—¿A quién le perteneces? —volvió a azotarla. Gotas rojas se deslizaban por la piel de Yia; debido a la fuerza de los azotes, su piel se estaba abriendo. —¡A usted, Amo! —sollozaba. Su cuerpo temblaba de dolor y sus piernas le fallaban. —¿Entonces por qué me desafías? —Tomó su rostro entre las manos para que lo mirara. Sus lágrimas le habían empapado las mejillas. —No hice nada... —susurró dolida—. ¿Por qué no me cree?... No hice nada... No lo hice... —repetía una y otra vez. De pronto, Jared dejó de ver a Yia y en su lugar apareció un niño. (Yo no fui, yo no fui… ¿Por qué no me crees, papá…?) La realidad lo golpeó y dejó caer el látigo al piso. Miró nuevamente a la mujer que estaba casi delirando. Se había dejado consumir por la ira. Soltó a Yia de los brazaletes y ella estuvo a pun

