A veces las bombas no explotan.
Solo se quedan ahí, temblando bajo la superficie, esperando el momento perfecto para detonar.
Así me sentía yo.
Desde que Nic me propuso el trato.
Una parte de mí quería huir. Otra… no estaba tan segura.
Y Maddie lo notó.
Siempre lo nota.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó, entrando al camerino sin tocar, como de costumbre.
—Nada —dije, demasiado rápido.
Ella frunció el ceño.
—Emma...
Negué con la cabeza. No podía hablarlo. No todavía.
Porque la verdad era simple: ni yo misma sabía lo que me pasaba.
Maddie se cruzó de brazos, pero no insistió.
La conozco demasiado bien para saber que solo estaba cargando preguntas para después.
—¿Helena se quedó con tu suegra? —pregunté, intentando cambiar el foco.
Por que sí, mi querida amiga y asistente estaba felizmente casada y con una pequeña de 5 años.
Funcionó. Sus hombros se relajaron.
—Sí, Rick quiere que nos quedemos solos el fin de semana. Insiste en tener otro hijo.
Levanté una ceja.
—¿Y tú no quieres?
—Lo hemos hablado —suspiró, tomando asiento a mi lado—. Pero dice que no quiere que Helena y su futuro hermano se lleven por muchos años. Tú sabes cómo es su relación con quien ya sabes.
Asentí.
Rick tenía un historial complicado con su hermano mayor, uno que ninguno de los dos quería repetir con sus hijos.
—Tener un bebé es una decisión de dos, Maddie. Él debería entender eso. Es tu cuerpo.
—Lo sé. Y él no es un ogro —respondió rápido—. Solo… le cuesta dejar atrás ciertas heridas. Cree que si los niños crecen juntos, se tendrán siempre.
Me miró de lado.
—Igual, decidas lo que decida, ¿sabes que siempre cuentas conmigo, no?
—Y tú conmigo. Siempre —me sonrió.
Nos quedamos un momento así, en silencio.
Cómodo. Íntimo. De esos pocos donde podía olvidarme del caos.
Conocí a Maddie en la secundaria.
No era la chica popular.
Era una friki adorable con gafas de pasta gruesa y botas ortopédicas que decía que un pie le apuntaba a Alaska y el otro a la Patagonia.
Nunca agradeceré lo suficiente al profesor Miller por haberme puesto a trabajar con ella.
—Tú me salvaste —le dije, sin pensar.
Maddie sonrió.
—Yo solo te seguí. Tú ya sabías nadar.
Y entonces sonó la señal.
Pausa terminada.
Amber entraba al set. Y Nic... también.
Tan seguro. Tan relajado. Tan cerca de desarmarme con otra frase estúpida dicha en el tono exacto. Parecía que estaba mucho mejor.
Maddie me apretó las manos antes de irse.
—Pase lo que pase —susurró—. No tengas miedo de sentir.
Yo asentí.
Pero no sabía si eso era lo que necesitaba escuchar…
o lo que más temía.
…
—Volvemos a Vive y Siente, nuestro tema de hoy es: “Sexo en papel: ¿porno para mamás o erotismo literario?” Nuestras líneas están abiertas para nuestros oyentes —anunció Nic con voz suave y medida.
La cámara encendía el piloto rojo, la música bajaba.
El aire se volvió denso.
Y yo estaba sentada en medio de un campo minado llamado Nic West.
Él abrió los ojos. Lento.
Puso las manos en los apoyabrazos del sofá, con esa seguridad de alguien que domina la habitación sin hacer esfuerzo alguno.
—Cuéntanos tus dudas. Si tienes una pregunta, esta es tu oportunidad —dijo con voz grave—. El gurú del sexo está aquí para responder hasta tu más oscura fantasía.
Y al final… lo susurró.
Como un secreto entre sábanas.
Como si lo dijera en mi oído, desnudo y peligroso.
No quería reaccionar.
No debía.
Pero lo sentí.
Ese latido tibio entre las piernas. La tensión. El pulso acelerado.
Maldita sea.
Maddie tenía razón: ese tipo podía leer la guía telefónica y hacerlo sonar como una fantasía húmeda.
El director hizo un gesto.
La línea uno estaba conectada.
—¿Gurú del sexo…? —la voz nerviosa de una chica llenó el set.
Nic se acomodó, dibujando círculos lentos en su sien.
Maddie le hizo una seña: "Olivia", decía la pantalla.
—Te escucho, Olivia —respondió Nic, suave como terciopelo.
—No es una pregunta exactamente… es una opinión.
La chica carraspeó.
—Es que… ¿por qué en los libros eróticos los hombres siempre son como superhéroes sexuales? Y las protagonistas saben dar sexo oral como si tuvieran un doctorado, ¡aunque nunca lo hayan hecho! Mi primera felación fue un desastre. Casi vomito en los zapatos del pobre chico. ¡Y el semen! Asqueroso. Como tragar moquillo con sabor a lejía.
Un sonido pregrabado de tos se escuchó.
Amber soltó una risa. Nic también.
Yo… no pude.
No cuando él me miró así.
La mirada de el gurú del sexo.
Intensa. Gris. Penetrante.
—Quisiera saber qué opina nuestra querida Emma —dijo él, sin quitarme los ojos de encima—. ¿Tiene alguna queja contra el semen?
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
Habla como una profesional, Emma. Finge demencia. No pienses en semen. Ni en su voz. Ni en nada que tenga que ver con su boca.
—Emma… —insistió, alzando una ceja. Jaque mate.
Tragué saliva. Sonreí.
Actúa. Sobrevive.
—No está entre mis postres favoritos, Nic —dije con serenidad—. Pero el sexo se basa en dar y recibir placer. No lo hacemos solo por nosotras, también lo hacemos por ellos.
Nic entrecerró los ojos. Sonrió.
Peligroso.
—¿Aún estás con el chico? —preguntó, volviéndose hacia la cámara—. ¿Sigues con él, Olivia?
—¡Por supuesto que no! Terminamos después de que me negué a repetirle la felación. Ahora estoy con Landon. Es muy lindo. Pero solo pensar en meterme su… bueno, ya sabes… me da asco. ¿Todo el semen sabe igual de mal?
Nic soltó una carcajada.
—Nunca he probado el mío…
Pausa dramática.
—A no ser que primero haya estado en la boca de una mujer —añadió, como quien suelta una bomba con una copa de vino en la mano.
Amber se reía. El público enloquecía.
—¿Qué dices tú, Amber? ¿Cómo sabe el semen de tu esposo?
—Como un manjar de los dioses —guiñó un ojo al hombre a lado de la Cámara. ¿Pit? Definitivamente Pit.
—Oh, chica, no te creo —refutó Olivia—. Señorita Blake, ¿el semen de su novio también le sabe a chocolate con fresas?
Y ahí va mi tumba.
—Bueno… no exactamente —dije, deseando ser tragada por la tierra.
Nic me rescató.
O eso creí.
—Olivia, el semen nunca va a saber a fresas y chocolate, linda. Pero hay alimentos que pueden mejorar el sabor y la calidad.
Me miró con esa sonrisa traviesa.
—La hidratación es esencial, chicas. El fluido seminal se forma con azúcares, vitaminas, proteínas, minerales… y sí, lo que comen afecta el sabor.
—Eviten sal, espárragos, coles y brócoli —agregó Amber.
—Y si quieren semen dulce, denle a sus chicos mucho arándano, piña, papaya… y canela —añadió Nic.
—Tendré que probar una dieta estricta con Landon —se quejó Olivia—. Les juro por Dios que si vuelvo a tragar semen asqueroso, ¡me meto a un jodido convento!
—Pruébalo… y luego nos cuentas —bromeó Nic—. Ok, eso se escuchó terriblemente mal.
Explosión de risas.
Maddie dio la señal para la pausa.
Y yo…
Yo tenía los muslos apretados, las mejillas ardiendo y una certeza absoluta:
Este trato va a matarme.
O dejarme sin bragas antes de que termine la semana.