Una propuesta imposible de rechazar

1879 Palabras
Me levanté del piso con las piernas temblorosas, apenas y era capaz de sostenerme. La habitación olía a perfume de viejo y a cigarro rancio. El hombre que había pagado por mí ya roncaba en la cama como si hubiera corrido una maratón, y yo apenas podía respirar del asco. Mi teléfono vibró en el bolsillo de mi chaqueta tirada sobre la silla. Lo tomé con manos temblorosas y respondí sin mirar la pantalla. —¿Cómo te has portado con mi cliente, Bree? —escuché la voz de Margareth al otro lado, fría y calculadora como siempre. Me mordí el labio con rabia. —Ha sido un maldito asco —resoplé con odio—, pero he cumplido mi parte. —Me parece perfecto —dijo sin inmutarse—. Debes entender que, si quieres pertenecer a mi club, debes hacer lo que te pidan. Era tu última oportunidad, tal como me lo suplicaste. Me pasé la mano por la cara y sentí la humedad caliente de una lágrima. No quería que ella me oyera quebrarme, pero era inevitable. Recurrir a Margareth había sido mi última carta. La única forma de conseguir dinero rápido para los estudios y tratamientos experimentales de Mateo. Mi pequeño hermano de cinco años. Mi vida entera. —Lo sé —murmuré, tragándome el llanto—. Lo sé. Hubo un silencio breve, como si me estuviera evaluando desde el otro lado de la línea. Luego, su voz volvió, cargada de esa seguridad que me daba miedo y alivio al mismo tiempo. —Conozco tu urgencia, Bree, por eso te tengo el trabajo perfecto. Me quedé quieta, el corazón empezó a golpearme fuerte en el pecho. —¿Qué clase de trabajo? —Tendrás que viajar con un cliente —dijo sin rodeos—. Servirle por más de un mes. Sentí un nudo en la garganta. De inmediato las arcadas me subieron de golpe y no pude contenerlas. Corrí al baño y vomité lo poco que tenía en el estómago. La idea de pasar un mes entero con un hombre desconocido, fingiendo sonrisas, aguantando sus caprichos, me parecía un infierno. Pero al mismo tiempo, el eco de la palabra dinero me retumbaba en los oídos. Un mes asegurado. Un mes sin preocuparme de si Mateo tendría medicinas o no. Me enjuagué la boca y volví al teléfono. —Acepto —dije con voz ronca, derrotada. Margareth soltó una carcajada seca. —Sabía que dirías eso. Pero escúchame bien, Bree. Si llegas a quedar mal con este hombre, te juro que firmas mucho más que tu sentencia de muerte. Es uno de mis clientes ocasionales más importantes. Multimillonario. Siempre es discreto, y creo que podrás esforzarte. Tu hermano Mateo merece vivir, ¿verdad? Sentí un dolor profundo en el pecho, como si alguien me estrujara el corazón con sus manos. —Claro que sí —susurré. Hubo un silencio breve, y luego me atreví a preguntar: —¿Y quién cuidará de mi niño mientras esté lejos? No puedo dejarlo solo tanto tiempo… Podía imaginar la sonrisa de Margareth al otro lado. —No te preocupes por eso. La cantidad de dinero que he pedido es tan alta que puedo pagar una enfermera las veinticuatro horas, los siete días de la semana, solo para él. Tu hermano estará atendido como un príncipe. Me llevé la mano al pecho, tratando de calmar el dolor que me atravesaba. Un mes lejos de Mateo sería insoportable, pero tal vez… tal vez esa era la única forma de salvarlo. —Recoge tus cosas, Bree —ordenó ella con voz tajante—. Mañana temprano irás al laboratorio por nuevas pruebas. Miré mi brazo. Aún tenía la marca del pinchazo de la última extracción, hacía menos de cinco días. Pero en este mundo no había descansos: siempre había que estar limpia, impecable, demostrar que no llevabas ninguna enfermedad si querías seguir trabajando con ella. —Lo entiendo —murmuré, cerrando los ojos. Colgué el teléfono y me vestí de inmediato. No quería elegir esa vida, pero si Mateo tenía esperanzas de vivir, yo soportaría el infierno que fuera necesario. ….. A la mañana siguiente me levanté antes de que saliera el sol. Apenas pude dormir, la ansiedad me tenía con el estómago revuelto. Llegué al laboratorio casi en piloto automático. La enfermera, una mujer de rostro amable, me recibió sin palabras innecesarias. —Extiende el brazo, cariño. Lo hice, intentando no mirar la aguja. Sentí el pinchazo y un ardor leve mientras la sangre corría por el tubo. Me entregó una gasa para presionar la vena y me sonrió con simpatía. —Listo. Que tengas un buen día. Quise decirle “ojalá” pero me limité a sonreír. Salí de allí con el corazón latiendo fuerte. Me dirigí directo al club. Margareth ya me esperaba en su oficina, con ese aire de reina que no necesitaba corona. —Llegas puntual, eso me gusta —dijo mientras se encendía un cigarro—. Siéntate, tenemos que hablar de tu cliente. Me acomodé frente a ella, intentando no mostrar el temblor en mis manos. —¿Qué debo saber? Margareth me observó un instante, largando una bocanada de humo. —Suele ser un tipo obstinado, amargado, con cara de culo todo el tiempo. —Lo dijo como quien recita la lista de ingredientes de una receta. Tragué saliva. —Vaya carta de presentación. Ella sonrió con cinismo. —Dicen que su última novia lo lastimó de manera horrible. Desde entonces no se le ha conocido otra. Y escucha esto: con mis chicas nunca ha tenido sexo. Solo ha comprado compañía. Tal vez tú también corras la misma suerte. —¿No quiere sexo? —pregunté confundida. —No lo sabemos. Lo que sí te puedo decir es que debes tratarlo con decencia y mucho respeto. Si hay alguien con quien no quiero que metas la pata es con él. Entonces abrió un cajón, sacó una foto y me la extendió. —Míralo. Es él. Tomé la foto entre mis dedos y en cuanto mis ojos se posaron en ella, sentí que el aire se me escapaba. —Pero… pero… pero si es el magnate más… —No pude terminar la frase. Mi voz se quebraba entre sorpresa y nervios. Margareth asintió con calma, disfrutando de mi reacción. —Así es. Es James. El apetecido James Cooper. Me quedé mirándolo en la foto, incapaz de despegar los ojos. Tenía esa sonrisa apenas insinuada, como si el fotógrafo no hubiera logrado arrancarle más que un gesto forzado. Pero aun así… sus ojos verdes parecían atravesar el papel, y esa piel morena, el porte elegante, lo hacían ver irresistible. Sin darme cuenta sonreí. —¿Quién no estaría feliz de pasar un mes… con este hombre? —susurré. Margareth soltó una carcajada y me señaló con el cigarro. —Escurre tus bragas, Bree, creo que se te mojaron. Me ruboricé de inmediato, bajando la mirada. —No es eso… es que… bueno… es el primer cliente guapo que me asignas. —¡Ja! —rio con fuerza—. No es que tampoco hayas tenido muchos aquí. ¿Cuántos fueron? ¿Cinco? ¿Cuatro? Fruncí el ceño, cruzándome de brazos. —Cuatro. Cuatro viejos feos. Margareth casi se atraganta de la risa. —Pues ahora es diferente. Muy diferente. Me quedé con la foto entre las manos, pensando en Mateo, en el dinero, en el mes que me esperaba… y en esos ojos verdes que, de algún modo, me intimidaban incluso desde un pedazo de papel. …. Por otro lado, Margareth siempre fue meticulosa con todo lo que salía de su club. Lo sabía desde el primer día que toqué su puerta rogándole por una oportunidad. No bastaba con que las chicas luciéramos bien o supiéramos sonreír: ella quería control absoluto. Y esa mañana lo comprobé de nuevo cuando me hizo esperar en su oficina mientras abría un sobre sellado con el logotipo del laboratorio. —Aquí están los resultados de James —murmuró con un aire satisfecho, hojeando las hojas con la parsimonia de una reina revisando tributos. Levantó apenas una ceja y soltó—. Limpio. Tan perfecto como se esperaba. Yo tragaba saliva, estaba nerviosa, y seguía sentada en la silla frente a su escritorio. Ella clavó sus ojos en mí y sonrió con ese gesto que siempre me helaba la sangre. —Ahora solo falta corroborar lo tuyo, Bree. —Dejó caer los papeles sobre la mesa y entrelazó los dedos frente a su rostro—. ¿Sigues al día con tu método de planificación? Sentí que la cara se me ponía roja. —Sí… sí, Margareth. Tengo el implante subdérmico, usted misma me lo mandó poner. —Lo sé —respondió, acomodándose el cabello rubio tras la oreja—, pero no confío ciegamente ni en los laboratorios ni en mis chicas. La experiencia me enseñó que un accidente puede arruinarlo todo. —Me observó de arriba abajo, como evaluando si mentía—. Por eso ordené pruebas hormonales. Debo estar segura de que tu dispositivo sigue funcionando. Me removí incómoda en la silla. —¿De verdad cree que… que podría fallar? Margareth se echó a reír con un deje cruel. —Todo puede fallar, Bree. Y un hijo no deseado de uno de mis clientes multimillonarios no es un juego. ¿Te imaginas? Escándalos, demandas, investigaciones. —Su voz se volvió grave—. Yo no pienso arriesgarme. Me mordí los labios. —Entiendo. Solo… no sabía que también revisaba eso. —Yo lo reviso todo —sentenció ella, con ese tono cortante que cerraba cualquier discusión. Se levantó y caminó alrededor de su escritorio hasta situarse detrás de mí. Me tocó el hombro con suavidad, pero no había nada de cariño en su gesto—. Debes verlo como protección, Bree. Te cuido a ti y me cuido a mí. —Lo sé —susurré, bajando la mirada. —Además —continuó ella, volviendo a su asiento—, a James no se le puede ofrecer ni la más mínima sombra de duda. Ese hombre paga porque quiere comodidad, discreción y control. Si tú o cualquiera de mis chicas llegaran a enredarlo en un problema… —sonrió con frialdad—, no quiero ni imaginar lo que haría. Un escalofrío recorrió mis piernas. —¿Ya me puedo ir? —pregunté apenas en un hilo de voz. —No todavía. —Margareth abrió otra carpeta y deslizó los documentos hacia mí—. Aquí está el comprobante de tus últimas pruebas. Todo en orden. Pero recuerda, cada cierto tiempo lo repetiremos. No es negociable. Asentí, recogiendo el papel. Ella me miró con un brillo extraño en los ojos, como si disfrutara de mi incomodidad. —Eres afortunada, Bree. —Se recostó en la silla, cruzando las piernas—. No todas las chicas tienen la suerte de tener un cliente como James. Hazlo bien, soporta su carácter, y en un mes tendrás más dinero del que jamás soñaste. Yo respiré hondo y pensé en Mateo… todo lo hacía por él. —Haré lo que tenga que hacer —dije finalmente, aunque mi voz sonó quebrada. Margareth sonrió satisfecha. —Eso es lo que quería escuchar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR