El celular sonó en mis manos.
Lo miré.
Su nombre. Otra vez.
Ignorado.
Contigo, no quiero hablar.
No hoy.
Buenas noches.
—E
Respondí cuando el timbre dejó de sonar.
Corto. Frío.
Esperaba que ese “buenas noches” le dejara claro que no quería ni textos, ni llamadas, ni su presencia metida en mis neuronas.
Cerré el chat.
Y en cambio, volví a escribirle a Mateo.
Estaré ahí. ¿Necesitas que te lleve algo?
Ni una respuesta.
Miré el reloj. Apenas las diez.
Tomé mi laptop y la encendí, con la mente hecha un caos.
Tenía que hablar con mi jefe.
Tenía que explicarle que esto ya no me estaba funcionando.
Que el programa me quedaba grande.
O tal vez… que yo necesitaba otro enfoque. Un nuevo segmento.
O simplemente, un respiro.
Emma Blake no se rendiría.
Eso me lo diría mi abuela.
“Creo que crié una luchadora, no una chica que se esconde detrás del ‘no puedo’”, solía decirme.
Sí. Eso me diría.
La podía imaginar, en su sillón, con la ceja levantada y el té humeando en la mano.
Lo intentaría.
Durante los próximos días.
Y si no funcionaba, entonces hablaría con el jefe. Buscaría ayuda. Pediría un cambio.
Abrí el historial del navegador.
BDSM.
Sumisión.
Fantasías femeninas.
Lo de anoche había sido solo la punta del iceberg.
Y ahora que estaba sola, tranquila, y con la culpa mordiéndome los talones, decidí leer en serio.
Entré a blogs, foros, tumblrs, artículos.
Busqué definiciones. Testimonios. Libros.
Y cuanto más leía, más se me revolvía algo dentro.
¿De verdad esto le gusta a las mujeres? ¿Ser atadas, azotadas, dominadas por tipos que hablan como dioses rotos?
Peiné mi cabello con los dedos. Entré a otro blog.
Reseñas. Opiniones. Críticas. Erotismo que rozaba la humillación.
¿Dónde quedó el amor suave, el respeto, la mirada tierna?
Suspiré.
Maldito jefe. Maldito Nic. Maldita idea del programa.
Me levanté por hielo.
Mi mala manía: morder cubos mientras escribía.
Marcus, mi dentista, ya se había rendido conmigo.
Volví a la laptop con la cubitera en mano.
Googleé libros eróticos.
Después… videos porno.
4.350.000 resultados en 0.17 segundos.
Abrí uno. Luego otro.
Y otro más.
Y casi me muero con lo que veía.
Piel. Sonidos. Gemidos.
Y hombres como Nic, jodiendo como si fueran dioses.
Dominantes. Dueños. Intensos. Perfectamente coreografiados.
Estaba tan metida en la pantalla que no escuché la puerta.
Hasta que los golpes empezaron.
Uno.
Otro.
Fuerte.
Persistente.
—¡Ya voy! —grité, mordiéndome un hielo por la mitad mientras pausaba el video.
Me puse las pantuflas peludas.
Me quité las gafas.
Y abrí la puerta esperando cualquier cosa: a Liam, un vecino, un paquete mal entregado… incluso un maldito marciano.
Pero no al cabrón más grande del planeta.
Nic.
De pie en mi puerta.
Con los ojos encendidos.
Y la respiración agitada como si hubiera corrido escaleras.
—Me ridiculizaste, Blake —espetó, dando un paso al frente—. Y justo cuando te estaba haciendo una inmejorable propuesta.
Su voz bajó.
Ronca. Suave.
Más peligrosa que gritar.
Y antes de que pudiera reaccionar, me agarró de los hombros, su cuerpo chocó contra el mío, y me empujó dentro del departamento como una ola salvaje.
La puerta se cerró tras él.
Mis labios apenas pudieron formar una palabra antes de que los suyos los aplastaran.
Me besó.
Sin permiso. Sin aviso. Sin aire.
Me besó como si no pudiera evitarlo.
Como si el deseo lo hubiese poseído.
Mi espalda golpeó una superficie dura —la pared o el mueble, no lo supe—.
Y sus manos me sujetaron la cintura como si yo fuera suya.
No me moví.
No lo rechacé.
Tampoco lo besé de vuelta.
Porque en ese instante, lo único que pude pensar fue:
Este idiota me va a romper el cuerpo… y el alma.
¿Cuántas veces había besado en esta vida?
¿Seis? ¿Siete?
No importaba.
Jamás, en toda mi existencia, había sido besada de esta manera.
No fue romántico.
No fue suave.
Fue salvaje.
Absoluto.
Cuando logré sobreponerme a la sorpresa, intenté golpearlo. Separarme.
Mis manos lo empujaban, mis piernas buscaban soltarse.
Pero sus movimientos eran precisos, controlados.
Y su cuerpo… una maldita muralla.
¿Cómo detienes a un hombre que pesa el doble y mide mucho más que tú?
¿Cómo luchas contra un torso de acero que te inmoviliza y una rodilla que mantiene tus piernas abiertas, sometidas, expuestas?
No dejé de defenderme.
—Tienes el pulso acelerado y la piel encendida —dijo, sin aliento, con voz ronca, mientras sus labios rozaban mi mandíbula.
¡Qué cabrón! Después de semejante beso, ¿pretendía que me comportara como si nada?
—¿Qué haces en mi casa? —solté, furiosa.
Ay, Emma… ¿de verdad le preguntaste eso?
Me miró.
Sonrió.
Una sonrisa cargada de arrogancia y peligro.
—Eso que sientes —susurró, descendiendo por mi cuello—, es una ola de placer incontrolable… producto de un pequeño beso muy bien dado.
¿Pequeño?
¿Quién carajos le dio derecho a demostrarme nada?
Pegó su cadera a la mía.
Lo sentí. Todo.
Y siguió besándome.
Esta vez más lento, más profundo.
Mi cuerpo… reaccionó sin permiso.
Mis labios se movían con los suyos, como si lo conocieran. Como si lo hubieran estado esperando.
Un cosquilleo empezó en mi nuca y bajó, despacio, por la columna.
Me adormecía. Me encendía.
¡Mierda, mierda, mierda! Esto no está bien.
—¡Basta ya! —logré separarme. Mi respiración descontrolada, el corazón golpeando mi esternón.
No sabía si estaba más furiosa con él o conmigo misma.
—¿Por qué? —preguntó, como si fuera una broma—. Es evidente que te gusta.
—¿Qué pretendes? ¿Forzarme porque dije no a tu propuesta? ¿Qué, irrumpes en mi casa y me besas por la fuerza? ¿Acaso pretendes forzarme hasta que ceda?
Él se quedó en silencio por un segundo.
Y luego habló, con una calma perturbadora:
—¿Te refieres a violarte?
Me congelé.
Él sonrió. Petulante.
Oscuro.
Provocador.
—No tienes ni idea —añadió.
—Claro que no la tengo —le dije—. Estoy en mi casa. Tú llegas sin invitación. Me besas. Me aprisionas.
Si eso no es una violación… se parece bastante.
—Fue una terapia de choque —respondió—. Una demostración práctica. Para el programa, claro. Quería que sintieras… lo que estás evitando.
Eliminó la poca distancia entre nosotros y me tocó el hombro, suave.
Demasiado suave.
—No estoy enferma —le dije, retirando su mano—. No necesito tu maldita terapia.
—No es terapia, Emma. Es instrucción.
Su mano volvió, esta vez recorriendo el borde de mi escote.
—No sobre-reacciones. Aprenderás que el cuerpo habla otro idioma. Y tú… solo necesitas escucharlo.
—No te tengo miedo.
Levantó mi mentón con dos dedos.
—Entonces no seas cobarde. Siente. Deja que fluya, nena —murmuró.
¿Qué? ¿Me dijo gallina? ¿Que fluya?
—¡Idiota! —espeté.
Y antes de pensar, mis manos se fueron a su cabello.
Lo tomé fuerte.
Y lo besé.
Con rabia.
Con deseo.
Con hambre.
Nuestras bocas se chocaron.
Dientes. Lenguas.
Una pelea. Un incendio.
Sus labios descendieron por mi cuello.
Mi espalda se arqueó cuando su boca atrapó uno de mis pezones por encima de la tela.
—Dulce joder… —jadeé.
—¿Lo sientes? —murmuró contra mi piel—. Es excitación.
Mordió.
Fuerte. Justo ahí.
—¡Eso ya lo sé! —grité, respirando como un pez fuera del agua.
Su rodilla subió.
Rozó mi centro.
—Comienzas a sentir cómo tu clítoris se retrae —dijo, con voz grave—, tu coño palpita, tu corazón se acelera, tus vasos se dilatan…
En medio de su explicación de gurú, su erección se clavó contra mi muslo.
—¿De verdad quieres que me detenga?
Y yo…
Yo no tenía respuesta.
No racional.
No verbal.
Solo un pensamiento claro, ardiente, inevitable:
—Sigue, puto cabrón. Sigue.
—Sentimos lo mismo, princesa —susurró.