Oliver entro por la puerta, acompañado de la enfermera, misma que lo ayudaba a moverse. Los moretones en su rostro estaban desapareciendo, pero aún lograban verse. Yo permanecí en la cama, mientras iba enorme sonrisa de felicidad se apoderaba de mi rostro. Oliver también tenía una y la felicidad me inundaba. Con pasos lentos logró llegar hasta la silla que se encontraba al costado de la cama, al lado de la ventana. —Hola— salude contento y satisfecho por poder, por fin, verlo. —Hola— él también sonrió. —Me alegra verte— tomé su mano, misma que él había colocado sobre la cama. —Bueno— habló la enfermera —Tienen muchas cosas de que hablar, así que los dejaré a solas. Voy a ver si el médico me ocupa— señaló a la puerta y luego salió de la habitación. —Creí que te perdía— dijo el

