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Ladrón de corazones

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Descripción

Una noche puede cambiarlo todo.

***

Es que ha llegado ya la hora,

De darle tregua a esta batalla.

Aunque razones hay de sobra,

Nadie ha tirado la toalla...

Sin ti - Tommy Torres

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Prólogo
'-Vivir sola es peligroso hija, puede pasarte algo, mejor quédate con nosotros. Por lo menos hasta que termina la carrera. -Vamos mamá, no pasa nada. Además el alquiler lo pago con lo que gano en la librería, no me cuesta. Y bueno, quiero mi espacio. Pero por lo de seguridad, no te preocupes, no me pasará nada, te lo prometo. Y ahí estaba yo, una joven de 21 años, estudiante de medicina en una universidad estatal, armada con un palo de escoba, detrás de una pared, esperando que los ladrones que quieran entrar a mi casa, lo hagan de una maldita vez ... . Estaba leyendo un tomo de 'Bases bioquímicas', cuando escucho algo en mi patio. Sin prender la luz, fui hacia la ventana que daba hacia el jardín. Mi corazón se estrujó al ver dos personas vestidas de n***o, entrando a mi propiedad. No puedes quedarte quieta, haz algo. Pensé que su próximo objetivo llegaría a la casa, por lo cual, en silencio, fui a la cocina a buscar algo, lo que sea. Un cuchillo Y un palo de escoba. Mi ojos picaban, quería gritar, quería llorar, quería esconderme ya la vez arrancar. Guardé el cuchillo entre el pantalón y la piel de mi espalda. Lo tapé con mi polerón, el cual era grande y cómodo. El palo de escoba lo aferré fuertemente con mis manos y corrí a esconderme tras una pared, donde ellos lograban abrir la puerta, los sorrendería. No permitiría que me tomeran por sorpresa. Mis manos dolían por apretar tan fuerte mi 'arma'. Sin querer, miré la hora. Las 2:37 am, dictaba el reloj digital. Se me fue la hora estudiando, y no prendí las luces, si lo hubiera hecho, esto no me iba a pasar. Estúpida No me tomaría la molestia de llamar a la policía, no contestarían, nunca lo hacían. Mi corazón martillaba dentro de mi pecho. Un ruido. Escuchar sus pasos rodeando mi casa sólo logró que mi cuerpo se estremeciera. Sentía sus miradas por las ventanas, recorriendo el lugar, las cosas, lo que se podían llevar. Me sentí expuesta y vulnerable. Tranquilízate, tus cinco sentidos alertas, Nicol. Otro ruido, ésta vez, cerca de la puerta de entrada. Mi frente sudaba y mi respiración no existía. Tercer ruido, estaban intentando abrir la puerta... Los nervios iban a poder conmigo. En cualquier minuto colapsaría, me desmayaría y me abandonaría a mi suerte. La puerta se abrió. ¿Cómo lo hicieron? No estaba abierta y tenía seguro doble. Además no hicieron ningún ruido fuerte. Dos pasos, tres pasos, cuatro pasos y mi momento de actuar llegó. Impacté el palo de escoba en la garganta del primero, lanzándolo hacia atrás, provocando que se cayera al piso quejándose. El segundo se abalanzó a mí y yo fui corriendo hasta interponer un sillón entre ambos. En un descuido de mi parte, el hombre me alcanzó, pero tras batallar un poco, mi pie dio con su parte sensible, lanzándolo al suelo. Antes de poder girarme sentí los dedos del primer hombre tapando mi boca. Mordí sin remordimientos. Me soltó, mi codo impactó con su estómago, quitándole el aire, para en seguida, darle un puñetazo en en la cara. Calculé mis opciones. No tenía palo de escoba pero sí el cuchillo. El primer hombre estaba al frente mío quejándose por la mordedura y recuperando el aire que le faltaba. Y el segundo hombre estaba en... Fue justo cuando sentí un fuerte golpe en la nuca y mi visión se nubló. Cuatro manos estaban afirmando mi cuerpo, intenté luchar, pegué patadas y puñetazos sin importarme a dónde llegaban, pero ya era demasiado tarde, no podía con la fuerza de dos hombres juntos. Era imposible. Me taparon la boca con un género y me amarraron a una silla. Mi cabeza dolía y mis ojos comenzaban a aguarse. No quería llorar, no debía llorar. No debía mostrar algún signo de debilidad. -Amárrala bien.- Ladró el segundo hombre. Por su voz pude suponer que ya era mayor. Además, su físico no era de alguien joven.- Voy a ver qué encuentro.- ¿Qué podía encontrar? Nada, y después de todo, lo material va y viene. De golpe me sentí estúpida por haber pensado que podría haberles ganado. Yo sola contra dos hombres. ¿En qué estaba pensando? ¿Por qué no pedí ayuda? Mi cabeza dolía. Mi cabeza dolía. Mi cabeza dolía. ¿Qué pasará después de ésto? ¿Qué me harán luego de registrar la casa? No podía hacer nada, estaba amarrada. Mis opciones de redujeron a... gritar. Y ni eso, pues el género amortiguaba muy bien el sonido. Pero no perdía nada con intentar. Con mucha suerte un vecino me escucha y pide ayuda por mí. Sin pensarlo dos veces comencé a gritar lo más fuerte que pude, lo más fuerte que mi cuerpo me permitía. El hombre viejo volvió a aparecer en mi campo de visión. -¡Haz que se calle! ¡Pero ya! ¡Muévete! ¡Y revisa que no tenga nada más! El primer hombre se acercó a mí, fue recién cuando me fijé que llevaba un pasamontañas, dejándome ver sólo sus ojos. Sus... verdes ojos. Tomó mi mentón con una mano, apretándolo fuerte y moviendo mi cara para mirarlo directamente a él. A sus ojos. -Si eres inteligente sabrás que no te conviene gritar, u oponer resistencia.- Su voz era firme, pero dejaba claro que tenía muchos años menos que el otro hombre.- Por tu bien, te recomiendo que no hagas nada... por favor.- Se suponía que era un ladrón. No debía tener consideraciones. Asentí lentamente para poder calmarlo y calmarme. Sus manos comenzaron a recorrerme en busca de algo. Un arma. El cuchillo. Se dirigió hacia mi espalda y dio con él.- Inteligente la hijita de mamá.- Dijo burlón. Se me pasaron por la cabeza infinidad de insultos. Lo dejó sobre la mesa al tiempo que el hombre viejo venía con mi joyero. No tenía nada importante para mí... Excepto la cadena que me dio mi abuela años atrás. Era lo único que me quedaba de ella. Mis ojos se aguaron otra vez. No se la podía llevar. No podía. -¿Tenía algo la mocosa?- Preguntó el viejo. La mirada del joven se dirigió al cuchillo y luego a mí antes de girarse y responder. -Nada. ¿Nada? ¿En serio? -En éste cuchitril sólo encontré estas joyas. Y una cadena muy interesante. La movió frente a mí. Mis ojos seguían el movimiento de la pequeña cadena. El hombre se acercó a mi y acarició mi mejilla. Yo la moví lo más rápido que pude. Su tacto me mareaba, me daba asco.  -Y la mocosa es bonita. ¿Eh? Seguro nos podemos divertir un poco.- Guardó la cadena en su bolsillo. No, no, no. Me moví aún estando amarrada en esta silla. -Déjala en paz.- Dijo el más joven.- Ya tenías lo que querías, ya nos podemos ir de éste lugar. -No sabes divertirte, soquete.- Escupió el más viejo. -Lo que digas, vámonos de aquí. Seguro que un vecino escuchó y llamó a la policía. -Último recorrido, espera aquí. El más viejo se internó en la habitación otra vez. Recordé la cadena en su bolsillo. Inevitablemente una lágrima corrió por mi mejilla. El hombre joven miró toda la habitación hasta dar con el libro 'Bases bioquímicas', que solicité en la biblioteca de la Universidad. Se acercó y al ver el título y el timbre de la institución, volvió a verme. Sus ojos verdes me miraban dudosos. Mis ojos estaba rojos y llorosos. Conseguí retener las lágrimas, pero aún así, los ojos me picaban. La voz no me salía, y lo único que quería era gritar. Me sentía más que vulnerable y expuesta. -No hay nada, larguémonos de aquí.- El hombre viejo volvió a hacer su aparición en la sala. -Sal tú primero.- Y para mi sorpresa, el hombre no protestó como pensé, haría. Se llevaba la cadena. Se la llevaba. El joven agarró el cuchillo y se paró al frente mío. ¿Qué me iba a hacer? Comencé a imaginar mi sangre regada por el living, mi cuerpo frío. A mi madre. Recordé a mi madre y su sonrisa. Las lágrimas corrían nuevamente por mis mejillas. No podía morir aquí, no así. Se acercó a mí más todavía, acercó el cuchillo a mi cuerpo. ¿Qué me haría? ¿Qué estaba pensando? El filo del cuchillo se acercó a la soga que ataba una de mis manos y la cortó. Miré mi piel. Ningún corte, ni el más mínimo rasguño. Solté el aire que había retenido sin darme cuenta. Me miró directamente a los ojos. Su mirada me congeló. Sus verdes ojos me hipnotizaron y a la vez me aterraron. Sobre todo me aterraron. Mi cuerpo estaba temblando, casi convulsionando. Se dirigió a la puerta, y con una última mirada, se largó.

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