Camila
Como siempre que inicio una auditoría, antes ingresar al lugar me tomo un segundo en la puerta de entrada para observar su dinámica, me detengo en las personas, todavía desconocidas, los objetos y los sonidos.
Junto fuerzas y consulto a la recepcionista dónde puedo encontrar la sala de juntas, donde me reuniría con la junta directiva, compuesta por los cuatro jefes de departamento que aún quedan en el lugar.
Camino con seguridad por el pasillo y al llegar al lugar inspiro una vez más y suelto el aire dándome ánimos para atravesar esa puerta. Sé que este es el último instante de paz antes de enfrentarme a los leones que esta vez me toca desafiar. Toco la puerta suavemente y espero unos segundos hasta que escucho una voz masculina del otro lado.
- Pase- indica, y al hacerlo, lo primero que veo es a él.
Por un momento mi mente vuelve al sueño con el que desperté hace solo dos horas.
Tiene barba, eso es nuevo… hace diez años iba completamente afeitado y su cuerpo, incluso por debajo del ambo, se puede notar más tonificado pero el azul de sus ojos sigue siendo igual de penetrante y cautivante. Veo su expresión y me doy cuenta que me reconoció, la sorpresa en su mirada da paso a una desafiante tensión que me hace notar lo obvio: está preparado para acabar conmigo (y no de la manera en que hace en mis sueños), pero no se la voy a poner fácil.
Por suerte para mí, tantos años en este trabajo me enseñaron a mantener “cara de póker” sin importar la situación y la implemento a la perfección. No dejo que se advierta mi desconcierto y él parece darse cuenta porque esa tensión inicial da lugar a una profunda seriedad, esperable para la situación.
–Buenos días, mi nombre es Camila Suárez y estoy a cargo de la auditoría del Centro-.
Un silencio pesado se instala en la habitación y aunque los cinco debemos tener aproximadamente la misma edad, pareciéramos niños que no saben cómo iniciar un juego.
- Bueno, no es un viejo barrigón precisamente.- Dice el otro hombre, un atractivo rubio con sonrisa atrevida que inmediatamente me mira de arriba abajo haciendo que me obligue a tomar el control de la reunión.
- Gracias, lo voy a tomar como un alago. Me imagino que ustedes cuatro son los únicos jefes de departamento que siguen formando parte de la junta directiva.- Sé que eso debió doler ya que, según me informaron desde la oficina de auditorías, los otros jefes huyeron despavoridos cuando el barco comenzó a hundirse, y estoy segura de que la referencia a su historia debe seguir doliendo en este entorno. –Los felicito, me imagino que no habrá sido sencillo. ¿Quién de ustedes esta como Jefe actualmente? – Pregunto con seriedad, recorriendo sus miradas.
- Yo.- Dice Ignacio. Justamente el último que esperaba que contestara (¿o no?), eso significa que trabajaremos codo a codo por un buen tiempo. Entonces se para, acorta el espacio entre nosotros y me tiende la mano con suma formalidad y más frío de lo necesario. –Ignacio Martínez, mucho gusto.
No puedo mentir, su gesto hace que el corazón se me achique. ¿Y si fue mi imaginación y realmente no me reconoció? La sola idea de que no se acuerde de nada de mí, ni de esa noche, hace que mi sangre se alborote y reacciono como suelo hacer en esas situaciones, en forma impulsiva, buscando que sea él quien se descoloque más, así que retomo el control.
–¿Seguro que no nos conocemos de algún lado?- Inmediatamente me arrepiento porque su mirada pasa de inexpresiva a enojada en un milisegundo, retira su mano y con total frialdad responde.
–No que yo sepa.- Pero el intercambio de miradas y la electricidad entre nuestras manos al tocarse me hacen confirmar lo que sospechaba: Si, me recuerda y quizás tanto como yo a él.
Me doy cuenta que estoy tomando más tiempo del necesario en un simple saludo y por temor a que alguien más note la tensión atino a alejar mi vista de la suya y me vuelvo hacia la mesa abriendo sobre ella la carpeta con documentos que traigo. Él vuelve a su silla y comienzo la explicación de los puntos a auditar. Si bien el resto del encuentro transcurre con total normalidad, cada vez que nuestras miradas se cruzan tengo que esforzarme por alejar los pensamientos sexuales que me atacan.
Cuando pasa sus manos por el pelo me acuerdo de la sensación de sus dedos tirando del mío mientras me embestía de atrás, cuando lleva el índice a sus labios, totalmente concentrado, lo recuero rozando mis pezones con esa misma mano, y así, cada movimiento hace que sienta ganas de correr al baño a calmar mi ansiedad pero me mantengo formal y concentrada logrando cumplir con los tiempos que me había propuesto. Agradezco al señor que mi versión principal es centrada y resuelta, y en especial que sabe trabajar bajo tensión… aunque una tensión s****l de esta magnitud la está poniendo a prueba por primera vez, diez años después.