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La Maldición del Príncipe Guerrero

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Descripción

En el Reino de Lykaios, la omega Miosotis es públicamente rechazada por el futuro Alfa, obligándola a huir. Su desesperado escape la lleva al encuentro del Príncipe Ragnar, un guerrero maldito que se transforma en una bestia incontrolable. ¿Podrá el latente don de sanación de Miosotis, un eco de su linaje ancestral, calmar la furia de Ragnar y liberar a las criaturas bajo el yugo oscuro? A medida que forjan una alianza impensable y luchan en una guerra épica, ¿será la fusión de sus almas la clave para romper la maldición y unificar un reino fragmentado, o los viejos prejuicios y las fuerzas de la oscuridad los consumirán a ambos?

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Capítulo 1: El Rechazo de la Luna
La luna llena se alzaba sobre el Reino de Lykaios como un ojo plateado que todo lo veía, bañando los antiguos robles del bosque sagrado con una luz que parecía mercurio líquido derramándose entre las hojas. Era la noche más importante del año para la Manada Luna Plateada, y también sería la noche que cambiaría para siempre el destino de Miosotis Whiteclaw. El castillo real se erguía en la distancia, sus torres góticas perdiéndose entre las nubes bajas, mientras que en el corazón del territorio de la manada, la Casa del Beta resplandecía con la calidez de cientos de antorchas. Esta era la morada de la familia Whiteclaw, segunda en poder solo después de la familia real, y esta noche celebraba el decimoctavo cumpleaños de su hija menor, Miosotis. Miosotis se contempló una última vez en el espejo de su habitación, sus dedos temblorosos ajustando los pliegues del vestido color marfil que su madre había elegido para la ocasión. El reflejo que le devolvía la mirada era el de una joven omega de belleza etérea pero frágil: cabello dorado como espigas de trigo al sol, ojos del color del cielo de verano, y una figura delicada que parecía estar hecha más para ser protegida que para enfrentar las crueldades del mundo. Había algo más en ella, una serenidad inusual y un atisbo de conexión con la naturaleza que pocos notaban, y que susurraba una verdad sobre su verdadera esencia, algo que iría mucho más allá de las expectativas de una omega. “Miosotis, querida, es hora de bajar”, la voz de su madre, Luna Isabella Whiteclaw, resonó desde el otro lado de la puerta de caoba tallada con runas ancestrales. Su tono llevaba esa mezcla particular de orgullo maternal y ansiedad que había caracterizado sus interacciones durante las últimas semanas. La presión de la manada, la expectativa de una unión perfecta, se sentía en cada palabra. “Ya voy, madre”, respondió Miosotis, aunque sus pies parecían haberse convertido en plomo. Esta noche no era solo su cumpleaños; era la noche en que oficialmente sería presentada ante la manada como una omega adulta, disponible para encontrar su pareja destinada. Y todos, absolutamente todos, esperaban que esa pareja fuera Kieran Silvermoon, el hijo del Alfa y futuro líder de la Manada Luna Plateada. Al descender por la escalinata principal de mármol blanco veteado en gris, Miosotis pudo escuchar el rumor de voces que se alzaba desde el gran salón. El aroma de cordero asado, hierbas aromáticas y el vino de miel especial que solo se servía en ocasiones importantes flotaba en el aire, mezclándose con los olores naturales de los miembros de la manada: tierra húmeda, pino fresco, y esa esencia salvaje que ningún perfume humano podría replicar. El Beta Aldwyn Whiteclaw, su padre, la esperaba al pie de las escaleras. Era un hombre imponente incluso para los estándares de los hombres lobo, con hombros anchos que hablaban de décadas de entrenamiento militar y cicatrices que narraban historias de batallas ganadas en nombre de la manada. Sus ojos, del mismo azul intenso que los de Miosotis, se suavizaron al verla. “Estás hermosa, pequeña flor”, murmuró, usando el apodo cariñoso que le había dado cuando era niña. “Tu madre tiene razón al estar orgullosa.” Miosotis sonrió, aunque la expresión no llegó completamente a sus ojos. “Gracias, papá. ¿Está… está él aquí ya?” No necesitaba especificar de quién hablaba. Kieran Silvermoon había sido una presencia constante en su vida desde la infancia, el hijo dorado del Alfa Magnus que parecía destinado a la grandeza desde que dio sus primeros pasos. Alto, fuerte, con el cabello n***o como la noche y ojos plateados que reflejaban la luna, era el epítome de lo que todo omega desearía en un Alfa. Al menos, eso era lo que todos esperaban que ella sintiera. “Llegó hace una hora con sus padres”, confirmó su padre, ofreciéndole su brazo. “El Alfa Magnus está ansioso por hacer el anuncio oficial.” Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Miosotis. El anuncio oficial. Durante semanas, las familias habían estado en negociaciones discretas, planificando lo que sería la unión perfecta entre las dos familias más poderosas de la manada. Era una alianza que fortalecería los lazos de poder y aseguraría la continuidad del linaje Alfa. Era lógico, era apropiado, era lo que todos esperaban. Entonces, ¿por qué se sentía como si estuviera caminando hacia su propia ejecución? Al entrar al gran salón, Miosotis fue recibida por una explosión de sonidos y colores. Más de doscientos miembros de la manada llenaban el espacio, sus voces creando una sinfonía de celebración. Los guerreros más veteranos, con sus cicatrices de batalla brillando bajo la luz de las antorchas, alzaron sus copas en saludo. Las madres de la manada, elegantes en sus vestidos de seda y terciopelo, inclinaron sus cabezas con aprobación. Los jóvenes, tanto Alfas como Betas y algunos Omegas, la observaron con una mezcla de curiosidad y respeto. Pero fue hacia el centro del salón donde se dirigió su mirada, inevitablemente atraída hacia el grupo que se había formado alrededor del Alfa Magnus Silvermoon. Alto y dominante, con cabello plateado que reflejaba su edad y sabiduría, el Alfa irradiaba un poder que hacía que otros automáticamente se inclinaran en su presencia. A su lado estaba su Luna, Seraphina, una mujer de belleza madura y ojos astutos que había sido una guerrera feroz en su juventud. Y junto a ellos, como una estatua de mármol cobrada vida, estaba Kieran. A los veintiún años, Kieran Silvermoon era todo lo que se esperaba del heredero de una manada poderosa. Su físico era el de un guerrero nato: músculos definidos bajo la túnica ceremonial de terciopelo n***o, postura erguida que hablaba de confianza innata, y esos ojos plateados que parecían capaces de ver a través del alma de cualquiera. Su rostro, cincelado como el de un dios griego, había hecho suspirar a más de una omega en el territorio, y su reputación como luchador era legendaria incluso fuera de los límites de la manada. Cuando sus ojos se encontraron a través del salón, Miosotis sintió… nada. No hubo chispa de reconocimiento, no hubo esa conexión mística que los ancianos describían cuando hablaban de parejas destinadas. Solo la fría evaluación de un Alfa estudiando a una potencial compañera. Ella no lo sabía, pero para Kieran, la ausencia de ese "clic" instintivo, de la conexión visceral que sentía por su verdadera pareja, era una señal irrefutable. Su mente Alpha, entrenada para reconocer la más mínima señal de destino, ya había sentenciado su unión. “¡Atención, miembros de la Manada Luna Plateada!”, la voz del Alfa Magnus se alzó por encima del rumor de conversaciones, y el silencio se extendió por el salón como ondas en un estanque. “Esta noche celebramos no solo el decimoctavo cumpleaños de Miosotis Whiteclaw, sino también un momento trascendental para nuestra manada.” Miosotis sintió que todas las miradas se posaban sobre ella, y su respiración se volvió superficial y rápida. Su madre apareció a su lado, colocando una mano tranquilizadora en su hombro, pero incluso ese gesto familiar no logró calmar los nervios que se agitaban en su estómago como mariposas enjauladas. “Como muchos de ustedes saben”, continuó el Alfa, “las familias Silvermoon y Whiteclaw han estado en conversaciones durante meses sobre una alianza que beneficiaría a toda nuestra manada. Esta noche, me complace anunciar que mi hijo Kieran…” “Padre, detente.” La voz de Kieran cortó el aire como un cuchillo, clara y firme. Un murmullo de confusión se extendió por el salón, y Miosotis sintió que su corazón se detenía. Algo en el tono de Kieran, algo en la forma en que sus ojos habían cambiado de evaluación fría a algo casi parecido a la pena, le dijo que lo que venía a continuación cambiaría su vida para siempre. Kieran se adelantó, su presencia comandando la atención de todos los presentes. Cuando habló, su voz llevaba el peso de la autoridad Alfa, pero también una frialdad que hizo que el aire mismo pareciera cristalizarse. “Miosotis Whiteclaw”, dijo, dirigiéndose directamente a ella, “eres una omega de belleza indiscutible y de una familia honorable. Cualquier Alfa estaría orgulloso de tenerte como Luna.” Hubo una pausa, un momento de silencio que se extendió como la eternidad. Miosotis pudo escuchar su propio corazón latiendo en sus oídos, pudo sentir la expectación de doscientas personas esperando palabras que cambiarían el curso de dos familias poderosas. “Pero yo no soy cualquier Alfa”, continuó Kieran, y sus palabras siguientes cayeron como piedras en agua quieta. “Y tú no eres mi pareja destinada. Mi lobo lo sabe, y yo lo sé. Te rechazo, Miosotis Whiteclaw. Te rechazo como mi compañera, como mi Luna, y como la futura madre de mis herederos.” El silencio que siguió fue ensordecedor. Miosotis sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies, como si el aire mismo se hubiera vuelto demasiado denso para respirar. Las palabras de Kieran resonaron en su mente una y otra vez: “Te rechazo, Miosotis Whiteclaw.” A su alrededor, pudo ver las expresiones de shock, confusión y en algunos casos, pena, en los rostros de los miembros de la manada. Su madre hizo un sonido que era mitad grito ahogado, mitad gemido de dolor. Su padre se tensó como si estuviera a punto de atacar, y tuvo que ser contenido por la mano del Alfa Magnus. Pero fue la expresión en el rostro de Kieran lo que más la hirió. No había malicia allí, no había crueldad deliberada. Solo una fría determinación y algo que podría haber sido disculpa, mezclada con la convicción inquebrantable de un Alfa que ha encontrado su verdadero camino, como si lamentara tener que lastimarla pero estuviera convencido de que era necesario para el bien de su propio lobo y el futuro de la manada. “Kieran”, la voz del Alfa Magnus era un rugido contenido, “¿qué significa esto?” “Significa, padre, que he encontrado a mi verdadera pareja destinada”, respondió Kieran, sin apartar la mirada de Miosotis. “Evangeline Moonshadow, de la Manada del Norte, llegó ayer. Desde el momento en que nuestros ojos se encontraron, supe que ella era mi otra mitad. No puedo, y no voy a, comprometerme con otra cuando mi corazón y mi lobo ya han elegido.” Las palabras fueron como puñaladas físicas. Miosotis sintió que sus rodillas amenazaban con ceder, pero de alguna manera logró mantenerse en pie. A su alrededor, el salón había estallado en murmullos de shock y especulación. Algunos de los guerreros más jóvenes silbaron por lo bajo, claramente impresionados por la audacia de Kieran. Las madres de la manada sacudían sus cabezas con desaprobación. Los ancianos intercambiaban miradas significativas. “Miosotis”, la voz de Kieran se suavizó ligeramente, “espero que entiendas que esto no es personal. Eres digna de amor, pero no del mío. Encontrarás a tu verdadera pareja, alguien que pueda amarte como mereces ser amada.” Pero Miosotis ya no estaba escuchando. La humillación pública, el rechazo frente a toda la manada, el anuncio de que él había encontrado a otra, todo se combinó en una tormenta perfecta de dolor y vergüenza que amenazaba con abrumarla completamente. Sin decir una palabra, sin siquiera mirar a sus padres devastados o a los rostros de pena de los miembros de la manada, Miosotis se dio la vuelta y corrió. Sus tacones repiquetearon contra el mármol mientras cruzaba el salón, sus pulmones luchando por aire mientras las lágrimas que había contenido finalmente comenzaron a fluir libremente. Detrás de ella, pudo escuchar las voces alzándose en discusión acalorada. La voz furiosa de su padre, el tono de disculpa del Alfa Magnus, los murmullos de los invitados procesando el drama que acababan de presenciar. Pero todo eso se desvaneció en un rugido distante mientras Miosotis subía las escaleras de dos en dos, dirigiéndose hacia su habitación con un solo pensamiento martillando en su mente: tenía que huir. En su habitación, con manos temblorosas, Miosotis cambió el hermoso vestido por ropa de viaje: pantalones de cuero, botas resistentes, y una capa con capucha que había usado para escapadas secretas al bosque. Empacó solo lo esencial en una mochila de viaje: algo de dinero que había ahorrado, ropa extra, su daga ceremonial, y el collar de su abuela, lo único que le quedaba de la mujer que había sido su confidente y protectora durante su infancia. Este collar, grabado con runas antiguas de protección y conexión con los espíritus del bosque, era un eco de un linaje que aún no comprendía. Mientras se preparaba para partir, no pudo evitar escuchar las voces que se alzaban desde el salón de abajo. Su padre estaba furioso, exigiendo satisfacción por el insulto a su familia. Su madre lloraba, no solo por la humillación pública sino por el dolor que sabía que su hija estaba sintiendo. Y por encima de todo, la voz calmada pero firme de Kieran, explicando sus acciones sin mostrar arrepentimiento, guiado por la ineludible llamada de su propia pareja. Cuando estuvo lista, Miosotis se acercó a la ventana de su habitación, que daba al bosque que rodeaba la propiedad de su familia. La luna llena seguía brillando con intensidad, iluminando un sendero que se perdía entre los árboles antiguos. Era un camino que había recorrido cientos de veces durante su infancia y adolescencia, un camino que la llevaba lejos de todo lo que conocía. Con una última mirada a la habitación que había sido su refugio durante dieciocho años, Miosotis abrió la ventana y se deslizó hacia el exterior, usando las enredaderas que crecían por la pared como escalera improvisada. Sus pies tocaron el suelo suavemente, y sin mirar atrás, se dirigió hacia el bosque. La noche del bosque la recibió con brazos fríos pero familiares. Los sonidos de la celebración que se había convertido en desastre se desvanecieron gradualmente detrás de ella, reemplazados por el susurro del viento entre las hojas, el ulular distante de un búho, y el crujir de ramitas bajo sus pies. Con cada paso que se alejaba de la Casa del Beta, Miosotis sintió que una parte de su vida quedaba atrás para siempre. No sabía hacia dónde se dirigía, solo sabía que no podía quedarse. No podía enfrentar las miradas de pena, las disculpas bien intencionadas, o la realidad de que toda la manada ahora la veía como la omega que había sido rechazada públicamente por el futuro Alfa. El peso de la humillación era demasiado grande para llevarlo, y la única solución que podía ver era desaparecer. Mientras caminaba más profundo en el bosque, una parte de su mente se preguntaba si esta era realmente la solución. ¿Qué haría sola en el mundo, sin la protección de su manada, sin la seguridad de su familia? Era una omega, considerada frágil y necesitada de protección por naturaleza. ¿Cómo sobreviviría? Pero otra parte de ella, una parte que había estado dormida durante años de expectativas y reglas sociales, susurraba que tal vez esto era exactamente lo que necesitaba. Tal vez el rechazo de Kieran, por doloroso que fuera, era la llave que la liberaría de una vida que nunca había elegido realmente. La luna la observaba, y por primera vez en su vida, Miosotis sintió una conexión extraña con su luz plateada, una promesa silenciosa de un camino diferente. Con la luna llena como su única compañía y el futuro extendiéndose ante ella como un pergamino en blanco, Miosotis Whiteclaw se adentró en la noche, sin saber que su verdadero destino apenas comenzaba a desplegarse, y que las fuerzas que gobernarían su futuro ya estaban en movimiento en las sombras del Reino de Lykaios. Entre ellas, la figura atormentada del Príncipe Ragnar, cuya maldición se intensificaría con cada paso de la luna, y cuya bestia interior, por primera vez, comenzaría a clamar por la presencia de una omega que ni siquiera conocía.

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