El cuarto de costura

1818 Palabras
Había pasado una semana y Rosalin se había hecho de una rutina. A las 8 venía la Señora Smith con el desayuno. Tomaba sus medicinas y descansaba hasta el mediodía cuando venía la Señora Smith con el almuerzo. Tomaba medicinas y descansaba de igual forma para la hora de la cena. La verdad, se sentía incómoda en ésta situación. No le gustaba darle molestias a nadie, pero al parecer, el señor Duncan, había especificado que se le atendiera apropiadamente y ella lo agradecía, sólo que en cuanto tuviera la oportunidad, aclararía el singular asunto de que ella no era Evelin, sino su hermana Rosalin. -Un día el Señor Duncan entró a su habitación y le preguntó: -¿Cómo te sientes? -Mejor. Gracias. Tengo que agradecerle por ser tan amable de dejar que me recupere aquí en su casa. No sé cómo podré pagarle por todo lo que ha hecho por mí – Expresó Rosalin como le había enseñado su madre – -No te preocupes por eso. Tómalo como un regalo simplemente – Dijo Kyle mirándola extrañado, ya que eran palabras poco usuales en ella. Evelin Vonsaken nunca agradecía nada ni a nadie – -Bueno, muchas gracias, señor Duncan ¿Se le ofrecía algo más? – Preguntó Rosalin, sintiéndose incómoda bajo el escrutinio de esos ojos marrones claros que, a veces se veían tan dulces, como ahora – -Sí – Dijo el señor Duncan, respirando profundo – Vengo a decirte que mañana salgo de viaje por cosas de trabajo y regresaré en 15 días – -Está bien. Espero que le vaya bien, aunque, no era necesario que me avisara. Yo no soy nadie aquí. Sólo una convaleciente – Dijo Rosalin mirándolo desde donde estaba recostada en las almohadas – -Bueno, sólo te aviso por si intentas hacer algo en contra de la señora Smith o de Sarah, como la otra vez. Te advierto que la policía estará aquí en poco tiempo y te encerrarán. Esta vez me encargaré de eso, personalmente – Dijo Kyle saliendo de la habitación y dejándola muy asombrada pensando en qué sería lo que Evelin pudo haberles hecho a los habitantes de esa casa, para que el señor Duncan tomara esas medidas – -¡De seguro no fue nada bueno! – Se dijo Rosalin y por lo que entendió, ésto también la incluía a ella, así que, cuidaría sus pasos en esa casa – Una mañana después que se fuera el señor Duncan sintió un golpe en la puerta. -Adelante – Dijo Rosalin y vio entrar a una niña como de 7 años – ¡Hola! – -¡Hola! – Dijo la niña – ¡Disculpe si la molesté! ¡La Señora Smith salió al mercado un momento y me pidió que me portara bien y que no golpeara su puerta con la pelota pero es que se me escapó – Dijo la niña, sin levantar la vista del piso, lo que hizo enternecer el corazón de Rosalin – -Está bien. Tranquila ¿Cómo te llamas? – Preguntó Rosalin – -¡Sarah Duncan! – Respondió la niña con orgullo – -¡Mucho gusto yo soy – Comenzó a decir Rosalin – -Evelin – Dijo la niña con una expresión incierta – Rosalin, no quería confrontar a la niña, así que decidió dejar el asunto así y sonreírle amistosamente. -¿Qué estás haciendo? – Preguntó Rosalin, acomodándose en la cama sintiendo todavía la pequeña punzada en las costillas al moverse – -Nada importante. Sólo jugaba con mi pelota – Dijo la niña – -¡Ah ya veo! ¿Te gustaría que te leyera un cuento? – le dijo Rosalin, mirando al asombrado rostro de la niña – -Sí. Tengo uno en mi cuarto que a veces mi padre me lee cuando no está tan ocupado – Dijo Sarah – -Bueno ¿Qué esperas? Búscalo. Te lo leeré – Dijo Rosalin con una sonrisa – -A partir de ese día, la niña venía a su cuarto para que le leyera cuentos y también la ayudaba a hacer tareas, manteniendo la pierna con el esguince en el tobillo en alto. Rosalin comenzó a salir del cuarto caminando poco a poco y cojeando todavía. Quería explorar la casa. Se dedicó a hacer tour por toda la planta baja de aquella hermosa plantación o casa. Le encantaban los pisos de madera oscura y pulida. Había infinidad de puertas que llevaban a pequeños salones y al que creía era el despacho de trabajo del señor Duncan. El comedor, era magnífico de 21 puestos. Las paredes de toda la planta baja y especialmente las del comedor, estaban adornadas con muchas retratos de personas y paisajes. Se podía observar a través de la ventana, los hermosos jardines que rodeaban la casa, pero que ella no se animaba a visitar todavía hasta que se sintiera mejor. Salió por una de las puertas del extenso comedor y la llevó al pasillo que iba por un lado de la escalera. Éste, también terminaba en una habitación como en la que ella dormía. Abrió la puerta y encontró lo que parecía ser un cuarto de costura. Tenía maniquíes con vestidos a medio hacer. Una gran máquina industrial que la hizo salivar, pues éstas, sólo las había visto en revistas. A ella le encantaba coser, aunque en su corazón sabía que no podría quedarse aquí, pues a su hermana la odiaban y a ella ni siquiera le habían dado la oportunidad de explicarse. Tal vez, se atrevería a coser algo para Sarah, aunque primero debía de pedirle permiso al señor Duncan. Tal vez cuando estuviera más recuperada, cosería un lindo vestido para Sarah, como los que su madre le enseñó a hacer. Lo haría como regalo de agradecimiento por las atenciones para con ella. Salió del cuarto y no se atrevió a husmear en las plantas superiores, porque todavía le dolían las costillas para subir las escalera, así que regresó a su cuarto a continuar con sus rutinas. Una tarde se presentó un muchacho llamado Carlo y le dijo a la señora Smith que venía de la iglesia para llevarle la palabra a la enferma. La señora Smith lo dejó pasar al cuarto y le llevó una silla para que se sentara frente a ella, quien se encontraba recostada en la cama. Era un muchacho maravilloso, con un gran amor por la vida y un gran sentido de caridad. A Rosalin, le gustó mucho la manera cómo hablaba, explicándole sobre los sufrimientos que pasamos por amor al Señor. -Y entonces ella preguntó: -¿Y los sufrimientos que pasamos por amor a nuestras familias y amor hacia una hermana entregada al mal? – -En todo eso, encontramos al Señor también sólo hay que afinar la vista – Dijo Carlo con una sonrisa tierna – -A ella le encantaba su compañía fresca, bondadosa y alegre y la invitó a ir a las misas en la iglesia. Ella le prometió que iría en cuanto estuviera mejor a lo que él le respondió: -Al Señor no le importa cómo estamos físicamente. Lo que le importa es cómo lleves el corazón ante él – -Ésta respuesta fue suficiente para que Rosalin recordara las palabras de su madre. Entonces ella decidió ir ese domingo y Carlos le prometió que vendría a buscarla e irían caminando poco a poco – Llegó el domingo y Carlo vino a buscarla para ir a la misa, cuando llegó y comenzó a orar por su situación y por todo lo que había vivido. Oro por su hermana para que pudiera descansar en paz y por la familia que la estaban atendiendo. Comenzó a llorar inconteniblemente y luego comulgó y se sintió llena de paz lista para enfrentar una nueva semana y Carlo la acompañó de nuevo a la casa. El Señor Kyle Duncan, había llegado de su viaje y estaba pidiéndole a la Señora Smith las noticias de la última semana especialmente sobre Evelin. -Es todo muy extraño – Dijo la señora Smith – Antes se molestaba en lo que Sarah comenzaba a jugar con la pelota y comenzaba a gritarle. Ahora, habla con ella. Le lee cuentos y la ayuda con la tarea, con amor y paciencia. Como la mejor de las institutrices – -¿Sí? ¡Qué raro! – Dijo el señor Duncan con las cejas levantadas – El golpe que se dio ha de haber sido muy fuerte – -¡Y eso no es todo! – Dijo la señora Smith, bajando la voz y mirando a los lados para asegurarse de que nadie más la escuchara – Está viniendo un hombre. Bueno, es más bien un muchacho jde la iglesia y la invitó a ir a la misa de hoy. Es allí donde está. Ya debe estar por llegar – El Señor Duncan, comenzó a reír con cinismo. -¡Es un buen show! ¡Ese muchacho ha de ser alguno de los drogadictos con los que se la pasaba o aquí estaba pasando algo más! ¡Ya lo descubriremos! ¡Como siempre! -se dijo y subió a su habitación a refrescarse y cambiarse para almorzar – Al rato llegó Rosalin con Carlo a la casa y hablaron un poco más hasta que se despidieron y Carlo se fue. Rosalin, se sentía llena de energía y con ganas de hacer algo, por lo que se dirigió al cuarto de costura para ver si encontraba algo de tela que pudiera usar y ponerse a hacer alguna cosa. Rosalin, se encontraba tan concentrada en hacer un pequeño bolso de tela para Sarah con el material que había encontrado, que no sintió la puerta abrirse sino hasta cuando escuchó una fuerte voz que le hablaba: -¿Qué estás haciendo aquí, mujer del infierno? – Gritó el señor Duncan con el rostro desfigurado de la rabia. Rosalin, se levantó de repente del asiento y casi no sintió el dolor de sus costillas al hacerlo. Su corazón latía muy fuerte. Estaba muy asustada. Ese hombre parecía que iba a golpearla en cualquier momento y ni una palabra osaba a salir de su boca. Entonces, lo vio caminar hacia ella amenazadoramente – -¡Te pregunte! ¿Qué estabas haciendo aquí? – -¡Yo…. Yo….Yo….! – Fue lo único que atinaba a decir Rosalin – -¡No tienes ningún derecho a estar en éste cuarto! – Gritó el señor Duncan – ¡Te lo dejé bien claro desde el primer día que pusiste un pie en esta casa! ¿Cómo te atreves a poner tus sucias manos sobre las cosas de mi difunta esposa? ¡Tú no eres nadie! ¡No tienes derecho a entrar aquí! – -¡Lo siento! – Gritó Rosalin – -¡Sal de aquí! ¡No vuelvas a entrar aquí! – Gritó el señor Duncan y Rosalin corrió tan rápido como el esguince y el dolor en sus costillas se lo permitieron –
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