Ignacio
Todavía no salgo de mi enojo por la escena que montó Camila con el tema de que nos conociéramos. Quizás fue culpa mía, por provocarla al traer el tema presentándome innecesariamente, pero necesitaba hacer que me reconociera. Pensar que no lo había hecho verdaderamente me había molestado. En cuanto me comencé a acercar entendí que sí lo había hecho, pude ver en su mirada un claro pedido de que no siga y cuando nuestras manos se encontraron entendí por qué, la electricidad que me recorrió fue instantánea, casi insoportable. Tuve que recurrir a todas mis fuerzas para evitar traerla hacia mí o aprisionarla contra la pared.
Por un momento, la diversión se instaló en mí… comencé a recordar cómo era ser un casanova, hasta que ella sugirió que nos conocíamos y la mirada de Lorena quemó mi nuca devolviéndome a la realidad. Así, pasé las siguientes horas de reunión esforzándome por concentrar mi atención en cualquier cosa que no fuera la mujer que la llevaba adelante. Por suerte no fue difícil ya que los números que nos estaba mostrando y los movimientos resaltados, demandaban el cien por ciento de mi capacidad de atención.
Debo reconocer que el estado de situación del Centro esta realizado de una manera impecable, puedo ver que ella realmente es buena en su trabajo y eso solo hace que mis temores aumenten. La admiración que siento al ver lo impecable del análisis y su exposición del mismo me hacen recordar el congreso en que nos conocimos. Hasta el día de hoy no volví a ver una joven que con solo veintidós años expusiera frente a expertos sin mostrar ningún temor como hizo ella diez años atrás. Nunca se lo dije, pero esa tarde, cuando la vi exponer, supe que necesitaba conocerla y por eso indagué con su grupo dónde irían a cenar y bailar y gracias a eso “casualmente” nos conocimos esa noche y vivimos las mejores horas de pasión que había tenido en mi vida.
Siempre me reproché no haber insistido en que me dijera su apellido o me diera su teléfono, pero ella había sido clara y tajante en que no quería más que una noche y que sus proyectos estaban muy lejos de aquí. En este momento ese recuerdo me genera una gran frustración, evidentemente su idea de dedicarse a la ayuda comunitaria en África no había sido tan fuerte como aquella noche me manifestó.
- Ignacio… - Mi nombre en sus labios hace que parpadee varias veces para salir de mi ensoñación y preste atención a su persona real y no la versión diez años más joven con que estaba fantaseando. – Necesitaría que organices una reunión general en el auditorio con todos los médicos de planta que estén actualmente en el edificio, ¿para dentro de cuánto podría ser?
- Con media hora está bien.
- Entonces nos vemos en media hora allí. Gracias por su atención. – Dice y sale del lugar sumamente resuelta y cautivante, dejandome allí, con los pensamientos todavía revolucionados y los sentimientos casi expuestos. Miro a mis compañeros, que todavía estaban absortos en los números y balances y entiendo que tengo que poner todo de mí para que esta auditoría termine cuanto antes, ya no solo por el Centro sino también por mí.
Camila
El auditorio está lleno de batas blancas y algún que otro ambo de color, los médicos y médicas que tengo enfrente son de diferentes edades, sé que algunos son profesionales muy prestigiosos, con una vasta experiencia y otros son jóvenes que estaban iniciando en el andar de la profesión. Espero poder motivar a todos a trabajar en conjunto aunque siendo realistas, eso no se da usualmente. Cuando Ignacio entra en el lugar, exactamente a la hora señalada, no puedo evitar sentir una inmediata admiración ya que instantáneamente todos hacen silencio y lo miran con respeto. La autoridad que emana no parece la de un dictador sino más bien la de un líder y eso me resulta mil veces más atractivo.
Basta. Me recuerdo a mí misma que tengo que dejar de pensar en él como algo más que el Jefe del Centro a auditar. No puedo ni soñar con relacionarme con alguien de este lugar, son muchos los colegas que perdieron sus puestos de trabajo por cuestiones semejantes y yo no puedo darme ese lujo, Julián está en juego, mi vida entera está en juego.
Nuevamente respiro profundamente y me concentro en hacer mi trabajo. Al levantar la cabeza veo que los asientos centrales, justo en mi línea directa de visión, estan siendo ocupados por los cuatro jefes con que estuve reunida antes, Marcos, Lorena, Lucía… e Ignacio. Me centro en el objetivo del encuentro, pongo la presentación que preparé y comienzo con la disertación.
Luego de varios minutos de exponer balances, procedimientos a auditar y detallar la situación actual y sus motivos, concluyo como siempre abriendo un espacio de preguntas con una pequeña reflexión:
- Siempre que inicio una auditoría les digo a los equipos a auditar que en este proceso inevitable, tienen dos opciones, o trabajan contra mí, haciendo que mi estadía sea lo más incómoda posible, con la intención de que me vaya pronto… o trabajan conmigo y buscamos juntos la manera de salvar el Centro. Más allá de los mitos al respecto, les soy sincera cuando digo que yo no gano nada dando una auditoría positiva o negativa, mi única intención es hacer bien mi trabajo…
Una voz me interrumpe sacando el ritmo con que venía exponiendo y no puedo más que advertir que no es precisamente en un tono conciliador, sino todo lo contrario.
–Entonces, a ver si entiendo bien, estas queriendo decir que en esta “relación” los únicos que tenemos que perder somos nosotros, mientras que a vos te importa muy poco como salgan las cosas, ¿no? – ataca Lorena.
Un murmullo comienza a dispersarse por el salón y veo a Ignacio removerse en su silla, es claro que a él tampoco le gustó la forma en que su compañera se dirigió a mí. Lo que ni ella ni ninguno sabe es que esto no es nada en comparación con lo que tengo que vivir normalmente en estos encuentros y por ello estoy más que preparada para responder con respeto y altura así que lo hago.
– Se puede entender de esa forma, si uno cree que tiene enfrente a una persona a la cual no le importan los ciento veinte colegas que tiene enfrente. Ahora bien, si uno piensa en que yo soy una médica, al igual que ustedes, que conoce de primera mano la importancia que tiene un Centro de salud como este no solo para ustedes sino también para la comunidad, entonces no hay forma de entenderlo en ese sentido tan vacío, sino que deberían entender que si podemos salvar este Centro, mejor. Pero eso un desafío que no depende de mí.
Nuevamente la morena ataca…
–Entiendo, vos solamente vas a juzgar nuestro trabajo sin hacerlo, es bastante fácil ser médico así.
- No, eso es un error, estar en este Centro implica también ejercer la medicina en él, de hecho entiendo que en tu departamento. Siendo ambas cirujanas cardiotorácicas, nos tocarán varias horas de quirófano juntas. Eso estaba en los documentos que analizamos esta mañana, pero entiendo que no hayas llegado a leer todos, eran bastante extensos.- Sé que atacarla no es inteligente, esta es su gente, no la mía, pero no pude evitarlo, sé por experiencia que a algunas personas es mejor neutralizarlas cuanto antes, aunque decido que también sería oportuno cambiar el rumbo de la reunión para evitar una lucha en el lodo así que continúo antes de que pueda responder. –Supongo que muchos de ustedes son padres… yo tengo un hijo de diez años y todos los días hablamos de lo importante que es evitar que alguien haga algo malo a otro solamente porque algo de él o su entorno no le gusta. Si ustedes también luchan contra el bullying en ese contexto solamente les pido que aquí, entre colegas adultos, obren con coherencia.
El silencio se instala y puedo ver el odio emanar de la colega mientras que al deparar en su compañera del asiento contiguo veo esperanza y hasta una pequeña sonrisa. Creo que encontré una aliada, siempre hay alguien que puede ver a uno como es y en mi caso no estoy mintiendo, solo soy una colega buscando ayudar. Sigo la línea con la mirada y el joven atractivo que ahora sé que se llama Marcos y es el jefe de traumatología, me mira con el codo sobre el apoyabrazos y la mano sosteniendo la barbilla, puedo advertir que está estudiando si creerme o no, aunque hay algo más en su mirada que no logro descifrar hasta que corre su mano y veo una media sonrisa atrevida que me hace sonrojar. Un aplauso me hace volver a la realidad y agradezco al tiempo que veo a la gente dispersarse.
Ignacio se queda sentado hasta que ya no queda casi nadie en el salón. Cuando estoy por salir escucho su voz cerca de mí y pronuncia la frase que tanto temía escuchar.
– ¿Podemos hablar?