Rosalin entró a su cuarto totalmente agitada. Se sentó en la cama con el rostro llenos de lágrimas para recuperar el aliento y pensar qué fue lo que hizo mal cuando la puerta de la habitación se abrió y entró el señor Duncan, quien todavía estaba molesto.
Rosalin se paró de la cama tan rápido como pudo e intentó hablar pero sus cuerdas vocales estaban cerradas.
-¿Qué era lo que le pasaba con ese hombre? – Se preguntaba Rosalin -
-¿Se puede saber que estabas haciendo en el cuarto de costura de mi esposa, donde te advertí muchísimas veces que no entraras? – Preguntó el señor Duncan con tono pausado, pero se le notaba todavía la rabia.
-Ya le dije que yo no soy Evelin, por lo que no recuerdo lo de la prohibición de entrar a ese cuarto – Dijo Rosalin encontrando el valor para hablar – Y sólo quería demostrar mi agradecimiento con ustedes por la amabilidad que han tenido de cuidarme, haciendo un bolsito de tela para Sarah.
Hubo un corto silencio, donde ambos se quedaron mirando hasta que el señor Duncan habló:
-¿Qué es lo que estás diciendo? ¿No eres Evelin? – Dijo el señor Duncan y con una sonrisa macabra, se acercó y la apretó contra su pecho y la besó.
Rosalin, estaba totalmente confundida y trató de luchar, pero el abrazo era tan apretado que no podía moverse, además que de pronto su beso cambio de ser fuerte y salvaje a ser tierno y suave, lo que hizo que ella le correspondiera abriendo su boca, para sentir toda su fuerza y su deseo.
De pronto, así mismo como comenzó, el beso terminó y el señor Duncan se alejó de ella dejándola débil, por lo que se abrazó a sí misma, mirándolo confundida y tratando de recuperar el ritmo normal de su respiración.
-¿Ahora me vas a decir que no recuerdas eso? o ¿Es que ya has estado con tantos tipos después de mí que se te olvidó lo que vivimos? – Preguntó el señor Duncan con la respiración agitada –
Rosalin lo veía con gran estupor después de escuchar aquellas palabras y lo único que atinaba era a negar con la cabeza.
-Lo siento, yo – iba a comenzar a decir Rosalin cuando fue interrumpida –
-¡Olvídalo! – Dijo el señor Duncan dándose la vuelta para abrir la puerta – No vuelvas a entrar al cuarto de costura de mi esposa. Ese era su santuario donde ella permanecía gran parte del día. No quiero que nadie lo ocupe o lo desordene. ¿Entendido?
-Sí, señor – Dijo Rosalin en un susurro de voz sintiendo las lágrimas que bañaban su rostro y viendo como el señor Duncan salía de la habitación y cerraba la puerta tras de sí.
Rosalin, se volvió a sentar en la cama y lloró por largo rato, porque fue en éste momento que estuvo plenamente segura de que estaba sola en el mundo. No tenía a nadie. Ella, se había sentido muy bien con esa familia pero ahora entendía que debía buscar un empleo y un lugar donde vivir. Ella, no podía seguir en ésta casa donde la confundían con su hermana Evelin y la odiaban.
Pasaron dos días con absoluta lentitud. Días en los cuales, no salió de su cuarto sino a tomar sus alimentos. No quería encontrarse con el señor Duncan y que se armara otra escena. A medida que se iba sintiendo mejor, se iba dando cuenta de que no podía seguir abusando de la generosidad de esa familia. Tendría que buscar un trabajo, pero no sabía qué podría hacer y en algún momento, tendría que aclarar con toda esa familia sobre su hermana gemela y entendieran que ella no era igual a Evelin, pues ella y su pobre madre también fueron sus víctimas.
Pasaron dos semanas más. Rosalin, se sentía mucho mejor y un día, Sarah entró llorando al cuarto porque iba a haber una obra escolar y ella no podría participar porque no tenía quien le hiciera el disfraz, entonces ella le dijo:
-No llores más. Dime cómo es el disfraz y yo lo haré. Sé coser – Dijo Rosalin –
-¿De veras?¿Puedes hacerlo? – Preguntó Sarah –
-Sí – Dijo Rosalin – A ver, explícame cómo es el disfraz –
-La obra será sobre “Lo que el viento se llevó” – Dijo Sarah – El vestuario debe estar listo a tiempo, son los vestidos que usaba Scarlet O´Hara, pero no hay nadie que los haga –
-Ya te dije que yo puedo hacerlo – Repitió Rosalin –
-¿Y cómo lo harás? –
-Los coseré a mano – Dijo Rosalin levantándose de hombros –
-¡Claro que no! ¡Hay una máquina en el cuarto de costura de mamá! –
-¡No! ¡Sarah no! ¡No le digas nada a tu padre sobre el cuarto de costura! – Dijo Rosalin tomando a la niña de los hombros –
-¡Claro que sí lo haré! Le diré que es importante hacer los vestidos para la obra escolar y si se niega….lloraré con ojitos de perrito que él nunca ha podido resistir y terminará aceptando que uses el cuarto de costura. ¡Ya lo verás! – Dijo Sarah y salió decidida a buscar a su padre, mientras Rosalin se quedó en el cuarto sintiendo que tenía el corazón hecho trizas del susto y esperaba escuchar los gritos del señor Duncan en cualquier momento –
Pasaron 20 lentos e interminables minutos cuando la puerta del cuarto se abrió dándole paso a una muy feliz Sarah.
-¡Rosalin! ¡Mi padre aceptó que trabajes en el cuarto de costura! ¡Te dije que los ojitos de perrito nunca fallan! – Dijo la niña acercándose a abrazar a Rosalin – También dijo que quiere hablar contigo –
Rosalin se quedó como de piedra ¿Qué se suponía que iba a decirle sobre el deseo de su hija de que ella le cosiera el vestido en el cuarto de costura de su amada esposa que era como un santuario para él? ¿Qué iba a decirle a ese hombre que le había dado el primer beso de su vida y para él había sido una porquería porque creía que era Evelin?
Sarah, tomó a Rosalin de la mano y la condujo hasta el despacho donde se encontraba el señor Duncan. Entraron y él le pidió a Sarah que lo dejara a solas con Rosalin, por lo cual, ella se preocupó. Cuando Sarah salió de la habitación, él se paró de su silla que estaba detrás del escritorio y se vino a parar frente a ella, mirándola como una pantera a su presa.
-¿Qué es lo que pretendes Evelin? Y no me salgas con el cuento de que eres una gemela. Ya basta de estupideces y dime qué es lo que pretendes – Dijo arrinconándola contra la pared –
-¿Qué es lo que pretendo? – Dijo Rosalin poniendo una mano en su estómago que se sentía muy duro a pesar de la tela de su ropa –
-Sí. ¿Qué pretendes con éste juego de hacerte pasar como amiga de Sarah y coserle su vestido. ¿Para qué estás haciendo todo esto? ¿Siquiera sabes coser? – Preguntó el señor Duncan malhumorado –
-Señor Duncan, mi madre era costurera y ella me enseñó todo lo que sabía sobre el oficio de la costura. Es por eso, que me encontró usted el otro día allí. Estaba cociendo un pequeño bolso para Sarah y hoy, cuando entró a mi cuarto llorando porque ella era la única niña de su salón que no iba a participar en la obra, por no tener vestuario, no pude negarme a ayudarla – terminó Rosalin mirando fijamente aquellos hermosos ojos de beduino. Su corazón se saltó un latido y luego comenzó a latir apresuradamente – Esa fue toda mi motivación, señor. Ayudar a Sarah con el vestuario para la obra –
Hubo un silencio por breves segundos mientras el juez deliberaba. De pronto, lo vio suspirar y relajar su postura, asintiendo con la cabeza.
-Está bien. Voy a creerte esta vez, Evelin – Dijo el señor Duncan – Puedes usar el cuarto de costura y ayuda a Sarah con su vestuario. No muevas nada de su sitio. ¿Entendido? – terminó el señor Duncan y de pronto se inclinó hasta que sus ojos quedaron frente a los de ella – Te advierto que te estaré vigilando muy de cerca y si le llegas a hacer algo a Sarah o sale lastimada de alguna manera, me las pagarás Evelin, me las pagarás con tu sangre. ¿Entendiste? –
-Sí, señor Duncan – Respondió Rosalin con voz quebradiza y agregó – Señor, yo también quería decirle que estoy muy agradecida de todos los cuidados que me han prodigado para mi recuperación, pero quisiera poder buscar un trabajo y un lugar para vivir. No quiero seguir siendo una carga.
El señor Duncan caminó lentamente hacia su escritorio, mientras Rosalin hablaba y se sentó de nuevo en su silla y sin mirarla respondió:
-Tal vez más adelante busques un empleo, por ahora preocúpate por ayudar a Sarah con lo del vestuario. Si no tienes más qué decirme puedes irte – Dijo el señor Duncan sintiéndose extraño de querer besar y abrazar a Evelin, porque en los últimos tiempos que estuvo aquí a él no le provocaba nada su presencia –
-Está bien – Respondió Rosalin – Gracias señor –