Mi hermano se casa.
El whisky reposaba en mi mano, aunque estaba helado, aun así, sentía que me quemaba la garganta con cada trago.
Como todos los días, el bar estaba a media luz, con ese murmullo constante de vasos, risas ajenas y canciones que nadie escuchaba.
Yo estaba sumido en mis propios pensamientos, hasta que la voz de Alan me sacudió.
—Entonces… ¿vas a ir a la boda de Ibrahim? —me preguntó, apoyando los codos en la barra y mirándome con ese aire curioso que siempre tenía.
Me quedé en silencio unos segundos, girando el vaso con lentitud entre mis dedos. Odiaba la maldita pregunta. Odiaba aún más tener que responderla.
—Por desgracia, no puedo negarme —respondí al fin, con un suspiro amargo—. Todos los malditos medios solo hablan de la boda. Si yo, el hermano mayor, falto, sería la comidilla de la prensa y de los medios internacionales. Ya me los imagino: “James Cooper, el magnate solitario no soporta a su propia familia”. Me tildarían de cualquier cosa, hasta de mañoso.
Alan arqueó una ceja y dejó escapar una carcajada corta.
—Vamos, tú siempre has lidiado con la prensa. No me digas que te importa lo que piensen.
—No es que me importe —murmuré, apretando la mandíbula—. Es que no puedo darles el gusto. Esta boda es un circo, y si no aparezco, quedo como el villano de la historia.
Alan me observó unos segundos en silencio. Luego, bajó la voz, con una seriedad que no le veía a menudo.
—¿Y estás preparado para enfrentarlo?
Supe a quién se refería sin que lo nombrara. Sentí que el whisky se volvía ácido en mi boca. Dejé el vaso sobre la barra con un golpe seco y lo miré fijamente.
—No me menciones a ese degenerado —espeté con los dientes apretados.
Alan se inclinó un poco hacia atrás, levantando las manos como quien intenta calmar a una multitud.
—Tranquilo, solo lo pregunto porque… bueno, es obvio que lo verás. Será imposible evitarlo.
Me reí sin humor.
—Claro que lo veré. A él, a mi hermano feliz, a toda la familia jugando a ser perfecta. Y yo… yo ahí, sentado como un idiota fingiendo que nada ha pasado.
El silencio se extendió entre nosotros por unos segundos. Alan me estudió con seriedad, mientras yo volvía a llevarme el vaso a los labios.
—James, ¿alguna vez vas a soltar eso? —dijo al fin.
Sentí un nudo en el estómago. El recuerdo me golpeó como una bofetada: Silvia, la mujer que creía amar, gimiendo en mi propia cama. Y mi padre, el maldito que me lo arrebató todo en un instante.
—No, Alan —respondí en voz baja, casi un gruñido—. Eso no se suelta. Eso te marca de por vida.
Alan asintió despacio, como si entendiera más de lo que decía. Luego trató de sonreír, de aligerar el ambiente.
—Pues prepárate, viejo amigo, porque esa boda va a ser un campo minado.
Yo me limité a vaciar el vaso de un solo trago. Tenía razón. Pero, aunque me sintiera acorralado, no iba a darles el placer de verme derrumbado.
……
Horas más tarde, manejaba mi híbrido azul por la avenida vacía, la ciudad parecía dormida, pero mi cabeza era un hervidero.
El bar, Alan, la conversación sobre la boda… todo seguía retumbando en mi pecho como una maldita alarma que no podía apagar.
Llegué a la mansión y apenas crucé el portón automático, las luces del recibidor se encendieron como si la casa misma me esperara despierta.
Aparqué en el garaje y, al entrar, la primera en recibirme fue Clara, mi empleada de toda la vida. Llevaba un vaso con agua, con su acostumbrado toque de limón.
—Señor James, ha llamado su madre —dijo apenas me vio, extendiéndome el vaso—. Ha insistido en que le diga que quiere verlo en la boda.
Tomé el agua sin darle demasiada importancia, pero entonces añadió:
—También ha dejado dicho que deje todo arreglado en la empresa, porque después de la boda se irán por más de un mes de vacaciones. Toda la familia. Es el deseo de Ibrahim.
Me quedé congelado.
—¿Vacaciones? —pregunté con el vaso aún en los labios.
—Sí, señor. Toda la familia… y su nueva esposa, claro. Pidió que no vaya a lastimarlo porque está muy ilusionado con poder viajar con todos ustedes.
La frase me atravesó el pecho. Di un sorbo al agua y terminé escupiéndola de golpe, sintiendo que me atoraba. Clara se apresuró a darme unos golpes suaves en la espalda, preocupada.
—¿Viaje de luna de miel? —tosí entre dientes—. ¿Ibrahim se enloqueció?
Ella solo encogió los hombros, con un gesto resignado.
—Parece que será un evento canónico, señor… durará un mes entero.
Un mes. Un maldito mes con mi familia. Sentí el aire escapar de mis pulmones como si me hubieran dado un golpe en el estómago.
—Un mes con ellos… —resoplé con ironía—. Eso es suficiente para acabar preso o loco.
Clara bajó la mirada, sabiamente guardando silencio.
Subí las escaleras rumbo a mi habitación caminando con lentitud, como quien carga cadenas invisibles. Encerrarme allí era la única forma de no perder la cordura.
Pero mientras me quitaba la chaqueta y dejaba el reloj sobre la mesa, lo pensé con claridad: no podía ir solo.
Un mes en ese circo familiar era demasiado.
Necesitaba a alguien que al menos hiciera de escudo, que representara algo más que mi mal carácter.
El problema era sencillo: no tenía amigas. Nunca las tuve. Y las mujeres con las que había estado después de Silvia habían sido pasajeras, simples desahogos nocturnos que ni siquiera recordaban mi dirección.
Así que la única opción tenía nombre propio: Margareth, “la Fabulosa”. La reina indiscutible del club de acompañantes más caro y exclusivo de la ciudad. Prostitutas, scorts, damas de compañía… llámalo como quieras.
Eran mujeres entrenadas para todo, perfectas en apariencia, impecables en modales y, por supuesto, muy caras.
Tomé el teléfono y marqué su número sin importar la hora. Margareth contestó con esa voz ronca que intrigaba.
—James, querido… ¿a estas horas? Pensé que estabas demasiado ocupado rechazando invitaciones de modelos.
—Corta el sarcasmo, Margareth —murmuré, dejándome caer en el sillón—. Necesito un servicio.
Se escuchó el ruidito de un encendedor al otro lado de la línea. Imaginé el humo rodeándola mientras sonreía como gata satisfecha.
—¿Un servicio? Qué directo. Tengo a Tamy disponible ahora mismo. Es toda una joya.
Resoplé, frotándome el puente de la nariz.
—No la quiero ahora. Necesito a alguien… por un mes.
Hubo un breve silencio y luego una carcajada cristalina.
—Un mes, James. Eso sí que es raro en ti. ¿Qué quieres exactamente?
—Que no parezca una puta barata.
Margareth soltó otra carcajada, más fuerte.
—Oh, James, mis chicas pueden ser muy putas… pero nada de baratas.
—Me entiendes —respondí con firmeza—. La necesito vestida de etiqueta en todo momento. Voy a llevarla con mi familia. Debe fingir que es mi novia.
Se escuchó un leve “oh” al otro lado, como si hubiera descubierto un secreto jugoso.
—Con que un papel largo, interesante. Ya me gusta la idea.
—Tampoco quiero que sea una mujer muy expuesta en tu club. No quiero que nadie pueda reconocerla.
—Mis chicas son únicas, James, y me adapto a cualquier requerimiento… si estás dispuesto a pagar la suma exacta.
Fruncí el ceño.
—¿Y cuánto sería?
Margareth soltó una cifra absurda, una cantidad tan grande que hasta me hizo erguirme en el asiento.
—Con esa cantidad podría pagarme diez putas, ¿no crees que exageras?
—Evidentemente no —contestó ella con esa calma venenosa—. Mis chicas son las más sanas, las más organizadas, y la tendrás a tu disposición por más de un mes. Eso tiene un precio. Además, necesitaré que mañana me envíes tus exámenes médicos certificados, James. Quiero pruebas de que no tienes ninguna ETS.
Me quedé en silencio, apretando la mandíbula. Estaba claro que, si quería sobrevivir a ese mes, iba a tener que pagar el precio… el precio que pedía la fabulosa Margareth.