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Alianza Mortal

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Descripción

Nada en su vida fue una elección… hasta ahora.

La noche antes de cumplir veinte años, Lucía sufre un accidente automovilístico que pone fin a su existencia. O al menos, eso cree. Cuando despierta, su realidad ha cambiado: ahora es la esposa de Dante Morelli, heredero de una poderosa familia mafiosa… y su nuevo profesor en la universidad.

Atada a un matrimonio que jamás pidió, rodeada de secretos y traiciones, Lucía está decidida a recuperar el control de su destino. Pero cada paso que da la acerca más a una verdad peligrosa, su muerte no fue un accidente, sino una conspiración. Y la clave para descubrir al culpable podría estar en el mismo hombre que la obliga a compartir su lecho.

Entre juegos de poder, deseo y odio, Lucía deberá elegir, venganza o amor, libertad o destrucción… y si Dante será su mayor enemigo o su única salvación.

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Club MidnightClub Medianoche
Lucía cerró los ojos en cuanto escuchó la voz irritante de su padre al otro lado del teléfono. César Carretti nunca hablaba con dulzura, nunca le preguntaba cómo estaba. Solo sabía gritarle, exigirle y castigarla cada vez que desobedecía sus órdenes. —¡Eres la hija de César Carretti! ¿Cómo puedes estar en un bar como ese, tomando como si nada? ¡Ven a casa de una vez! —rugió cesar atreves de su móvil, como si su autoridad fuera absoluta, como si ella no tuviera derecho a decidir. Lucía apretó los labios, conteniendo la oleada de rabia que la invadía. ¿Desde cuándo le importaba dónde estaba? Toda su vida había sido un simple peón en su tablero de poder, una marioneta que debía obedecer sin cuestionar. Pero esta vez no tenía intención de ceder. Esta vez, no volvería a casa tan fácil. Soltó un suspiro pesado y levantó la mano, llamando al Bartender. —Algo más fuerte esta vez —pidió, dejando su vaso vacío sobre la barra. El Bartender la miró con curiosidad, pero asintió sin hacer preguntas. A esas alturas, ella no necesitaba explicaciones, solo alcohol. A su lado, Natalia removía su cóctel más ligero, sin dejar de escanear el lugar con la mirada. Siempre atenta, siempre alerta. —¿Tu papá otra vez? —preguntó sin rodeos, sin siquiera necesitar una respuesta. Lucía soltó una risa amarga. —¿Cuándo no? Cree que aún puede controlarme. Natalia tomó un sorbo de su copa y arqueó una ceja. —Bueno, técnicamente puede… si es que te encuentra. Lucía sonrió de lado, pero su expresión estaba cargada de desafío. —Que lo intente. Lucía aún sentía el cosquilleo de la adrenalina en su piel mientras removía el hielo en su vaso. Había logrado escapar otra vez, pero esta vez no fue fácil. La residencia Carretti era más una fortaleza que un hogar. Cámaras en cada rincón, guardias en cada entrada y salidas restringidas a menos que su padre lo aprobara. Pero Lucía no iba a dejar que su vida estuviera atada a sus reglas. Cerró los ojos un momento, dejando que los recuerdos de su fuga se apoderaran de su mente. Horas antes, había esperado pacientemente en su habitación, fingiendo que estaba dormida. Sabía que los guardias hacían rondas cada veinte minutos. Sabía dónde las cámaras tenían puntos ciegos. Sabía que la única forma de salir sin que la detuvieran era saltándose cada maldita medida de seguridad que su padre había implementado. Cuando el reloj marcó las 11:45 p. m., se deslizó fuera de la cama y caminó de puntillas hasta la ventana. Había dejado las sábanas preparadas, anudadas con fuerza para formar una cuerda improvisada. No era la primera vez que lo hacía, pero sí la más arriesgada. Un respiro. Un solo segundo para dudar. No lo hizo. Se deslizó por la pared de mármol, sintiendo el frío del material contra sus dedos. Su corazón latía con fuerza, pero sabía que no podía fallar. Cuando sus pies tocaron el césped del jardín, soltó un suspiro aliviado. Había logrado superar la primera barrera. Pero el peligro no había terminado. El camino hacia la salida estaba plagado de sensores de movimiento y guardias. Se pegó contra los arbustos, moviéndose con cautela, esperando el momento exacto en el que los hombres cambiaran de turno. Tres, dos, uno… ahora. Caminó con paso firme por el sendero trasero, alcanzando la reja de servicio. Había sobornado a uno de los empleados para que dejara la cerradura sin seguro. No podía confiar en nadie de la familia, pero sí en alguien con deudas y desesperación. Cuando estuvo fuera, aceleró el paso sin voltear atrás. La mansión se quedaba atrás, con todas sus mentiras y cadenas. En cuestión de minutos, había tomado un taxi y dejado atrás la residencia más vigilada de la ciudad. Ahora, en la seguridad del Club Midnight, se permitió sonreír con arrogancia mientras daba un trago largo a su bebida. —¿En qué piensas? —preguntó Natalia, mirándola de reojo. Lucía apoyó el codo en la barra y sonrió de lado. —En que soy mucho más inteligente de lo que mi padre cree. Natalia sonreía con diversión mientras escuchaba a Lucía presumir de su escape. Conocía bien esa sensación de adrenalina, de victoria contra un enemigo invisible. Pero, aunque su amiga se sentía satisfecha por haber burlado la seguridad de su padre, ella tenía otras cosas en mente. Su mirada se desvió hacia la puerta del Club Midnight, como si esperara ver entrar a alguien en cualquier momento. No tenía intención de quedarse demasiado tiempo en aquel bar. Había planeado una cita con su nueva conquista, un chico que había conocido días atrás y que prometía ser una distracción interesante. —¿Cuánto piensas quedarte aquí? —preguntó, removiendo el hielo en su copa con aire despreocupado. Lucía suspiró, sin molestarse en levantar la mirada de su vaso. —Hasta que el alcohol haga lo suyo. Natalia arqueó una ceja. Siempre era lo mismo. Mientras ella buscaba diversión en nuevas aventuras amorosas, Lucía prefería refugiarse en la bebida, ahogando sus pensamientos en cada sorbo. Para Natalia, el amor era un juego; para Lucía, una pérdida de tiempo. —Sabes que podrías hacer algo mejor con tu noche, ¿verdad? —insistió, cruzándose de brazos. Lucía soltó una risa seca y amarga. —No todas buscamos entretenimiento en los brazos de un desconocido. Natalia negó con la cabeza, pero no discutió. Sabía que su amiga estaba rota de una forma que ni todo el licor del Midnight podría arreglar. Así que, con un último sorbo a su cóctel, tomó su bolso y se puso de pie. —Al menos no hagas ninguna locura antes de que vuelva. Lucía alzó su vaso en un falso brindis, su expresión vacía. —No prometo nada. Natalia no pudo evitar sonreír cuando el joven se acercó a ellas sin hacer ruido, como si fuera una sombra que emergía de la oscuridad. Algo en él era intrigante.

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