Capítulo 2: La Sombra del Guerrero

1907 Palabras
La luna plateada que había presenciado el exilio de Miosotis sobre Lykaios, ahora era el testigo implacable del tormento que devoraba al Príncipe Ragnar. En las entrañas del castillo real, una fortaleza que había sido un faro de seguridad para el reino, la oscuridad se tejía alrededor de su heredero. Cada luna llena, la maldición impuesta por la bruja Morgantha se manifestaba con una furia renovada, un recordatorio cruel de un pasado que nadie en la corte se atrevía a pronunciar en voz alta. Pero esta noche, la transformación no era simplemente un castigo; era una agonía descontrolada, un descenso aún más profundo en la desesperación. El Príncipe Ragnar, usualmente un hombre de porte majestuoso y una mirada penetrante, se había convertido en una figura encadenada a su destino. No por cadenas físicas, sino por las invisibles garras de la maldición. En sus aposentos más protegidos, lejos de los ojos de los sirvientes y los murmullos de la corte, la noche de luna llena lo consumía. El proceso comenzaba con un dolor ardiente que le retorcía las entrañas, como si su propia sangre hirviera en sus venas. Sus músculos se tensaban hasta el punto de desgarro, y un rugido primal, inhumano, escapaba de su garganta. No era el aullido controlado de un licántropo en plena transformación, sino un lamento de puro sufrimiento. Sus huesos crujían y se reacomodaban con un sonido espantoso, su piel se desgarraba y se regeneraba, cubierta por un pelaje grueso y oscuro que parecía absorber la luz. Pero a diferencia de sus hermanos de manada, la transformación de Ragnar no era un don; era una condena. Sus ojos, que una vez fueron de un azul vibrante, ahora brillaban con un rojo carmesí, llenos de una sed primordial que asustaba incluso a su propio padre, el Rey Theron. La criatura en la que se convertía no era el lobo poderoso y noble que se esperaba de un Príncipe de Lykaios. Era una abominación: una bestia desproporcionada, con garras afiladas como navajas, colmillos alargados que sobresalían de su mandíbula y una cola gruesa que se agitaba con furia. Era una visión aterradora, un reflejo distorsionado de la naturaleza salvaje que Morgantha había corrompido en su interior. Pero esta noche, algo era diferente. La furia y el dolor habituales se multiplicaban, y Ragnar, en su forma bestial, no solo rugía, sino que gemía. Se golpeaba contra los muros de su prisión de hierro y magia, no solo por la agonía física, sino por una desesperación que parecía rasgar su propia alma. La mordida de la maldición se había vuelto más profunda, sus efectos se intensificaban de maneras que ni los más sabios chamanes del reino habían previsto. El pelaje crecía en parches de piel expuesta, sus ojos fluctuaban entre el rojo furioso y un atisbo de la humanidad atrapada dentro, y un olor a azufre y sangre vieja emanaba de él, incluso después de que la transformación se completaba. Los guardias asignados a su protección, guerreros curtidos en mil batallas, temblaban al escuchar sus aullidos y ver los estragos que causaba en las gruesas paredes de su confinamiento. La maldición no solo afectaba su forma física, sino también su mente. Durante esas noches, la cordura de Ragnar se deshilachaba. Recuerdos fragmentados de la bruja, de su rostro retorcido y su risa maligna, se mezclaban con visiones de caos y destrucción. Una bestia insaciable acechaba en lo más profundo de su ser, un hambre que nada podía saciar, una agresividad que lo impulsaba a la violencia. Era una batalla constante por mantener un ápice de sí mismo, una lucha por no sucumbir por completo a la oscuridad que lo habitaba. A veces, la bestia lograba tomar las riendas por completo, y los cortesanos hablaban en susurros de los aullidos que sacudían el castillo y de las grietas en el suelo de piedra. Mientras su hijo se debatía en su prisión, el Rey Theron y la Reina Elara se consumían en la desesperación. Eran monarcas justos y amados, pero la maldición de Ragnar era una herida abierta en el corazón de su reinado. En el gabinete de guerra del Rey, la tensión era palpable. Mapas estratégicos cubrían la mesa, pero la conversación giraba en torno a una amenaza que ninguna espada podía enfrentar. "¿Ninguna noticia de los elfos del Bosque Susurrante?", preguntó el Rey Theron, su voz tensa, dirigiéndose a su consejero principal, Lord Valerius, un hombre leal pero visiblemente cansado. "¿Ni siquiera sus curanderos más antiguos tienen una solución, una hierba, un conjuro?" Lord Valerius suspiró, el peso de las malas noticias curvando sus hombros. "Mis mensajeros regresaron anoche, Majestad. Los elfos lamentan profundamente el tormento del Príncipe, pero su magia no puede desentrañar la oscuridad de la maldición de Morgantha. Dicen que su naturaleza es única, un sello forjado con magia olvidada." La Reina Elara, que había entrado sigilosamente, con los ojos siempre cansados y el semblante sombrío, se sentó pesadamente en una silla cercana. "Siempre la misma respuesta. 'Única', 'irrompible', 'sin precedentes'. ¡Pero es nuestro hijo el que sufre!" Sus manos se apretaron sobre su regazo. "Lo escucho, Theron. Cada luna llena, los aullidos son peores. El rugido... el gemido de la bestia es ensordecedor." "Lo sé, mi amor", respondió el Rey, cruzando la sala para tomar la mano de su esposa. "También yo lo escucho. Y cada vez, la esperanza se desvanece un poco más." Volvió a mirar a Valerius. "¿Y los vampiros del Clan Sombra? ¿Se atrevieron a responder a nuestra súplica?" Valerius dudó. "Sí, Majestad. Su líder, el antiguo vampiro Lord Volkov, envió un mensaje. Afirma que la maldición tiene un origen ligado al 'equilibrio primordial' y que solo una 'conexión de alma pura' puede contrarrestar la corrupción. Desechó la idea de cualquier cura artificial o magia de sangre, declarando que solo una 'verdadera armonía' sanará a la bestia. Incluso mencionó una 'sanadora', pero fue vago en los detalles, más allá de la profecía." El Rey golpeó la mesa con el puño. "¡Tonterías! ¿Armonía? ¿Cómo se supone que Ragnar encontrará una 'conexión de alma pura' cuando su propia existencia es un tormento? Hemos intentado concertar matrimonios, Elara. Las candidatas huyen aterradas ante la primera manifestación de su tormento. ¿Quién se atrevería a acercarse a la bestia?" "La profecía ha sido clara durante generaciones, Majestad", interrumpió el Gran Chamán Kael, que había estado de pie en un rincón, con los ojos cerrados. "La maldición solo podría romperse si Ragnar encontrara a su pareja destinada, aquella con un espíritu puro y el don de la sanación, capaz de calmar a la bestia y restaurar su humanidad. Pero con cada transformación violenta, esa pareja parece más inalcanzable. La maldición no solo le roba su humanidad, sino que lo hace parecer incapaz de formar un vínculo, empujando a cualquier posible compañera lejos con su oscuridad." La Reina se puso de pie, su voz un susurro de dolor. "Mi hijo, mi valiente Ragnar... condenado a esto. ¿Y si nunca la encuentra, Kael? ¿Si esa 'sanadora' no existe, o si es demasiado tarde?" El Chamán Kael abrió los ojos, su mirada antigua y triste. "Solo los hilos del destino lo saben, Majestad. La luna es testigo de su sufrimiento y de la esperanza que se aferra a los corazones. Pero el tiempo... el tiempo se agota." Mientras tanto, lejos del lujo y la desesperación del castillo real, Miosotis Whiteclaw luchaba por su propia supervivencia. Sus piernas, acostumbradas a los paseos suaves por los senderos conocidos de su manada, ahora se sentían como plomo. Había estado caminando sin descanso desde el rechazo público de Kieran, impulsada por la vergüenza y el dolor. Sus ropas de viaje, que alguna vez fueron cómodas, ahora estaban rasgadas y sucias por la maleza del bosque profundo. La luna llena, que en su manada simbolizaba la unión y la fuerza, para ella se había convertido en un recordatorio constante de su humillación. Cada paso era una puñalada en sus ya doloridos pies, cada aliento una lucha. No había comido adecuadamente en días, y la poca agua que encontró en riachuelos la había dejado con un constante dolor de estómago. El frío de la noche, aunque no tan intenso como el de las profundidades del invierno, calaba hasta los huesos de su frágil cuerpo. Miosotis no sabía cuánto tiempo había caminado, solo que se había alejado de todo lo que conocía. El paisaje había cambiado; los robles centenarios de Lykaios habían dado paso a pinos más densos y una maleza espinosa, indicando que estaba llegando a los límites del reino. El aire se sentía diferente aquí, más denso, más salvaje, cargado con el aroma de tierras inexploradas y el eco de criaturas que nunca había encontrado en los territorios de su manada. La soledad era una carga más pesada que el hambre o el frío. Había estado tan acostumbrada a la protección y el ruido constante de la Manada Luna Plateada, que el silencio abrumador del bosque fronterizo la hacía sentirse aún más pequeña y vulnerable. Las lágrimas, que había intentado contener por orgullo, ahora caían libremente, mezclándose con la suciedad en sus mejillas. El eco de las palabras de Kieran resonaba en su mente: "Te rechazo, Miosotis Whiteclaw." La verdad de que no era lo suficientemente buena, no lo suficientemente fuerte, no lo suficientemente Alpha para el heredero de su manada, la carcomía desde adentro. El cansancio finalmente la venció. Tropezó con una raíz expuesta y cayó, la mochila resbalándose de sus hombros. La daga ceremonial de su abuela, que había guardado por seguridad, se le escapó de la mano y se perdió en la maleza oscura. No tuvo fuerzas para buscarla. Se acurrucó contra el tronco de un árbol gigante, sus ojos fijos en la luna llena que se alzaba alta en el cielo. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, no solo por el frío, sino por el miedo. Había llegado a los límites de lo conocido, y lo desconocido se cernía sobre ella como una sombra. El hambre era una punzada constante, el cansancio una niebla espesa que amenazaba con arrastrarla al sueño. Las ampollas en sus pies ardían con cada movimiento, y un corte profundo en su brazo, producto de una caída anterior en una rama espinosa, palpitaba con un dolor constante. La fiebre comenzaba a asentarse, calentando su piel y haciendo que sus pensamientos se volvieran confusos. Murmuró el nombre de su abuela, buscando consuelo en el recuerdo de la mujer que la había amado incondicionalmente. Mientras la conciencia se desvanecía, Miosotis pudo percibir un nuevo olor en el aire, denso y extrañamente metálico, mezclado con la tierra húmeda del bosque. No era el olor de la manada, ni el de los animales salvajes que conocía. Era un olor desconocido, inquietante, que la hacía erizar el vello de la nuca. "¿Qué... qué es eso?", balbuceó, la voz ronca por la deshidratación, pero no hubo respuesta. Solo el viento susurrando entre los pinos. Pero estaba demasiado exhausta, demasiado herida, para reaccionar. Las últimas imágenes en su mente fueron la luna llena y el frío abrazo de la noche, antes de que la oscuridad finalmente la reclamara, dejando a la frágil omega inconsciente en la peligrosa frontera del Reino de Lykaios. El destino, sin embargo, tenía otros planes para ella, entrelazando su huida con el tormento de un príncipe maldito, cuyas vidas estaban a punto de colisionar.
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