- Vamos, muñeca, vuelve conmigo – musitó mientras la despojaba de las medias y el liguero. La tomó en sus brazos y con largas zancadas la llevó al cuarto de baño. La depositó con cuidado en la bañera y dejó el agua correr. Se acuclilló a su lado y observó el brazo. Se incorporó y tomó una toalla que humedeció y limpió con cuidado la herida. No estaba seguro de cuán profunda era, pero las marcas de sus dientes se distinguían claramente. - Zia, pequeña – volvió a humedecer la toalla y limpió su rostro - ¿Por qué lo hiciste? – Vio sus párpados moverse, luchando por abrir los ojos. - Me dijiste… que no hiciera ruido – murmuró tan bajo que por un momento creyó que lo había imaginado. Tomó otra toalla y la colocó bajo su cuello. - Déjame hacerme cargo, ¿de acuerdo? Solo descansa –

