Prólogo
Fabiano Verastegui.
El amor puede ser criminal, doloroso, puede que sea el mismísimo infierno disfrazado de flores primaveral.
Yo la amaba, la verdad es que aún la amo, y la llevare conmigo a arder al infierno, la esperaré allí hasta los últimos de los días.
Angélica Rizzo era de esos tipos de mujeres para tenerlas lejos. Yo lo sabía, todo el mundo lo sabía, Rodrigo me lo hizo saber en miles de oportunidades, pero, aún así la amaba. Me case con ella y tuvimos a un hijo, Alejandro, fuerte, frío, calculador y muy inteligente. No había nada en el que me hicieran dudar, de que siempre saldría desapercibido en cualquier situación.
Alejandro no me preocupaba en su futuro, su madre si. Era veneno, solo pensaba en dinero, y eso era un grave error.
Estaría con vida aún si no fuera por ella. Angélica nos entregó a la policía, ayudo con la emboscada, aún sabiendo que yo no saldría de allí ileso.
Luego de ser arrestado y que me torturan millones de veces para saber del paradero Rodrigo. No les diría jamás a dónde se fueron, le entregué en sus manos la vida de mí hijo, y además de todos los años de hermandad juntos, jamás entregaría la vida de mí hermano Rodrigo a la policía.
Cuando estaba a punto de rendirme, decidí quitarme la vida y así cerrar el caso. Pero antes de ello, antes de que mis párpados cerrarán y mis últimos latidos se sintieran, o como dicen por ahí, ver la luz al final del túnel. Disfrute de mis últimos recuerdos, y me deleite con los capítulos de mí vida pasar ante mis ojos.
Recuerdo una de las fotografías que teníamos juntos, Rodrigo y yo, con los brazos cruzados sobre el hombro del otro.
Rodrigo y yo habíamos crecido juntos, en el negocio que ya no me pertenece.
Éramos hermanos, así nos sentíamos, era su hermano pequeño. Rodrigo era hijo único y solitario, y yo me convertí instantáneamente en su sombra.
Protegido bajo su ala, Rodrigo me había mostrado las cuerdas y hecho entregas y recogidas conmigo cuando aún éramos niños, pedaleando por nuestras vidas en bicicletas. De alguna manera éramos a la vez inocentes y turbios, una combinación peligrosa. Nuestros rostros eran angelicales, los actos turbios e ilícitos según la ley de Johnny.
Fueron estas largas historias de sueños e intrigas lo que nos hizo confiar implícitamente en el otro y me nombraron instantáneamente a su subjefe cuando llegó el momento de que Rodrigo tomara las riendas de la organización.
La decisión más inteligente que jamás había tomado.
No estaría sentado dónde se encuentra hoy si no fuera por mi…
Piernas hábiles de Fabiano, era llamado así porque tenía la costumbre de bailar con una melodía interna que nadie más podía escuchar, solo yo.
Algunas personas me encontraban molesto, otras personas me encontraban desconcertante, pero Rodrigo siempre lo había encontrado entretenido como el infierno.
Yo siempre había sido un tipo rápido y ágil con los pies. Esa cualidad innata me había permitido arrojarme milagrosamente en el camino de una bala destinada a Rodrigo durante una redada policial.
Estaban tratando de derribarlo, esos malditos fiambres de la policía de Texas, atraparlo en su red burocrática de rectitud de mierda, pero yo lo había empujado fuera del camino. Esa bala, la que apuntaba a su cabeza, golpeó en el muslo mientras se lanzaba sobre el escritorio como una especie de prima bailarina macho.
Yo, Fabiano Verastegui, sacrifique mis famosas apéndices para mantener a Rodrigo con vida y en el negocio. Nunca volví a caminar bien después de ese día ni pude bailar como solía hacerlo, lo cual fue triste en muchos sentidos para mi.
Rodrigo podía ver mi rostro mientras salíamos corriendo del almacén, retorciéndome de dolor mientras cojeaba, pero no nos habían atrapado, al menos no ese día.
Estuvo cerca, demasiado cerca para sentirse cómodo, entonces Rodrigo resolvió hacer algunos cambios permanentes de personal después de descubrir quién los había delatado.
Al menos, no tuvo reparos en deshacerse de los huevos podridos cuando aparecían. Los policías parecían recoger los más podridos en una canasta y poner una manta sobre ellos para mantenerlos calientes, cómodos y mimados durante la duración de sus largas carreras.
Eran más corruptos que la mafia, eso me enloquecía, la injusticia en todo el apestoso sistema. La gente normal estaba preparada para fallar a menos que pelearan, patearan y gritaran, y rompieran las supuestas reglas por su parte del pastel.
Rodrigo y yo lo sabíamos muy bien. Ambos habíamos venido de la nada, pero logramos abrirnos caminos en una de las familias criminales más grandes de la ciudad. El cerebro, el encanto seductor de Rodrigo y la lucha, los músculos y la lealtad que eran mías, nos habían impulsado a los dos a ascender en las filas, hasta el auspicioso día en que Rodrigo fue elegido para asumir el cargo.
Mucho había sucedido en los años intermedios, pero mi hijo estaba en mi mente últimamente.
La policía me había arrebatado la libertad unos años después del día en que le dispararon.
Otro trabajo más que salió mal, habían sido creados para asumir la culpa de un envío de armas ilegales por parte de un rival, y hubo un tiroteo masivo.
Una vez más Rodrigo, se había escapado, pero yo había matado a tiros a un policía para salvar nuestros traseros. Había tirado muchas cajas para bloquear la puerta después de que Rodrigo había pasado, quedándome a un lado con los cerdos y mi amigo en su camino a la libertad. Cómo había pateado esas cajas, llorando y gritando como un salvaje.
—¡Vete, de aquí Rodrigo! ¡Ahora! ¡Si te atrapan, lo que acabo de hacer por ti, por nosotros, se convertirá en nada!—Mi voz le llegó, resonante y distante, a través del montículo de cajas de carga derribados.
—Gracias hermano. No olvidaré tu sacrificio.
—Lo sé Rodrigo. Por favor, solo cuida muy bien de mí hijo. Te lo suplico.