Pobrecita, no sabe a dónde va...

1058 Palabras
Apenas me senté en mi puesto y vi a Bree acomodarse varias filas más adelante, entendí mi error. No haber exigido asientos juntos había sido una estupidez. En qué momento íbamos a ponernos de acuerdo con las respuestas que daríamos cuando al llegar a casa empezarán las interrogantes. Maldije en silencio. Pero no podía hacer nada, así que acomodé mi chaqueta sobre el regazo y apoyé la cabeza en el respaldo, pero el sueño no llegaba. El ruido de los motores y el murmullo de los pasajeros me obligaron a pensar en lo inevitable: mi familia. Apenas pusiéramos un pie en casa, las preguntas vendrían como dardos envenenados. Los conozco bien, nunca pierden la oportunidad de indagar, juzgar y despellejar a cualquiera que intente llevar mi apellido. No lo digo por mi madre. Ella es una santa, el único refugio que me queda en esa mansión llena de máscaras y sonrisas falsas. Pero los demás… Ibrahim, mi hermano menor, siempre tan oportunista, con su lengua afilada y esa capacidad de meterse en donde no lo llaman. Dayana, mi hermana mayor, que nació con la autoridad tatuada en la frente, incapaz de callar una opinión, aunque nadie la pida. Y luego está él… el innombrable. Así me refiero a mi padre. Nunca he podido perdonarlo. Ni por lo que me hizo a mí, ni por la traición a mi madre. No me bastó el tiempo, ni las disculpas a medias, ni los intentos de fingir que nada pasó. Me arrebató mi prometida. Y con ella me quitó la calma, la fe en la familia, incluso las ganas de volver a esa casa. Desde entonces, cada visita es un suplicio. Bree no tiene idea de en lo que se está metiendo. Aún la veo desde aquí, inclinada hacia la ventanilla, con su melena castaña cayéndole sobre el hombro. Parece tranquila, como si estuviera viviendo un sueño. Pobrecita… no sabe que en Londres los sueños se vuelven pesadillas cuando se trata de los míos. Respiré hondo, cerré los ojos y pensé en lo que me esperaba. Sí, había cometido un error al no asegurarme de que estuviéramos juntos en el avión. Pero ya lo enmendaría. Porque, aunque aún no lo admita en voz alta, necesito tenerla cerca cuando entremos a esa mansión. No porque me importe, claro está, sino porque en medio de esa jauría, hasta una mujer como Bree podría servirme de escudo. …. La azafata pasó por el pasillo con su sonrisa entrenada y su tono amable. James la detuvo con un gesto discreto y le susurró algo al oído. Ella asintió de inmediato y se acercó a la mujer que estaba sentada al lado de Bree. …. —Señora, disculpe, ¿quisiera un puesto en la ventana? —preguntó con cortesía. La mujer, confundida, giró la cabeza justo en mi dirección, y sin meditarlo le dedique una sonrisa encantadora, de esas que derriten hasta al corazón más duro. Ella, por pura cortesía y un poco intimidada, no pudo negarse. —Claro —dijo, levantándose con premura. Aceptó intercambiar asiento conmigo, sin perder tiempo tomé el portafolio de cuero y avance con paso seguro hasta ocupar el lugar libre junto a Bree. Ella, apenas me vio acomodarme, torció los ojos con descaro y soltó un suspiro de fastidio. —¿Otra vez tú? —murmuró apenas audible. Decidí que no le prestaría atención al veneno de su tono y me incliné hacia ella con toda la seriedad de un estratega. —Tenemos que ponernos de acuerdo sobre cómo vamos a responder las preguntas de mi familia —dije en voz baja, lo suficientemente cerca como para que el roce de mi perfume la envolviera. Bree me miró de reojo, sin ocultar su incomodidad. —Perfecto, hablemos. —Les dirás que eres abogada —indiqué con tono imperativo—, que tienes tu propio bufete y que eres buena defendiendo casos perdidos. Bree no pudo evitar soltar una carcajada contenida que atrajo la atención de un pasajero curioso. —¿De verdad crees que soy tan tonta? —me replicó con picardía—. Ibrahim, tu hermano, es abogado. Con una sola pregunta me va a dejar en evidencia. Su respuesta me hizo fruncir el ceño, me molesto tener que reconocer que tenía razón. Esa mujer parecía estar más informada de lo que parecía. —¿Entonces qué vas a decir? —Lo que Margareth me recomendó —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Que soy diseñadora gráfica, que tengo un pequeño estudio y que nos conocimos en una convención de arte. Mucho más creíble, ¿no? No pude responder de inmediato. Me limité a mirarla fijamente, evaluándola en cada movimiento. Finalmente, asentí con resignación. —Está bien. Eso funcionará. —¿Y cuánto tiempo llevamos juntos? —preguntó Bree, buscando precisión. —Un par de meses —contesté sin dudar. —No —corrigió ella con firmeza—. Llevamos tres meses y medio. Por la sorpresa arquee una ceja. Parecía que tenía todo calculado —¿Y ya vivimos juntos? —Por supuesto que no. —Me interrumpió Bree, con un gesto de indignación—. Mi familia quiere que me case de vestido blanco, recuerda, esto… —hizo un ademán señalando el asiento compartido—. Es la primera vez que pasamos tanto tiempo juntos. Había algo en ella que me sorprendía, así que decido seguir observándola con una mezcla de irritación y diversión. Ella tenía carácter, aunque no lo quisiera admitir en voz alta, eso me entretenía. —Está bien, tú ganas esta ronda —dije finalmente, rindiéndome a medias—. Pero en la casa de mi familia vas a tener que dormir conmigo. Bree parpadeó, confundida. —¿Qué? ¿Por qué? Ladee la cabeza, baje la voz y deje escapar una frase que a ella le sonó a advertencia encriptada: —No te pienso dejar al alcance de las hienas. Bree me miró sin entender del todo. —¿Qué diablos significa eso? Supe que solo sabía pocos detalles de mi vida, así que solo me recosté en el asiento, acomodé mis lentes oscuros y guardé silencio. Bree, fastidiada, masculló entre dientes: —Definitivamente estás loco… Yo sabía que justo ahora ella pensaba lo peor de mí, sin embargo, confieso que hasta me sentí culpable por decirle cosas humillantes cuando se cayó.
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