho jamás.
Su cuerpo, pegado al mío, era una invitación abierta al pecado.
Alejó sus caderas, pero sus manos no se detuvieron.
Una de ellas subió hasta mis pechos, amasando, pellizcando, tirando suavemente, como si supiera exactamente lo que hacía.
Yo debería haberlo detenido.
Pero estaba muy lejos de hacerlo.
Todo era demasiado placentero.
Mi cuerpo, ajeno a la razón.
Mi mente, nublada.
Yo… me estaba comportando como una cualquiera.
Y lo sabía.
Pero no me importaba.
Anhelaba el frenesí.
La sensación de asfixia que me exigía un desahogo.
Sus dedos se colaron por mis bragas.
Rozaron mi clítoris, que dolía de tanto latir.
Dios…
Jugaban, tanteaban, rozaban mi entrada sin llegar a entrar, volvían al clítoris.
Una tortura.
Una dulce y despiadada tortura.
Cerré los ojos.
Como una niña.
Como si eso pudiera ocultar mi vergüenza.
—Abre los ojos. Ábrelos. Quiero ver cómo se encienden cuando te dé tu primer orgasmo.
Introdujo un dedo.
Suavemente.
Mi cuerpo se tensó.
Mi respiración se cortó.
Nic mordió mi barbilla, caliente, fuerte, poseído.
—¡Grita, nena! —susurró.
Su dedo se deslizó un poco más dentro… y se detuvo.
Abrí los ojos, confundida, con la piel temblando.
Lo vi mirarme fijo, oscuro, hambriento.
—Nunca has estado con un hombre.
No fue una pregunta.
—¿Cómo…? —mi voz era pastosa. Rota.
¿Patética?
—Soy hombre —curvó una sonrisa mientras retiraba su dedo—. Estás muy estrecha.
Me tragué el nudo en la garganta.
—Si antes eras un reto para mí… ahora duplicaste el valor del trofeo.
—Tantos estudios y sigues pensando como un cavernícola —dije, sin fuerza.
—Eres un espécimen raro, princesa. Inteligente, talentosa, muy hermosa… y virgen. Nadie debería resistirse contigo.
Cada palabra la acompañaba con pequeños mordiscos en mi cuello, mi clavícula.
—Puedo deshacerme de esa membrana inservible ahora mismo.
Su mano volvió entre mis piernas.
Apretó. Presionó.
Sus caderas se movieron contra las mías.
Su erección era real. Gigante. Ardiente.
Y yo…
Yo estaba empapada. Preparada. Expuesta.
No era que él estuviera diferente.
A menos que ese bulto fuera relleno, lo cual dudaba con cada roce.
Un gemido escapó de mis labios.
Vergonzoso. Incontrolable.
—Lo sabía… —susurró.
—Umf… —jadeé entre dientes.
—¿O… puedo deshacerme de ella mañana, cuando vayas a mi departamento y empecemos con tus clases? —dijo él, su voz baja, áspera, retorcidamente sensual.
—Sueña.
—Piénsalo, nena… Los mejores programas juntos… a cambio de tu cuerpo desnudo. En mi cama. Cuando yo te lo pida.
Intenté alejarme, pero sus manos firmes en mis caderas me lo impidieron.
Se acercó a mi oído, su aliento cálido, denso, directo a mi núcleo:
—Disfruta de tu primer orgasmo, linda.
Y lo hizo.
Sus labios volvieron a atacarme.
No con violencia… con hambre.
Trazaron un recorrido ardiente por mi cuello hasta volver a poseer mi boca.
Mi cuerpo ya no era mío.
Era de él.
Una maldita marioneta temblorosa que se dejaba llevar por un placer desconocido, imposible de frenar.
Entonces pellizcó mi pezón derecho.
Fuerte. Justo.
Y todo explotó.
El tsunami me atravesó de golpe.
El placer me dobló, me rompió, me dejó suspendida entre gemidos, jadeos y un susurro roto en su nombre.
Dios mío.
Así que esto…
Esto era un orgasmo.
Nic volvió a besarme, esta vez más lento, más suave.
Yo no podía moverme.
Estaba vencida.
Mis piernas flojas.
Mi espalda apoyada en su pecho.
Sus manos, abiertas y seguras, sujetándome el trasero como si me marcara su propiedad.
Emma Blake, será mejor que te quedes callada y disfrutes…
—El placer físico genera endorfinas —dijo con voz de profesor sexy, mientras me dejaba con cuidado en el sofá—. Eso explica por qué tu cuerpo está tan… pesado.
Relajado.
Entregado.
Me incorporé un poco. Mi respiración seguía dispareja.
Y entonces él volvió a girarse.
—Tengo que irme. Aún debo dar un programa de radio, además de ser el conductor más exitoso del momento en la ciudad.
—No te he dicho que acepto. —logré decir, entre dientes, aún tratando de recuperar la dignidad.
Se detuvo.
Se giró lentamente.
Su sonrisa ladeada apareció.
—Aceptarás —dijo con confianza asquerosa.
Y entonces… se acercó a mi laptop.
—¡No! ¡No! ¡Aléjate de ahí! ¡Joder!
Demasiado tarde.
Ya había visto la pestaña abierta.
—Un consejo: no deberías seguir viendo este tipo de porquerías. El porno no es malo, pero esto… esto es fantasía pura. Conmigo tendrás realidad. Sexo real. Emoción en movimiento.
—No quiero. El sexo sin amor no tiene sentido para mí.
Ahora que el torbellino se calmaba, volvía a mí misma.
Y lo odiaba.
Lo odiaba por haberme llevado ahí.
Y me odiaba a mí por haberlo permitido.
—La respuesta sigue siendo no.
Él levantó ambas cejas, divertido.
—Además, conservadora y obstinada. ¿Ves que tengo razón al tratarte como un tesoro?
—El amor da problemas. El sexo libera. Eso no te lo enseñaron en la universidad, ¿verdad, Emma?
—¿Siempre piensas en sexo? —pregunté con desdén, cruzando los brazos.
—En la vida hay dos cosas importantes —replicó, acomodándose la camisa—. El sexo… y la sexuaIidad.
—Te acabo de dar un adelanto. Mañana seguimos. Vendré por ti a las cuatro.
Guiñó un ojo.
—Muy lindo tu pijama, por cierto. Y tus pantuflas… adorables.
Salió.
Como si nada.
Como si no acabara de robarme algo.
¿Qué carajos me estaba pasando?
¿Qué demonios sucedía conmigo?
Apenas hacía unos días ese hombre ni me miraba en el ascensor.
Y ahora…
Ahora tenía mi cuerpo hecho trizas.
Me dejé caer en el sofá.
El aire aún me costaba.
Mis piernas temblaban.
Y mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido una maratón.
Mi celular vibró.
Mateo, pensé.
No.
Era él.
Cuatro.
Mañana a las cuatro,
Tú y yo tenemos una cita…
—Nic
¿Cómo diablos tenía mi número?
Liam.
No matarás a Liam.
No matarás a Liam.
No matarás a…
Si Colin creía que por darme un orgasmo —uno maravilloso, debo admitir— íbamos a tener sexo como locos…
Estaba muy equivocado.
Así que hice lo único sensato que me quedaba:
Huí.