- ¡Señor Santana! – llamó, haciendo que él se detuviera y en cuanto estuvo frente a él, dijo con voz algo entrecortada – Mañana es mi día libre… yo podría…
Javier frunció el ceño.
Sí, era una locura y ella no era impulsiva, pero en ese momento, le parecía que era lo correcto. Sentía la necesidad de ayudar a ese hombre y a sus hijos. Realmente quería hacerlo.
- Dijo que tenía una reunión importante – se explicó – Yo podría… yo podría cuidar de los niños –
- Oh, no, no – dijo él rápidamente y Adriana se sintió como una tonta.
- Lo siento, tiene razón. No soy más que una desconocida –
- Se lo agradezco, pero es su día libre, yo no podría…
- Entiendo, entiendo. Usted necesita alguien de forma permanente, alguien de su confianza… Tal vez pueda consultar a mis amigas, ellas tienen hijos y tal vez sepan de un buen servicio de niñera… pero no sé si será posible encontrar alguien apropiado para mañana…
Se reprendió a sí misma por balbucear de forma tan torpe.
Javier la observó un instante y volvió a sonreír, lo que la intrigó.
¿Pensaba que era una tonta? ¿O una chica perturbada? No podía ser eso. Ella era una enfermera, bueno… eso no era garantía, ¿o sí?
- ¿Lo dice en serio? –
Adriana asintió rápidamente.
- Solo quiero ayudar. Sé que usted no me conoce, pero soy enfermera. Podré cuidar de los niños… Le daré mi información, por si quiere verificar en el hospital –
- Solo dame tu número, Adriana – dijo él y la joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Le miró con grandes ojos. La sonrisa no se había borrado de su rostro y ella también sonrió.
Le dictó su número y luego de anotarlo en su teléfono, Javier observó la pantalla un instante.
- Le enviaré la dirección. Me tomará unas horas, pero trataré de regresar pronto a casa, no quiero que ocupe todo su día libre cuidando de mis hijos –
- Está bien, señor Santana –
- Javier. Por favor, llámame Javier –
Y fue así como al siguiente día, muy temprano, Adriana detuvo su auto frente a la hermosa residencia de los Santana. Era una casa moderna, de buen tamaño, pero sin excesos. El portón eléctrico se abrió antes que ella llamara y luego de estacionar, tomó su bolso y se dirigió a la puerta donde Javier ya le aguardaba.
Vestía un elegante traje, su cabello algo húmedo y bien peinado.
- Buenos días – saludó ella, sintiéndose excesivamente consciente de su simple atuendo: pantalones de mezclilla y una camiseta rosa.
- Buenos días, adelante – le indicó el hombre.
Rápidamente le habló de la rutina de los niños, donde encontrar los implementos básicos y le aseguró que solo necesitaría unas horas, pero ella le tranquilizó. Sabía que él dudaba en retirarse y dejar a una desconocida en su casa, sola con sus hijos, pero el insistente timbrar de su teléfono, lo obligó a decidirse.
Una vez que la puerta se cerró tras Javier y que Adriana se quedó sola en medio de la sala, algo de pánico se apoderó de ella.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué dedicar su día libre a cuidar a unos niños con los que no tenía relación alguna? Sí, su padre era un hombre atractivo, pero esa no era razón suficiente…
Pero en cuanto los niños requirieron de su atención, sus dudas se disiparon. Esteban era vivaz e inteligente, Mariana era una dulce muñequita, inocente y llena de sonrisas. Solo bastó un instante y era como si se conocieran de toda la vida.
Javier regresó cuando ya había anochecido, apenado y lleno de disculpas, con una apetitosa comida de un elegante restaurante a manera de compensación.
A partir de ese día, Adriana se encontró pasando su tiempo libre con la familia Santana. Incluso, en alguna ocasión, cambió su guardia con alguna compañera para poder cuidar de los niños mientras Javier atendía asuntos de su empresa.
Era el director de una inmobiliaria en expansión y en ese momento, estaban desarrollando un complejo de oficinas en una zona muy exclusiva de la ciudad que sería la catapulta a lo que él llamaba “las grandes ligas”
Esteban y Mariana se acostumbraron a su presencia rápidamente. Eran amorosos e inquietos y ella no pudo evitar amarlos con todo su corazón. Eran tan pequeños e inocentes y sabía que Javier era un gran padre, pero era innegable que la ausencia de su madre les pesaba.
Fue a través de Tatiana, la dulce mujer que se encargaba de la limpieza, que Adriana descubrió la triste historia de Laura. Javier y Laura eran la pareja perfecta, profundamente enamorados el uno del otro, con un futuro promisorio. Sin embargo, poco tiempo después del nacimiento de Mariana, a Laura le detectaron un agresivo cáncer que acabó con su vida en unos pocos meses.
Así, Javier se vio solo, con dos pequeños que demandaban atención y cuidados mientras lidiaba con la pérdida de su esposa y el proyecto que impulsaría a su empresa, todo al tiempo. Fueron los meses más difíciles de su vida y en muchas ocasiones, creyó que no podría más.
Conocer su historia y ver el padre tan dedicado que era, solo hizo que su admiración y aprecio por Javier aumentara.
Disfrutaba mucho del tiempo que pasaba con Javier y con los niños. De hecho, solo podía pensar en ellos. Durante los escasos momentos de calma en el hospital, planeaba mil actividades para los niños. Comenzó a cocinar para Javier. No había nada más reconfortante para el hombre que llegar a casa luego de un largo día en la oficina y disfrutar de una apetitosa cena casera y una agradable conversación con una copa de vino.
Esa era una noche lluviosa y Adriana había dejado las horas pasar mientras disfrutaban de una película en el mullido sofá.
- Debo irme – susurrró luego de ver la hora en su teléfono.
- Pero está lloviendo –
- Sí, pero es tarde – se incorporó con algo de pesar – No te preocupes, conduciré con cuidado –
- Sería mucho mejor si no tuvieras que irte – dijo él por lo bajo.
Adriana se volteó a mirarlo, con grandes ojos.
- ¿Qué dijiste? – su corazón palpitaba acelerado.
Hasta entonces, su relación con Javier no era más que de amistad. Sus conversaciones eran amenas, la mayor parte del tiempo sobre los niños, pero compartían aficiones y a ella le gustaba escucharle hablar de su día.
No podía negar que se sentía muy atraída hacia él, pero era respetuosa de su duelo. Sabía cuánto había amado a su esposa y comprendía que en ese momento de su vida, no pensaba en una relación. Apenas estaba aprendiendo a cuidar de sus hijos y entre ellos y su trabajo, no había espacio para nada más.
Pero la forma en que la miraba en ese momento, la hacía temblar. Sus ojos oscuros la observaban fijamente, sus labios entreabiertos y su cuerpo inclinado hacia ella.
- ¿Qué dijiste? – repitió con un susurro ahogado.
- Solo quisiera que pudieras quedarte con nosotros todo el tiempo – respondió él muy bajo, con tono grave.
- Javier…
- ¿No sería increíble? – extendió su mano hasta tocar su mejilla y con un movimiento suave, la deslizó hasta llegar a su cuello. Con un gesto firme la atrajo hacia él y la besó.
No hubo fuegos pirotécnicos, ni campanas redoblaron a su alrededor. Fue un beso lento, algo calculado, como si ambos se negaran a dejarse llevar, temiendo la reacción del otro, pero fue un beso al fin.
- ¿Lo considerarías? – preguntó Javier cuando se apartaron.
- ¿Qué me estás pidiendo, Javier? –
- Múdate aquí, conmigo y con los niños –
- ¿Estás seguro? ¿Realmente lo quieres? –
- Lo estoy. Lo deseo. Quiero que estés aquí, en casa, conmigo, con Esteban y Mariana – estrechó su mano – Solo piénsalo –
Adriana no era una chica impulsiva, no tomaba riesgos. Cada paso, cada decisión que había tomado en su vida había sido cuidadosamente analizada. Soñaba con enamorarse y tener una familia, pero tampoco era tan ingenua para creer que el príncipe azul simplemente aparecería en su puerta.
Sin embargo, era imposible resistirse a Javier. Era el epítome de todo lo que imaginó en su pareja y amaba profundamente a sus pequeños. Le era sencillo imaginar una vida a su lado, una vida juntos, como una familia. Al lado de Javier, ella podría darle a Esteban y Mariana la estabilidad y cariño que tanto necesitaban.
Así que no había nada qué pensar. Tan solo unos días después, empacó su ropa y algunos objetos personales y se mudó a la casa de los Santana para la alegría de los pequeños.
Tres meses después, tomó una decisión aún más trascendental: dejó su trabajo en el hospital. No quería depender de una niñera y Javier cada vez dedicaba más horas al proyecto. Se dedicaría tiempo completo a su familia.
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Durante dos años se había dedicado en cuerpo y alma a Javier y a los niños. Consideraba a Esteban y Mariana sus hijos, aunque no compartieran su sangre.
Su relación con Javier era estable, llena de respeto y camaradería. No eran del tipo apasionado, no era así el temperamento de ninguno de los dos, su relación iba más allá de lo meramente físico. Pero ahora, dos años después él había conocido a alguien más. Alguien que lo hacía sentir “vivo”. Eso era quizás, lo que más le dolía. ¿Qué quería decir? ¿Qué ella no lo hacía sentir así? ¿Ella no le daba felicidad?
¿Qué clase de mujer era esa tal Mónica que lo había impresionado de tal manera que estaba dispuesto a tirar su relación, lo que habían construido durante todo ese tiempo luego de tan solo unas semanas?