La noche había caído sobre la ciudad, envolviendo la bodega en una oscuridad casi impenetrable. Dolores se encontraba en su despacho improvisado dentro de la bodega, su mente luchando contra la confusión y el creciente sentimiento de traición. Había liberado a Laureano, pero las dudas seguían atormentándola. Necesitaba pruebas, algo tangible que confirmara si su instinto la estaba engañando o si realmente estaba rodeada de mentiras. Héctor, siempre eficiente y discreto, aguardaba cerca, esperando las instrucciones que sabía estaban por llegar. Dolores lo llamó con un gesto de la mano, y él se acercó rápidamente. —Quiero que revises el teléfono de Laureano —dijo Dolores, su voz baja pero llena de una firmeza que no admitía discusión—. Si es cierto que no ha visto el video, no debería habe

